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Sostener la fuerza moral

“Qué quiere decir para vos la corrupción”: ¡qué pregunta pavota! ¿Así arranca el famoso “informe” que estuvieron vendiendo? Bueno, che, paren un poco: es cierto que parece una obviedad, pero, así y todo, recibimos respuestas más que diversas. Diego (39), es sociólogo y delegado general de ATE en ANSES: él piensa que corromper es destruir las reglas de juego que estaban pactadas, y que la corrupción es un acuerdo espurio entre partes para defraudar a los demás miembros de un grupo. Está claro que “un grupo” puede estar compuesto por diez personas o bien puede ser el conjunto de la sociedad, pero él no restringe ese acuerdo espurio al ámbito de la política. Lo que dice implícitamente es que se trata de una práctica que puede reproducirse en cualquier rendija de la vida cotidiana. Andrea, astróloga de 56 años aparte de artista plástica y psicóloga social, expresa que la corrupción le suena a algo que ha perdido la forma para lo que originalmente había sido concebido. En esa línea, Alejandro dice que “tiene que ver con una esencia quebrada. Con una traición a esa esencia”. Docente de la UBA y bioquímico, agrega que, en el caso de la función pública, esta traición implica el incumplimiento de una promesa que suponía un comportamiento de cara a la comunidad.

Marcelo, abogado de Derechos Humanos, dice abiertamente que la corrupción está en la naturaleza misma del capitalismo, “sistema creado para garantizar de cualquier manera la tasa de ganancias de sus administradores”. Hugo, periodista y director de la Revista Sudestada, adhiere a ese pensamiento y agrega que incluso las grandes corporaciones de todo el mundo contemplan en sus partidas presupuestarias el pago de coimas, “aunque ellos le llamen con eufemismos”. Facundo enumera algunas tipificaciones del Derecho, como el tráfico de influencias, el enriquecimiento ilícito y el cohecho (“que, por lo general, van de la mano”), pero aclara que también está contemplada la corrupción de menores, “un delito sexual que, a mi entender, es más grave que cualquier infracción económica”. 

Álvaro García Linera es el vicepresidente de Bolivia desde 2006, acompañando el proceso que lidera Evo Morales, y un referente intelectual de la política popular latinoamericanista. En el marco de un reportaje que concedió en 2016, en la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata, Linera respondió sin rodeos sobre cómo la corrupción percude incluso a los procesos revolucionarios. Allí explicaba que el dirigente sindical que se vuelve funcionario, aquel que había sido compañero de militancia, abandona su rol de control social para pasar a formar parte de la órbita estatal, y que, en ese viraje, es probable que encuentre razonamientos y justificaciones que lo empujen a cometer actos de micro-corrupción. “La pregunta es qué hace cada uno frente a esa situación, porque incluso podría tomarse como un acto de resarcimiento histórico, pero la respuesta es que no puedes: no solamente porque es un hecho delictivo, sino, fundamentalmente, porque es un hecho que corroe la moral”. García Linera tiene muy en claro que el único capital de una expresión política como la que él integra, surgida desde abajo, desde las entrañas de la tierra, es su fuerza moral, y que ese cofre es lo primero que habrá que proteger, si es que verdaderamente existe una pretensión de cambiar las cosas de raíz. Cuenta que en el camino han tenido que tomar drásticas decisiones, como encarcelar a quien en su momento era el segundo dirigente en importancia detrás de Evo, Santos Ramírez, e incluso a dos ex ministras, “compañeras de lucha de quienes estamos seguros no han tocado un solo centavo, porque son incorruptibles, pero que han sido permisivas frente a un mal manejo de dinero”. Aclara que han hecho un aprendizaje muy doloroso, incluso golpeándose a sí mismos, porque se trataba de compañeros de militancia, pero sabiendo que de otra manera hubieran perdido frente a la sociedad esa fuerza moral que los mantiene en pie.

Virginia ha trabajado muchos años y sigue haciéndolo en el ámbito de la gestión cultural, liderando un proyecto que funciona en la ciudad de Mar del Plata y se llama La Corte de los Milagros. Ella hace una salvedad, cuando dice que no es lo mismo que el usufructo sea para beneficio personal o para el bien común. Si bien ambas son perjudiciales, le parece que en el primer caso el hecho se torna todavía más aberrante. “De todas formas, -aclara- pienso que el fin no justifica los medios, porque la naturaleza de los medios va a determinar la del bien a lograr. No es mía la frase sino de Aldous Huxley, cuando recusó a El Príncipe”. Ese servirse para el bien común puede confundirse con el “resarcimiento histórico” del que hablaba García Linera, en el sentido de los militantes populares que abusan del poder que les ha sido concedido para poner prontamente las cosas en su lugar. El vicepresidente boliviano mencionó una “democratización de la corrupción”, que es imperioso vencer, en tanto elemento de la tentación.

