©2019 by Noticias de Ayer

Sobre el buen vivir

Florencia tiene 33 y es docente, investigadora y no sé cuántas cosas más. O sea, yo me siento acá y escribo, esa es mi vida. La señorita en cambio tiene ocupaciones de lo más variadas. Bueno, de todos modos ya la habíamos presentado en la segunda parte de este informe, que ustedes obviamente leyeron con atención. Esta vez, vamos a empezar a hablar sobre cuán posible es modificar alguito de estas conductas que nos atraviesan, en tanto socies de esta sociedad. Cuando le preguntamos sobre las herramientas que podemos elaborar para tratar de cambiar las cosas, ella respondió algo que en definitiva tiene que ver con esto que estamos haciendo nosotros: “Hay que poner sobre la mesa cuál es el sentido de discutir este tema. El asunto es no abandonar la batalla cultural”. Después, de todas maneras, aclaró que dadas las urgencias económicas que estamos padeciendo como pueblo, no cree que sea éste el momento indicado. Pero eso es harina de otro costal. Sí, nos encantan los refranes, ¿y qué? Y los flanes también, obvio: no veo la hora de que se me prenda fuego el rancho para clavarme un buen mixto.

Una vida tan ajetreada como la de Florencia tiene Alejandro I, el docente y bioquímico. En la entrega anterior, dedicada al rol de los medios de comunicación, él sugería la necesidad de que el público esté bien informado sobre el contexto y los involucrados, cada vez que sale a la luz alguna de estas ventilaciones que tienen que ver con disputas entre bandos políticos. “La difusión debidamente respaldada con datos, debería ser un elemento crucial para la población. La información es poder y una de las formas de empoderarse es accediendo y difundiendo material de buena calidad. Hay que ayudar a difundir lecturas correctas de esos contextos políticos que envuelven a los casos de corrupción”. 

Aldana decía que el de la corrupción es un problema cultural en tanto este sistema democrático que tenemos habilita la posibilidad concreta de que los individuos se corrompan. Ella hablaba en términos de una calidad institucional que está debilitada, debido a la excesiva injerencia que tienen los poderes fácticos en las decisiones políticas del país. Ariadna tiene 35 y es Licenciada en Ciencias de la Educación: en la misma línea que Aldana, menciona la necesidad de un control mucho más fuerte ejercido por la ciudadanía, para velar por la calidad de ese sistema democrático que, debemos coincidir, se encuentra en franca decadencia. “Más gimnasia de la participación ciudadana”, dice Celeste. “Control de los usuarios en los servicios públicos”, agrega Marcelo. Hasta ahí vamos bien, la pregunta sería cómo. No, nosotros no tenemos una respuesta elaborada, apenas si estamos tratando de atar algunos cabos. Lo que sí podemos mencionar, en este punto, es la experiencia de La Poderosa, que, a partir de los crímenes casi cotidianos que se producían (y se siguen produciendo) en los barrios más postergados de Buenos Aires y de cualquier lugar, implementaron un “control popular a las fuerzas de seguridad”, efectuado por una comisión integrada por los propios vecinos “en comunicación directa con el CELS, la fiscalía, la Procuraduría contra la Violencia Institucional (PROCUVIN) y una red de periodistas comprometidos con la causa”. Ejemplo válido de organización y resistencia surgidos desde la raíz, frente a la violencia sistemática que baja desde la copa de un árbol estatal que debajo de la corteza muestra signos de podredumbre.

Al margen del apropiamiento de la información de buena calidad, Alejandro hablaba de la formación de dirigentes que no surjan de los sectores empresariales ni de las filas más tradicionales de la militancia, dado que son ellos quienes más acostumbrados están a alcanzar logros políticos mediante negociados: “Quizá esos dirigentes ya existen, en cuyo caso el rol de la sociedad es comenzar a darles más cabida y difusión”. Aldana, con sus 24 años y una carrera en el Derecho a poco de concluir, es un buen ejemplo de esto que dice Alejandro. Hugo expresa lo mismo, pero al revés: que lo que más le preocupa de esta degradación, propia de un sistema que nos alberga, son las bases militantes que se acercan a la política con el entusiasmo propio de la juventud y que rápidamente se enfrentan a la situación de saber que ni siquiera sus propios dirigentes escapan de este patrón de la corrupción. “La consecuencia de la revelación es siempre negativa: o se los apaña, bajo el lema de que ‘los otros son peores', o se produce un hastío que tiene que ver con esta manera de hacer política y que acaba por alejar a esos jóvenes que la podrían haber modificado”. 

