Volvió la política (o nunca se fue)

#PASO2/3

El domingo me levanté a las 6 para ir a fiscalizar y recordé que hacía un par de elecciones que no lo hacía. Así, la primera sorpresa fueron mis ganas. En ese momento no me paré a pensar tanto: se me iba el 92 para ir a la Rosarito y quería llegar puntual. Antes de eso, el sábado, camino a dar clases a Barracas, un pibe medio pasado en el subte, mirado por todos con desconfianza, cantó su rap y aprovechó la pasada de gorra para invitarnos amablemente a no votar a Macri, “no lo hagan por mí, háganlo por ustedes mismos”. El clima electoral en este país es muy particular: se esté a favor o en contra de la política, de ella se habla en cada mesa familiar, en las filas del mercado y en la venta callejera.


Desde la campaña, yo ya venía con otros aires. En una nota anterior hablé de mi reconciliación con Cristina, cuando se anunció como candidata a vice, y de cómo eso me trajo el perfume de sentirme nuevamente parte de un colectivo que históricamente se ha parado desde la esperanza en la justicia social. Y la cosa siguió con Alberto reuniéndose con universitarios, Axel recorriendo la Provincia en su coche y la Ciudad con un candidato a la altura de sus expectativas. Pero todo me ocurría en el plano del pensamiento lateral, “de la (auto)escucha flotante”, diría algún terapeuta. 


En ese plano de la conciencia, me había creído hasta el fondo que el marketing le iba a volver a ganar a la política. A las vacaciones pasadas me llevé para lectura de playa el libro de Durán Barba, “La política en el siglo XXI” -comentarios sobre mis dificultades para el esparcimiento, los dejamos para el ámbito privado-. A la segunda página, lo empecé a devorar: el tipo pasa de la teoría marxista al postestructuralismo y de la Grecia clásica al pensamiento oriental como quien cambia las sábanas del catre. Te lleva de acá para allá y en algún momento alcanzás a entender que estamos en un nuevo tiempo, que hoy la sociedad es distinta, y que si nosotres -que no somos ellos- no incorporamos esas mismas nuevas lógicas, tenemos como único destino la derrota. A la vuelta de esas vacaciones, hablé de esto con varias personas que también habían leído el libro, y coincidíamos de pe a pa.


Así que sí, cuatro años de hegemonía duranbarbista habían hecho efecto en la sociedad argenta, que parecía encarnarse en lo que el ecuatoriano decía de ella; pero, sobre todo, había hecho efecto en la militancia -o al menos en mí como militante-, porque le creímos. Noches de debate y días de acción, pensando cómo jugar en su cancha, cómo dar esa batalla virtual, cómo enfrentar al ejército de trolls. El pueblo, mientras, hacía su camino: ni TN en los bares y consultorios, ni las amenazas sobre el apocalipsis, ni esas teatralizaciones burdas de peronismo al grito de “¡no se inunda más!”, pudieron con el saber genuino de que tenemos derecho a que se nos garanticen derechos. El derecho a comer, a tener una casa, a ser dignos y dignas.


Suelo ser algo crítica con el endiosamiento de los líderes políticos, pero, vaya también mi autocrítica: hoy, Alberto, Axel, Matías, y otros y otras, demostraron que tomarse un café, andar en auto y hablarle al comerciante que hace cuatro años que no vende, funciona. Que sigue teniendo más valor la propuesta política que el despilfarro de deuda y causas judiciales sin sustento; que Durán Barba no está equivocado en su libro -pero que ese libro no es una descripción, sino la búsqueda de cumplir su profecía-; que el éxito del marketing es real, pero dura hasta que el pueblo descubre que no le están diciendo la posta, sino que lo están engatuzando. Y cito el cierre de la nota que dio pie a esta: “En todo caso, lo que hay que hacer es mejorar la política, y mejorar el peronismo”.


El domingo a las 21:30 me tomé el 92 de vuelta, con una mezcla de cansancio, ansiedad y exaltación que también hacía tiempo que no sentía. Estaba agotada, pero mi corazón le ganó al cuerpo: compré unas latas de birra y me fui a esperar los resultados con otres tan ansioses como yo. De grito en grito nos hacíamos compañía, hasta que los soltaron y nos quedamos mudes, mirándonos, sin poder creer esos números que nadie había soñado. Y me emocioné. Y me acordé que la última vez que me había emocionado en silencio fue el 22 de noviembre de 2015, en la Plaza, cuando el número inimaginable había sido en contra del pueblo y cuando sentí que ya no tenía sentido esto de la política.


Ahora, con unas horas de buen sueño y lecturas varias, lo veo: la política le ganó al marketing, volvió (en realidad nunca se fue), no solamente en forma de campaña, no solamente en forma de decisión popular, sino -en mi caso, al menos- en forma de volver a creer en ella como herramienta de transformación, como nos había propuesto Néstor allá lejos, cuando, con Alberto, nos tendieron una mano, para sacarnos del pozo al que nos habían empujado.

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