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Un relato para el Canca Gullo

#SomosdelaGloriosa

Era viernes anocheciendo y estaba a punto de dejar de trabajar para prepararme un buen Campari y entregarme en manos de Netflix. Un viernes más: radio a la mañana, tesis a la tarde, y temprano a la cama para dar clases a la mañana siguiente. Pero el mensaje llegó antes que el Campari: “Falleció el Canca Gullo, lo velan mañana en la Cámara de Diputados”.


Tardé en caer -siempre tardo-, entonces me metí en Facebook para que me ponga en órbita -la comunidad virtual puede ser un gran aporte a centrarse, pero eso lo dejo para otra nota-. Y ahí fue que otro elemento tecnológico, visual esta vez, activó los primeros recuerdos: los asados en la casa del Canca donde caíamos decenas de jóvenes soñadores y felices estudiantes de Filosofía y Letras, allá por el 2012. Doblábamos miles de plataformas electorales entre rosca, brindis y “somos de la gloriosa Juventud Peronista”. Me acuerdo que el anfitrión tenía una obsesión por que no nos quedemos con hambre, como si esos tres sánguches que nos morfábamos no fueran suficientes.


Ahí mismo, mientras me hundía en las imágenes que disparaba Facebook, apareció la ciber-musa, y tecleé mi ciber-homenaje: “Este tipo, muchos años después de esta foto, nos abrió la puerta de su casa muchas veces a una banda de pibites para que la militancia y la lucha no se detengan”.


Ok, habiendo cumplido con mi deber, ahora sí, a entrarle al Campari y a darle chimi a Netflix, que mañana hay que laburar, que hay que seguir con la tesis, escribir el artículo, responder esos mails. La vida sigue, como siempre. Pero entonces la cosa se me empezó a ir de las manos.


Mi posteo estaba recibiendo megustas y reacciones, y muchas eran de compañeres que habían compartido conmigo esos asados, dobladores de plataformas, jóvenes soñadores, carnívoros peronistas. Con algunes, hace ya varios años que no tenemos una relación que no sea permanecer entre los contactos de la red social del otro. Pero lo cierto es que mi filosa teoría acerca de que ya nadie usa Facebook comenzó a verse desbordada de pronto, con tanta reacción inesperada. Y entonces sí, ahí me empecé a emocionar. “Qué fuerza, este tipo, que hasta sin planearlo nos junta”, pensé. Imaginé un asado de reencuentro, pero desistí rápidamente porque ni los teléfonos tenía de toda esta gente.


Llegó mañana, es decir hoy, entonces el velorio. No suelo asistir a este tipo de eventos sociales, no están entre mis favoritos, y menos si intuyo que se pueden llenar de personas públicas. Le huyo a la sociabilidad de alta gama. Pero alguna fuerza extraordinaria -quizás esa fuerza suya de la que hablaba recién-, algún viento incontrolable, me arrastró sin darme cuenta hasta la puerta del Congreso. Estaba lleno de gente, claro, y no sabía muy bien qué hacer, pero entré. Y en ese velorio enorme, con cientos de personas apretadas queriendo homenajear al homenajeado, por esa misma fuerza -que empiezo a saber qué es- las primeras personas que vi fueron Gaby y Manu, dos de mis compañeres dobladores. Nos abrazamos un rato largo con un abrazo que no esperaba. Charlamos dos minutos y nos prometimos un reencuentro -les tres habíamos tenido la misma silenciosa idea-.


Entré al Congreso a buscar a Juan, Juan Gullo, para abrazarlo. Él es uno más entre esas decenas de dobladores, pero no solo es eso: Juan nos repartía chupetines en los pasillos puaners, con su inolvidable campera de jean, mientras intentábamos convencer a les estudiantes de que necesitábamos un centro nacional y popular para hacer que la universidad se vista de pueblo. Juan, uno de los hijos del Canca, era el único que cada mañana de elecciones universitarias, no daba órdenes sino ánimos -algunas cosas, las solemos valorar mucho tiempo después-.


En la búsqueda de ese abrazo, terminé en el Salón Blanco, cantando la marcha peronista, rodeada de cientos de señores y señoras que cantaban “Montoneros patria o muerte los soldados de Perón” como si estuvieran en la Plaza de Mayo, el 11 de marzo del ‘73. Y se me estrujó el corazón nomás, y lagrimeé y entendí por qué ese era el único tumulto que no me daba miedo: es la historia que reviso y revuelvo para mi tesis, una reciente pero no vivida por mí, que me deja ciega de leer y de no poder imaginarme a esos pibes, más pibes que yo, enfierrades por su convicción de que valía la pena luchar por la liberación nacional; esa historia de la generación que todavía nos inspira y nos da fuerza a tantes, esa historia estaba ahí, rodeándome, cantando por un muerto, por 30 mil detenides-desaparecides presentes ahora y siempre, pero sobre todo cantándonos a nosotres, que estamos acá, para que la militancia y la lucha no se detengan.


El Canca fue un luchador de esa generación que dio la vida por un mundo mejor para todes. Pero siguió siendo un luchador después, cuando no se desprendió de la militancia, cuando nos abrió la puerta de su casa a un montón de pibes y pibas para hacernos parte de la historia y asegurarse que la sigamos escribiendo. En esa foto que posteé anoche en Facebook, era un jovencito con la mirada brillosa y la sonrisa prudente, con el saco abierto y una polera negra debajo de la camisa. Al lado de él estaba Perón, y ambos tienen la mira puesta en algo que está pasando detrás de la cámara y que no podremos saber qué fue. Una sonrisa prudente, parecida a esa, se nos dibujaba a nosotres, cada una de esas veces que nos recibió como sus compañeres. No lo encontré a Juan y me quedó un abrazo pendiente, pero tengo un abrazo inmenso para seguir la lucha.