Ricardo Talento, director del Circuito Cultural Barracas, ya pisó los 70 y tiene una vasta experiencia en ámbitos del arte comunitario que se refleja en el respeto de sus colegas más jóvenes. El dramaturgo se sorprende al ver que muchos de estos chicos y chicas, que quizá están comenzando a elaborar sus caminatas, le piden amistad por facebook. Está claro que lo suyo no son las redes sociales, sin embargo no se niega a participar. Pero Talento habla de otra cosa. Sus convicciones son de adoquín, y no porque tenga la cabeza dura sino porque está habituado a una vida de estar en la calle, trabajando y viviendo a través de su trabajo, compartiendo palabras y miradas con sus vecinos de acá y de allá. Le preguntamos cómo se sale de esto y él se pone a hablar de un “buen vivir comunitario”, opuesto al concepto individual de “vivir bien”. Y en su caso, así como en el caso de La Poderosa, no es solo un decir, sino un trabajo barrial que él y sus compañeros del Circuito vienen haciendo desde hace más de 20 años, convocando a los vecinos, construyendo un espacio común, apropiándose de la calle que es el lugar de todes. Apoyado en las palabras de Ricardo, Alejandro, el docente, expresa que la lógica liberal pretende que los individuos se regulan solos, y habilita frases del estilo “tus derechos terminan donde empiezan los míos”, como si fuésemos sujetos adyacentes pero jamás superpuestos. Y él se pregunta algo bien elemental: “¿Por qué tus derechos no pueden ser los míos? ¿Acaso ‘lo mío’ no puede ser también de los demás?”.

Juan Manuel tiene 39, es psicólogo y especialista en problemas de adicciones. Él también pone el acento en el concepto de comunidad, como una forma de resistencia, pero lo vincula con un aspecto comunicacional. Piensa que el tema de la corrupción es usado mediáticamente para inyectar indignación en una sociedad que ha demostrado no tener los anticuerpos suficientes para enfrentar críticamente la agenda que imponen los medios masivos de comunicación. “La indignación es un sentimiento fácil, desde todo punto de vista”, había dicho Ariadna, y efectivamente el discurso mediático es el combustible que enciende el humor de vastos sectores de la población. Expresa Juan que se viene exprimiendo al máximo la indignación, el odio y la destrucción de un diferente, y que, si se trata de pensar los vínculos, “este sistema global nos empuja hacia el aislamiento, generando canales de comunicación, como las redes sociales, que permiten prescindir de un contacto real”. Esos círculos de no conflicto o “zonas de liviandad”, según palabras del psicólogo, acaso sean un elemento crucial, en el aggiornamiento de este sistema de valores que intenta combatir Ricardo cotidianamente con su sable de filosofía barrial y comunitaria. Alejandro sabe que, en este mundo de hoy, lo de Ricardo es una quijotada: “Estos intentos de organizaciones colaborativas son injertos en sociedades liberales como la nuestra, que están al día con sus dosis de violencia, consumismo e individualismo”. Lo bueno del asunto, si es que hubiera algo bueno, es que el trabajo del Circuito Cultural Barracas, más que intento es una realidad: una realidad pequeña, es cierto, “un mundo a mitad de cuadra”, como gustan decir; pero un mundo al fin, que está ahí, a la mano de cualquiera que quiera darse una vuelta.

El “buen vivir” que propone Ricardo, en lugar de un “vivir bien” que remite indefectiblemente a los alcances del dinero, se ha venido desarrollando en ciertas políticas oficiales de la Bolivia de Evo y el Ecuador de Correa. Territorios olvidados, de raigambre indigenista y culturas andinas que han resistido al tiempo, encontraron una nueva ocasión para poner en marcha la crítica reflexiva frente al discurso del progreso. El Sumak Kawsay, que se traduce del quechua como “buen vivir”, plantea un acercamiento respetuoso hacia las formas de la naturaleza y un tope a la acumulación indefinida que admite la filosofía liberal. La corrupción, por supuesto, es una de las expresiones de la alienación que produce en algunas personas esa posibilidad del acopio sinfín.

Acá, en Buenos Aires, lo más cerca que estamos del Sumak Kawsay es el Jardín Japonés un domingo al mediodía. Es cierto. Pero, por otra parte, el control popular a las fuerzas de seguridad se gestó en Buenos Aires. Y el Circuito Cultural Barracas funciona en Buenos Aires. Y les dirigentes más jóvenes, como Aldana, que no provienen de esquemas políticos tradicionalistas ni engordan las filas empresariales, están haciendo sus armas en Buenos Aires y en otras ciudades igual de complejas. Juan, el psicólogo, que labura también en ámbitos comunitarios, decía que la indignación no es conflicto, apenas una descarga que no tendrá consecuencias: “En todo caso, habrá que comprometerse con el malestar, si de verdad pensamos construir un lugar distinto”.