UIA, la burguesía acróbata

[1] Cuatro hechos se dieron esta semana para llevarnos a pensar, una vez más, en el empresariado argentino: en su condición, su devenir y su ¿futuro? Uno: Alberto Fernández se reúne con el XXII Encuentro Anual de Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa y plantea un capitalismo que integre a la sociedad y “vuelva a ponerse en verdadera dimensión, una más noble”. Dos: Se lanza el “New Deal” argento con “Argentina Hace”, con una inversión de $2270 millones para provincias del Sur, sumados a la inversión ya iniciada para el AMBA. Tres: La crisis de los comercios en la CABA con el Presidente de FECOBA (Federación de Comercios de Bs. As), Fabián Castillo, anunciando la cifra récord de 25 mil comercios cerrados, y 80 mil puestos de trabajo perdidos. El cuarto es el documento que la Unión Industrial Argentina (UIA) dio a conocer hace unos días, titulado “Hacia una nueva normalidad: propuestas para la reactivación productiva”.

 

Este plan post-pandemia de los industriales lleva la genética de una burguesía acróbata, con un poquito de esto y de aquello, buscando conformar a todos y cuyas propuestas albergan indefiniciones que son propias de la historia de la entidad. A prima facie, propugna “alcanzar un acuerdo favorable con acreedores como Norte, y mientras tanto bajar tasas de financiamiento para la inversión y alcanzar estabilidad en la macro”. Seguimos leyendo y nos encontramos que el texto propone “medidas para sostener la producción y exenciones fiscales y monetarias para estimular las exportaciones”, algo para nada extraño, al menos hasta que llegamos a la parte que exige “aliviar la presión impositiva del sector productivo, y no agregar, e incluso limitar, impuestos de todo tipo que afectaran la producción y el empleo”. Cabría preguntarse, en este punto, en qué contabilidad mágica está pensando la UIA, cuando reclama generar “exenciones” o financiar “estímulos” sin avalar instrumentos que mejoren la recaudación fiscal del Estado.

 

No es una novedad histórica, la pretensión de la UIA de ocupar el “todo” -el de los “peces gordos” y las esforzadas pymes-, aún a costa de que sus propuestas caigan en contradicción. La Unión Industrial Argentina, nacida el 7 de febrero de 1887 a raíz de la fusión entre el Club Industrial y el Centro Industrial argentinos, tiene un largo haber en estas conductas, y sobre todo una relación de desaires con el principal movimiento político de nuestro país. El 29 de abril de 1946, entre el triunfo electoral de febrero y la asunción en junio del primer gobierno de Juan Perón, se celebraron elecciones en la entidad, siendo derrotada la fracción peronista frente a una alianza multi-colorida. En aquellos años, el peronismo buscaría saldar esa herida generando instituciones paralelas: así fue como se promovió la AAPIC (Asociación Argentina de la Producción, Industria y Comercio), que hacia 1947 pretendía que “el Estado controle vigilantemente los problemas económicos y sociales para que cada uno cumpla con el papel que le corresponde en la prosperidad del país”.

 

Entre aquel año y 1953, cuando el Gobierno finalmente generó la disolución de la UIA, el peronismo trató de suplantar a la organización patronal que lo había rechazado en su nacimiento: tras el fracaso de AAPIC, emergió la CEA (Confederación Empresaria Argentina), y luego sería el turno de la CGE (Confederación General Económica), con el ascenso de la burguesía del Interior del país y la figura estelar de José Ber Gelbard.

 

La UIA, que había oscilado ideológicamente entre el anti-peronismo de la Sociedad Rural Argentina y la Bolsa de Comercio, y el protagonismo histórico al que estaba llamada la CGE, calló ante las bombas de la Libertadora en 1955. Ojo, también lo hizo la CGE, que nunca se proclamó justicialista ni aceptó integrar el partido de gobierno, pero que ni así pudo evitar la persecución y la clausura. En el caso de la primera, volvió a emerger para entusiasmarse, como Clarín, con el desarrollismo de Arturo Frondizi en 1958.

 

Durante los setenta, su actitud frente al peronismo no varió demasiado de la que había adoptado treinta años antes. En febrero de 1976, acompañó una solicitada de la APEGE (Asociación Permanente de Entidades Gremiales Empresarias) que ratificaba el lock-out patronal contra el gobierno de Isabel Perón, afirmando que “existe un solo camino para que el empresariado deje sin efecto su plan de medidas de fuerza y es el camino de la rectificación total de la filosofía política, económica y social que ha llevado a nuestra Argentina al borde del caos” (1976, p.1). En septiembre de ese año negro, la UIA acompañaría también una declaración de Edmundo Paul, presidente de Celulosa Argentina, que señalaba a las autoridades militares, desde las páginas de la publicación “Mercado”, que el camino era “reducir el gasto público y la presión tributaria que atrofiaba la misión del capital privado”.

 

El tránsito de la UIA por los primeros veinte años de la recuperada democracia, fue con el bolsillo en lugar del corazón frente al alfonsinismo -como dijo Juan Carlos Pugliese-, con la convicción de haber torcido el brazo del peronismo genuflexo de Menem y beneficiándose, luego, de la pesificación asimétrica de Duhalde -post crack 2001-. La década kirchnerista -exceptuando un romance iniciático- se cargó nuevamente de acrobacias, entre la acérrima oposición de la SRA y la AEA[2] y el apoyo de las atomizadas entidades Pyme. Conducta dual que se vio exacerbada durante el último mandato de Cristina Fernández, enfrentada con José De Mendiguren primero, y mucho más con Héctor Méndez después.

 

Marcelo Fernández, Presidente de CGERA[3], nos explicaba en estos días y a propósito de este nuevo documento de la UIA, las diferencias entre grandes empresas y Pymes: fijación de precios por ocupar lugares monopólicos en el mercado, acceso al crédito, y sobre todo, costos salariales, que en el caso de las grandes no superan el 4/5%, mientras que ronda el 25 ganancial de las pequeñas y medianas. Pero no queremos terminar esto sin bendecir las palabras de Daniel Schteingart, en un trabajo que ya tiene algunos años de publicado:

 

“En suma, la posición de la UIA respecto al rol del Estado en el ‘modelo de la producción y el trabajo’ no es ni profundamente liberal ni marcadamente intervencionista. En determinados aspectos -en muchas ramas que requieren apoyo para enfrentar la competencia externa- su discurso es a favor de la injerencia estatal. En otros, como la regulación de precios, salarios o volúmenes de producción, el Estado es una amenaza”.[4]

 

Según Wikipedia, la acrobacia (del griego akros, "alto", y bat, "andando", es decir, «andar de puntillas») es una actividad deportiva que implica equilibrio, agilidad y coordinación. De todo eso presume la UIA, un retrato mustio de nuestra extinta burguesía nacional.

[1] Esta publicación fue motivada por la lectura de dos notas muy recomendables en “El Cohete a la Luna”: https://www.elcohetealaluna.com/normalidad-conservadora/ y https://www.elcohetealaluna.com/inconsistencias/

[2] Sociedad Rural Argentina y Asociación Empresaria Argentina

[3] Confederación General Empresaria de la República Argentina

[4] D.M. SCHTEINGART, “La concepción del desarrollo  de la Unión industrial Argentina (2001-2009), p.15, 2011

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