Úrsula

*Un texto de Valentina Cavalotti Velasco

Como un disco rayado me siento, otra vez sentándome a escribir, otra vez un femicidio, otra vez una piba muerta. Ya no sé si escribo para alguien o simplemente como descargo, por mera necesidad. Si no, se me queda quemándome en el pecho, como una acidez que no se resuelve con un alikal. Lo de siempre: que estoy enojada, que estoy entumecida, que es indignante, que era previsible, que machismo acá, que machismo allá, patriarcado esto y aquello, y en el medio Úrsula. La persona Úrsula.

 

“¿Viste lo de Úrsula?”, vino a decirme mi mamá, hoy a la mañana. Y la realidad es que la oí nombrar, pero decidí no indagar más. No precisé leer las notas, para saber lo que había pasado con esta otra piba asesinada. Supuse que, si se armó tanto revuelo, habrá sido particularmente sangriento esta vez, o alevosamente inútil las herramientas del Estado. Bueno, eso y más. El chabón era policía, la mina le había clavado 18 denuncias, todas al pedo: mi vieja me lo cuenta y yo ya sé que en un rato me voy a tumbar en el sillón a buscar información. Cara de póker, hasta que veo la foto. Las fotos me destruyen. 18 denuncias. Me explota la cabeza de pensarlo. Hago el ejercicio de contar hasta 18, intentando evocar el miedo que me daría, irme a la Policía tantas veces para denunciar la violencia de uno de los suyos. 

 

Mi vieja me sigue contando que una amiga de ella fue a protestar a la comisaría del pueblo, y que le dispararon en el ojo, y pienso, “ahí está”. Debe haber sido por eso, más que por el crimen en sí, que la noticia se movió por todos lados, a diferencia de tantos otros casos que se difunden poco, porque nadie quiere encender la tele para escuchar hablar de un femicidio nuevo cada día. En una entrevista descubro que no era una amiga en realidad, sino una piba que la tenía de vista, de haber cursado juntas en la escuela. Termino viendo el momento del disparo. Ella parada, sola, en la calle, en medio del estruendo de las balas de goma que seguían tirando. Explica que no tenía miedo porque ella no estaba haciendo nada. Dice que casi pierde un ojo y que un par de horas después de haber recibido el alta se fue a otra marcha con su hijo a cuestas. Aclara que se le agotó el miedo, porque, cuando lo tuvo, porque a ella su ex también la violentaba, el miedo no le sirvió de nada. 

 

En todas las notas repiten que es una amiga. Debe ser que nos cuesta imaginar que alguien se le puede plantar a las armas del Estado para defender a una chica que apenas había conocido. “Basta de tener miedo, quiero que me escuchen, quiero que me vean”, dice, y de vuelta es una patada en la panza. 

 

Al final, siempre me terminó sorprendiendo, leyendo lo que pasó, cómo fue que pasó. Siempre me vuelvo a enojar y me vuelvo a sentar en la compu para escribir sobre algo que llevan varios días hablando todes. Me indigna la información. Me indigna enterarme de que el tipo tenía dos causas abiertas. Me indigno por cómo me llega esa información y por la entidad que se le dá de pronto a un diagnóstico psicológico hecho por los mismos que cajonearon esas 18 denuncias. Te lo tiran al pie de la nota, como quien no quiere la cosa: “El tipo estaba loco, es eso”. No son los locos, los únicos que nos matan. No son los locos los que nos abusan y persiguen. No son solo ellos, los que, si se cansan, se “mandan una cagada”. Por cómo se presenta la noticia, pareciera que el muchacho se tropezó 15 veces con un cuchillo en la mano. Son tipos comunes, que andan por la vida rodeados de un montón de gente que sabe y que no hace nada, porque seguramente no es tan distinta. 

 

“Si un día no vuelvo, hagan mierda todo”, dijo alguna vez Úrsula, en una historia de Instagram. Yo me pregunto: ¿Cómo mierda hacemos para cumplirle lo que nos encargó? ¿Cómo hacemos para hacer un cambio real?

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