©2019 by Noticias de Ayer

Sangre y tiempo, cuerpo y alma

#Evo
#Revolución

Pasaron 10 años. Recuerdo estar sentado en uno de esos pupitres viejos, en un aula de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Día de semana por la mañana. Entre mates amargos, transcurría el práctico de Historia Social General, materia iniciática de la carrera, copada por veinteañeros. El profesor -diremos solamente que se llamaba Rubén- pasaba revista sobre los procesos políticos en Latinoamérica, desde los cuarenta hasta los setenta. En algún momento, le llegó el turno a Bolivia y al levantamiento del MNR de Víctor Paz Estenssoro -no el nuestro, que liquidó YPF durante el menemato; éste era, efectivamente, boliviano-: luego de que no le reconocieran la victoria en las urnas, Estenssoro produjo un alzamiento y acabó con el mandato oligárquico de Hugo Ballivián Rojas.


Seríamos quince jóvenes, los participantes de aquella ronda mañanera que alternaba lecturas contrapuestas de historiadores sobre un proceso que duró 14 años. Paz Estenssoro fue tres veces Presidente de Bolivia y sentó las bases para la incorporación de una mayoría indígena-campesina a la vida política de su país y para la aplicación efectiva del voto femenino, entre otros logros. Pero no va que Rubén decide cerrar el tema apelando a un razonamiento ideológico -por supuesto, subjetivo-: el proceso de Paz Estenssoro había caído, según la mirada del profesor, por las contradicciones propias del nacionalismo burgués, por haber sido reformista y no revolucionario; “un escenario similar al de Perón en el ‘55”, tiró. Mi joven cerebro estallaba de preguntas y cuestionamientos, y en eso una chica con el puño apretado de bronca le espeta algo que, hoy, puedo traducir así: “¿No será que lo derrocaron como a Perón, porque sí fue revolucionario? ¿O usted tiene el monopolio de decir qué es y qué no es una revolución?”. 


El profesor aceptó el desafío que le propuso la compañera y la discusión quedó planteada. Recuerdo, de hecho, haber intervenido en una cadena de mails, a propósito de una de las famosas máximas de Perón, dicha desde su refugio en la cañonera “Paraguay” y habiendo decidido bajarse de la resistencia al golpe de Estado de la Fusiladora: “Entre el tiempo y la sangre, yo elijo el tiempo”. No logramos ponernos de acuerdo con Rubén, prototipo de profe marxista de Filo, pero lo recuerdo con cariño y respeto.  


Vale la anécdota, pero, sobre todo, vale la interpelación de esa joven estudiante. Hemos chequeado hasta el hartazgo la reducción de las tasas de indigencia, de pobreza y desempleo, la evolución del salario mínimo y la catarata de nacionalizaciones que, en los años de Evo, han convertido al Estado Plurinacional de Bolivia en sinónimo de soberanía, de rebeldía, incluso a costa de viejos monopolios hidrocarburíferos de Santa Cruz de la Sierra, como el que construyó la familia Camacho con sus empresas Sergas y Socre. Hemos venido repasando, una y otra vez, el curso de los acontecimientos de estos últimos días, que decantaron en el derrocamiento y posterior exilio de Evo. El domingo pasado, nos preguntábamos cómo sigue esto. Hoy, nos atrevemos a correr la pregunta todavía más allá: ¿qué debiera hacer, en este tiempo, una Revolución como la de Evo, como la de Perón, para sostenerse? 


Meses atrás, me topé con una entrevista que le había hecho a Luis Uriondo, histórico dirigente santiagueño e integrante de Uturuncos, la primera guerrilla peronista. Allí, el compañero repasaba algunas anécdotas, hechos de la historia, memorias tristes. Y en uno de esos relatos lo incorpora a Santucho, personaje mítico de la guerrilla nacional, con algún pueblito perdido del Interior como escenografía. Luis recuerda que el Roby le había dicho: “Lo he pensado mucho. Si logramos hacer la revolución, sostenerla nos va a demandar matar al menos un millón de argentinos”. Un millón. 1970. Otro tiempo, otra Historia, misma sangre. 


Hace pocos días -de regreso a nuestro Siglo XXI-, Álvaro García Linera, cerebro del milagro boliviano, concedió una entrevista a El Ciudadano, un portal chileno. Diez días nomás, y una historia totalmente distinta. Hablaba sobre las enseñanzas del proceso, la formación de cuadros del MAS, la sobreestimación de las redes, las oleadas progresistas y el neoliberalismo 2.0. Pero, rescatamos algo, que aquí transcribimos:


“El gran problema de este neoliberalismo es que no representa ningún proyecto de sociedad, sino una acción de venganza, un repudio y una actitud de cobrar cuentas (...) no puede construirse hegemonía de largo aliento, es decir, tolerancia moral de los gobernados sobre los gobernantes, haciendo base en odios y resentimientos. Este neoliberalismo 2.0 tiene patas cortas, sus posibilidades son muy limitadas (...) pueden durar unos años, cobrar sus cuentas y vengarse, pero no pueden generar, en la sociedad, ese espíritu colectivo de largo aliento. Lo único que saben generar, es mayor pobreza. Por lo tanto, más pronto que tarde se enfrentarán a nuevas oleadas de malestar popular”.


Los setenta de Santucho: la sangre. El presente de Linera: el tiempo. No es cuestión de elegir, sino de hacer una reflexión colectiva. Hemos visto, también, a Orlando Gutiérrez, líder minero boliviano, quitándose los anteojos para mirar de frente a la cámara mientras expresaba que su compromiso no es otro que el de su propia vida. El suyo y el de sus compañeros. La suya y la de sus compañeros. 


Perón y Evo, que jamás se conocieron, pensaron lo mismo y actuaron en consecuencia. La verdad no es de nadie. Ni siquiera sabemos bien qué sería la verdad. Existe el compromiso de las personas, existe la historia de los pueblos. Esta vez, como tantas veces, habrá que esperar a que la historia se pronuncie, y en todo caso, mientras tanto, habrá que intentar protagonizarla. Sangre y tiempo, son el cuerpo y el alma de nuestras revoluciones.