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Vivís, morís

Inauguramos este espacio escribiendo sobre un pasacalle que había aparecido en un barrio de San Miguel de Tucumán y que sugería a los ladrones no robar en la zona, dado que los vecinos se habían organizado para linchar a los que se atreviesen. Buena gente, digamos, en el sentido de que han tenido la delicadeza de avisar que están dispuestos a matar a alguien. “El que avisa no traiciona”, dice el dicho, y detrás de eso vale lo que venga. 

Este grupo de vecinos tucumanos esclarece en el mismo cartel que no confía en la Policía y que por ese motivo ya no recurre a la ley: no es que tema que haga un uso desmedido de su fuerza, no pasa por ahí la cosa. Lo que pretenden, más bien, es que actúe por fuera del marco de la ley y que abata a los delincuentes, así, ¡pum! Entonces, después ellos pueden irse hasta el bar o la fiambrería y pronunciar al fin el abracadabra: “¡Uno menos!”. Respiran, aliviados.

Se supo que uno de los policías que el 8 de marzo ejecutó por la espalda a un niño de 12 años, también en Tucumán, había estado consumiendo algunas drogas, y que en ese estado cumplía con su deber. Los lectores de Infobae escriben al pie de la nota algunos comentarios divertidos, por ejemplo, uno que dice que el oficial tiene derecho a hacer lo que quiera cuando está en el ámbito de su vida privada. 

Los que deben estar chochos son los vecinos que habían mandado a hacer el pasacalle: seguro que recuperaron un poco de la fe que habían perdido. Ahora saben que hay en su provincia al menos dos agentes dispuestos a hacer las cosas como dios manda: Nicolás González Montes de Oca y Mauro Gabriel Díaz Cáceres, un voto de confianza para ellos. ¿Que les dio positivo de cocaína y marihuana? Bueeeeno, che, yo me puedo estar fumando un porrito mientras escribo esta nota, ¡no pasa nada! Y una rayita de merca, ¡vamos! ¿Quién no se maquilla un poco antes de ir a laburar?

Hay un tema de Los Redondos que ya cumplió veinte años, se llama Drogocop: “Su chumbo ya venía con la bronca”, dice el Indio ahí. Parece que la Policía ya lleva bastante tiempo usando la mercadería incautada. En el primer posteo hablábamos de un tercermundismo que está esparcido en nuestra sangre y que no podemos filtrar. Es la cruz que cargamos los que nacimos por debajo del Ecuador. Ojo, que acá nadie relojea para arriba imaginando que una humanidad centrada y responsable anda por allá. Eso es majulismo explícito. Pero más que del Norte ajeno nos interesa hablar de nuestro Sur. No queremos pecar de ingenuos, a la hora de sentarnos a escribirle la carta a Papa Noel: sepamos de antemano que las instituciones que atienden por estos lares son de naturaleza compleja, muchas veces viciadas y entregadas a la desidia propia de la gente que las conduce. Sepamos que la Policía engorda las redes del narcotráfico y mata por la espalda, y que la Justicia garantiza la impunidad de las estructuras de poder.

Tercermundismo es una manera de decir que estamos embarrados hasta el cogote, que la cultura que nos parió es un simulacro permanente y que, si hay algo que nos hermana, es que somos rehenes de asuntos que nos exceden. Lo sepamos, lo intuyamos, o ninguna de las dos: “Panic show, a plena luz del día”. Y el Primer Mundo es el nido donde se gestan nuestras tristezas; la agencia de diseño que elabora el destino que luego confundiremos fácilmente con fatalidad. ¿Qué pasa en Siria? ¿Otro derroche de humanidad? 

¿Y por casa, cómo andamos? Bueno, como te digo, acá la Policía está tirando al cuerpo, incluso a chicos, y tenés un sector importante de la sociedad que aplaude el plomo mientras puja para que nazca una pena de muerte bien blanqueadita. Sí, son los mismos que dicen “nadie menos” para desprestigiar la lucha feminista. Sí, los que se cuelgan el cartel de “pro vida” y marchan para que ninguna mujer pueda interrumpir su embarazo. ¿Qué? ¿Se te coló una contradicción? No te preocupes, man, es la que va: “La raya que separa vida y muerte, es tan angosta como tu dolor”.

Ángel empetrolado, Rocambole