Virus de Dios

*Un texto de Facundo Baños

El otro día leía una entrevista en el portal de Página/12. El sociólogo Ariel Goldstein contaba un poco de qué va el libro que acaba de editar, y el libro va sobre una epidemia que avanza a paso firme por las venas de América Latina, envenenando como siempre a sus pueblos más necesitados de un cacho de dignidad. No es el coronavirus. Es el evangelismo. Un nuevo tipo de religión que no parece precisar de la religiosidad de nadie, para incrustarse de prepo en el alma de los barrios bajos. Un circo de fe que vive metiéndole el dedo en la llaga a nuestros compatriotas que más precisan una caricia, produciéndoles más dolor aún y facturando a costa suya. Montan una Iglesia en menos tiempo del que me puede llevar a mí armar una carpa, y después no paran más, hasta erigir esas verdaderas polis de la alienación humana, shoppings promiscuos que exacerban magistralmente y sin escrúpulos la necesidad de consumo que acapara a las personas que no tienen felicidad, prometiendo lamer las heridas hasta el fin a sus fieles que no le encuentran un sentido a todo esto.

 

Conforme avanzaba en las respuestas de Ariel, iba poniéndome incómodo. Como si la silla roja de casa se hubiera deformado de golpe. Pero no era la silla. Y uno quizás comete el error de pensar que acá, en Argentina, estamos un poco más lejos de todo ese asunto, porque tenemos una cultura estatal más arraigada que en otros países y niveles de credo no tan altos como los brasileños o los centroamericanos. Error pensar así, porque el nubarrón es desproporcionadamente acaparador y, lo percibamos o no, su sombra se nos avecina, como en esas películas taquilleras de ciencia ficción. El sociólogo peló datos del Conicet para detallar que la población evangélica argentina rondaba el 9%, allá por el 2008, mientras que en 2019 ya había escalado a un llamativo 15%.

 

Me olvidé de la nota, hasta hoy, que me vengo a topar con una movida abiertamente anti-democrática. Una que viene desplegándose en el Uruguay, a la vista de todo el mundo, sin que nadie en el gobierno parezca darse por aludido y sin que salten las alarmas en los pasillos de ninguna red social. Acá les paso un par de puntitas y si tienen ganas tiren del hilo: hay un tal Jorge Márquez, que preside un coso que se llama “Misión Vida para las Naciones”, y que, en el marco del coso, organiza cada año unos “inocentes” campings en las afueras de Montevideo. Entrá a http://www.campamentoberaca.com/ y navegá un toque por esa web. También podés rastrear la movida con el hashtag #BrakResistencia21, porque esta gente se mueve como pez en el agua por los mares de las redes, la BigData y toda esa mierda que no para de cagarnos la vida. Son todo eso. Son el centro del poder.

 

Lo más aterrador es percatarse de que nada de esto ocurre desde la clandestinidad. Todo es a plena luz del día. Ya no hay “sótanos de la democracia”, como supo insinuar Alberto Fernández cuando asumió aquí la presidencia: lo que hay es una democracia lastimadísima, que aparentemente no tiene ninguna soga para tirarnos a los pueblos frente el galope voraz de una mafia que nos nubla y está fuera de control. Chequeá el posteo que colgó Márquez en su perfil de Facebook, hace veintiún días:

 

“Se viene la #BrakResistencia21, un entrenamiento especializado para personas valientes -cobardes abstenerse-. Se requieren guerreros de elite para ser adiestrados en las más sofisticadas estrategias de ataque y defensa, con el objetivo de destruir, aniquilar y pisotear todo el poderío del enemigo. Blanditos, no lo intenten, ya están advertidos. Del 9 al 13 de febrero”. El texto del religioso está acompañado con emojis pertinentes, como bombas y llamitas de fuego.

 

Remarco que el texto está disponible desde el 7 de enero en un perfil público de la red social Facebook, para que comprendamos que la política de censura que manejan estas corporaciones son meras convenciones que están vinculadas con los negocios del power. Pero ahí no me interesa meterme demasiado, porque, ¡qué le vamos a hacer! El asunto es que acá nomás hay un hombre que está organizando un ejército de Dios, sin ningún drama, convocando a la juventud y agitando banderas contrarrevolucionarias como si estuviéramos en la década del setenta. Todo esto forma parte de una pandemia que se nos viene encima y cuya vacuna es mucho más difícil de elaborar, por lo pronto porque los países metropolitanos no parecen tener ningún interés en detener el virus, y entonces habría que detectar la fórmula en los laboratorios de los pueblos, acá en el sur. La Iglesia Evangélica se agazapa frente a un gobierno como el nuestro, que no es cómplice de cualquier aberración, pero poco le preocupa, porque despliega las velas en los charcos neoliberales que abundan en la región.

 

El feminismo es un relato que ofrece un contrapunto, frente a tanta propuesta de destrucción. Al menos así lo percibo. Un movimiento parido en la calle y hecho carne en el piberío, que comenzó a digitar la agenda pública con empuje e inteligencia. Argentina acaba de saldar una cuenta pendiente, con la legalización del aborto al filo del 2020. Ahí, en el feminismo, hay tierra fértil y un mundo que vale la pena ser defendido. El no-futuro, el mundo nihilista del sinsentido, es caldo de cultivo para estos depredadores que vienen a llevarse todo puesto. Hay un debate imposible de agotar: un feminismo en construcción que tiene que seguir afilando su perspectiva; Estados que tienen la obligación de recuperar la centralidad para dejar de ser vulnerables frente a la opulencia del poder que no se vota. Ojo con esta religión-bussiness, que tomó a dios de rehén y anda enfierrando a los pibes en el fango de América Latina. Nos están pisando la sombra, y son pesados de verdad.

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