Sentimiento plantado

#Racismo

En 2015 me surgió la posibilidad de trabajar durante la temporada de invierno en un centro de ski de West Virginia, al sur de Estados Unidos. Aterricé en el aeropuerto de Washington el 15 de diciembre. Éramos un grupo numeroso de mujeres y varones que llegábamos de distintos países para vivir la misma experiencia. La mayoría éramos de Perú, Chile, Argentina, Sudáfrica, Brasil.

Me acuerdo que una de las primeras cosas que nos explicaron, cuando llegamos al lugar, era el significado de “rednecks”, algo que, nos estaban avisando, “escucharíamos mucho”. Los comentarios y las actitudes racistas aparecían con reserva, pero se exaltaban en la medida que entraban en confianza con nosotros. Tenían una noción sobre lo moralmente incorrecto de sus palabras, pero eso no los detenía. “¿Este negro se piensa que puede hablarme?”; “no deberían estar acá”. Eran frases que oía cada vez con mayor frecuencia.

Una noche de 20 grados bajo cero, mientras tomaba un chocolate caliente en el centro de control, uno de mis supervisores se acerca para preguntarme de dónde era. Ya se lo había dicho muchas veces, pero no parecía interesarle realmente nuestras historias. Se lo conté otra vez.

- ¿Argentina? Ah, igual que la otra chica que trabaja con vos. Pensé que ella era de otro lado. No es como ustedes, es más negra.

Sabía que esa conversación iba inexorablemente a un lugar que me iba a incomodar. Pero a la vez sentí la necesidad de saber qué tenía para decir. Hay racismo en todas partes, de hecho, vivimos en una sociedad discriminadora, clasista y poco empática. Pero esto iba más allá: había un odio profundo en sus palabras, en su mirada. Se lo notaba inquieto, pero quería decirme eso que estaba por decir; parecía querer explicarme cómo eran las cosas ahí y convencerme de que tenía razón.

Soltó que los negros no deberían vivir entre los blancos, porque uno no podía fiarse de ellos. “Son peligrosos”, aclaró. Le pregunté qué le hacía pensar eso, qué le hacía creer realmente que el color de piel de una persona puede significar algo. Respondió algo sobre “la naturaleza” de los negros, y que era sencillamente “la verdad”. Para mi sorpresa, la conversación se pondría peor. Me contó que había formado parte de un grupo para hablar de “estos temas”. Me quedé callada.

- ¿Conocés el Ku Kux Klan? Algo así, claro que no tan extremo. Nos juntábamos a hablar nada más.

Todo lo que había visto en películas y series era verdad. No es que pensara que no fuera cierto, pero lo veía como algo tan lejano que me parecía irreal. Inconscientemente, me negaba a creer que pudiera existir este tipo de maldad en las personas. Decidí cortar la conversación ahí porque ya no soportaba más. El frío de afuera no se comparaba con el que tenía adentro mío.

Situaciones así se repitieron muchas veces, con muchas personas. La sorpresa e indignación no acababan nunca.

Antes de terminar mi viaje pude conocer Nueva York, y una de esas tardes fui a pasear por un “barrio de negros”, como dicen ellos. Un sitio de la ciudad que los blancos prefieren no habitar y que prácticamente no pisan. Huelgan las explicaciones.

Mientras caminaba por ahí, un grupo de cinco chicos de mi edad se me acercaba por la dirección contraria. Eran todos negros. Por un instante, se me paralizó el cuerpo y sentí miedo. ¿Miedo de qué? Ni siquiera podía explicarlo. Todos los prejuicios y todas las historias que había consumido durante cuatro meses, me asaltaron de golpe. Sentí por un instante que ese terror que me habían inoculado, estaba alojado en mi mente. Fue un instante, pero sentí vergüenza de mí misma. Es difícil ponerlo en palabras. Me percibí ignorante y triste a la vez. Lo habían logrado. Me plantaron un sentimiento que jamás había sentido: miedo a un otro, por el color de su piel. Ese grupo de chicos siguió caminando como si nada, sin percatarse de mí, y yo me quedé muda, con un nudo en la garganta.

Cuento lo que me pasó para intentar entender cómo opera el racismo. Es algo que te van metiendo adentro casi sin que te des cuenta, que se infiltra en conversaciones que parecen no tener importancia y viaja a bordo de los pequeños actos. Es un veneno cotidiano, que está en el aire.

Esa noche, la de los 20 grados bajo cero, me fui a dormir cargada de angustia. La misma angustia que me invadió en el instante que me di cuenta de eso que había sentido, caminando por un barrio de Nueva York. Tratar de visualizar las prácticas de racismo es deber de todos, si queremos aprender a combatirlo.

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