Frente a la pregunta sobre si cualquier hecho de corrupción es revestido de la misma gravedad, Virginia expresa que una gota de agua podrida contiene los mismos gérmenes que una botella o una laguna, y que esos gérmenes son el egoísmo y el desprecio por el otro. Ricardo Talento, dramaturgo y director del teatro comunitario Circuito Cultural Barracas, opina que “calificar de más o menos grave a un acto de corrupción es aceptarlo como válido”. En el otro rincón, varios se atreven a ensayar algunas distancias entre distintos hechos: “No es lo mismo una dádiva para un trámite burocrático que un mecanismo sistemático para apropiarse de fondos públicos millonarios”, “no es igual dar unos pesos al acomodador para ubicarse mejor en el teatro que facturar sobreprecios por cocinas que están destinadas a escuelas públicas”. Y acá no se trata de quiénes entre nosotros somos más puros o intransigentes, sencillamente porque la pelea no es entre nosotros. Escribo “en el otro rincón” pero no hablo de un ring, sino tal vez de una mesa de café donde nos podríamos sentar a charlar cualquier día de estos. Y en esa mesa nos pondríamos de acuerdo acerca de las cosas más sustanciales, de esa “esencia” que mencionó al principio Alejandro y que tanto vemos quebrarse. Agustín, ingeniero mecánico de 30 años, lo dice de un modo sencillo: “La gravedad de un hecho de corrupción depende del daño colectivo que genera”. Lo que aclara Alejandro es que cualquier cargo de gestión implica para él un manejo de poderes que, necesariamente, obligan a transar: “Es una forma elíptica de decir que la corrupción, en el ejercicio de los cargos públicos, constituye una práctica habitual, que no siempre acaba en enriquecimiento ilícito, que bien pueden ser negociados o pactos más pequeños, pero que no dejan de traicionar a esa esencia”.

Siguiendo el razonamiento de Agustín, y rimando su nombre con aquel, Valentín expresa que el trasfondo ideológico de este asunto tiene que ver con la talla de los recursos que se manejan: “La corrupción deja en evidencia todo aquello que podría haberse usado para la gente y que sin embargo no está en ninguna parte”. Para no enfrascarse en la política, pone el ejemplo de los religiosos que le roban a los pobres lo poco que tienen en el bolsillo y lo transfieren a sus arcas, con un truco tan elemental como el de crear ilusiones. Ellos hacen como que curan a un chico y gritan ¡milagro!, de la misma manera que los dirigentes de Cambiemos hacen como que están tomando mate con un vecino y como que están viajando en un colectivo lleno de gente: crean falsas ilusiones para sacarle al laburante lo poco que tiene en sus bolsillos. ¿No son esos, acaso, actos de la misma calaña? Podríamos discutirlo. Lo cierto es que la guita que se va por la canaleta de la corrupción es guita que no existe más, que no está ni muerta ni viva, como diría un genocida que tuvo su peor momento con los Kirchner.

Hugo opina que la corrupción está estrechamente ligada a una forma de hacer política que lo tiene al Estado como herramienta para hacer negocios, “y en ese sentido lo ideológico puede sonar a excusa, porque, hay que decirlo con claridad: este modelo no es ni ha sido nunca un monopolio de la derecha”. Y en ese sentido, agrego yo, está claro que ni los Kirchner se salvan, al margen de muchas políticas interesantes que ejecutaron durante sus mandatos, como encargarse de hacer lo que había que hacer para que la lacra humana de Videla terminara su vida de mierda en la cárcel.

Es que, como dijo Linera: si no se cultiva el hecho moral que te puso en esa situación de poder, si no se lo refrenda con actos, todos los días, entonces se correrá el riesgo de que venga la derecha a la carga, con toda su moralina, a enrostrarte que ¡se han robado 5 mil dólares! ¡Cómo puede ser! No interesa si ellos después generan estafas por 100 millones, o 1000 millones de dólares. Lo que hay que comprender es que no tienen ni que poder levantar un dedo para acusarnos de haber robado un dólar, ¡ni medio boliviano! ¡Ni medio peso argentino! “Si eso sucede, vas a perder, porque se te va a venir encima toda la jauría moralizante de la sociedad, para descalificarte. Y, si pierdes moralmente, pierdes generacionalmente. La peor derrota de un revolucionario, es la derrota moral: puedes perder elecciones, puedes perder militarmente, incluso puedes perder la vida, pero sigue en pie tu principio y tu credibilidad. Pero, cuando pierdas la moral, ya no te levantas. Se levantará otro líder, se levantará otra generación, pero tú ya no”.