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Reír sin llorar

#AntesdeCromañón

#DespuésdeCromañón

#Callejeros

Un pibe se levanta enojado en una canción de Callejeros. Rezonga con el reloj que no lo deja en paz y con su casa que está hecha un quilombo. Pero se levanta y raja, como ayer, como mañana. Está atrapado en algo y no es fácil ponerle palabras a eso que aprieta. Pero este pibe entiende que por ahí no anda la libertad. “Termina el día y en el cuadro del vidrio del 60 hasta Constitución, veo la lluvia cayendo con furia, vaciando las calles, cambiando nuestro odio de color”, habla el joven laburante de esta canción; te habla a vos y me habla a mí, porque, ¿quién no sintió el alma mojada alguna vez, mirando el aguacero con la cabeza apoyada en la ventanilla del bondi? Y sin embargo hay algo lindo también ahí, porque de alguna manera la lluvia nos da la impresión de barrer con algunas cosas. La última estrofa es más triste todavía, porque esa sí que no tiene remedio: “La madrugada me ve solo en la mesa viendo el mundo por televisión. No cambio nada y vuelvo a la cama, pensando que tal vez mañana todo será un poco menos peor que hoy”.

Esta canción, sobrina de Homero, no tiene final feliz. Ni siquiera tiene final. No lo tiene porque es el reflejo de una época que nos pone a girar como si fuésemos hamsters, tatuándonos con hierro caliente la sensación de que no vamos a llegar jamás a ninguna parte. Si no nos podemos zafar de la rueda, entonces el único deseo que nos queda es que mañana sea, al menos, un poco menos peor. No parece haber más cartas, en el mazo de la posmodernidad.

 

Pero este pibe no es como Homero, porque mamó la rebeldía de los noventa y no le chupa un huevo la política. Le pasan las dos cosas: despotrica contra los políticos de turno, reos de su desencanto, pero levanta la bandera de sus propias ideas, que también son políticas. De la tumba de los noventa nos levantamos un montón de zombies que deambulamos buscando nuestro lugar: “Quiero que sea éste, pero convertido -decía el pibe-; que decir aborto suene a legal y que no sea un pecado mortal. Que no se quede mi pueblo dormido”. Sí, en algún momento volvió a hablar de “pueblo”, y eso dice un montón de cosas.

 

Una vez, me acuerdo, mientras nos tomábamos una birra en el barrio, el pibe me decía que los tipos que ignoran mueren y viven contentos, porque no saben que hay cosas que se pueden cambiar. Sí, ya sé: es el mismo pibe que se bajonea cuando se hunde en la rueda y que siente que está todo perdido. No hay contradicción en eso. O, en todo caso, nadie puede jactarse de estar exento de esa contradicción. ¿Quién no sintió el alma aprisionada, alguna vez? Eso no quiere decir que no tengamos derecho a encontrar nuestros propios momentos de felicidad, compartiendo una birra con nuestros amigos, haciéndonos compañía, jugándonos al amor. “Morir en el delirio de esos ojos tristes. En el delirio de esa luz infinita que me encandila”, escribió una vez, en un cuaderno que tenía siempre a mano. 

 

El pibe de estas canciones es incomprendido, está en su naturaleza. Un poco le gusta, porque siente que ahí anda su rebeldía. El mundo que construyeron sus padres es poco más que una cagada, y él busca el cauce con la terquedad del agua, que a la corta o a la larga se filtra hasta en el cemento. Se cose sus propias banderas, en eso está. Con la punta de goma de sus zapatillas de lona patea para adelante sus ansias de libertad. En la mochila gastada carga sus propios mambos y se la banca bastante bien. No cree en navidades ni en las noches de paz, pero cree que con una canción la tristeza es más hermosa. Mirá, si no, cómo lo canta él: “Creo en tu sonrisa, creo en mí si te veo hoy y me pedís que no me rinda, sigo por vos”. Bueno, es cierto que los noventa en algún momento lo dejaron a gamba, y el bondi del dos mil no pasaba más. La noche se cerraba y el pibe no era de ahí. En la calle no había un alma. Ya se estaba haciendo grande, pero sentía en la piel el mismo temor de antes. 

 

Un barrio desalmado, un bondi que no viene, mirás al fondo de la avenida y te invade la negritud de la noche. Andá a saber qué fue del último chasquido de luz. 

 

De golpe, eran los dos mil. El futuro había llegado, pero los mambos en su mochila seguían siendo los mismos, incluso la mochila era la misma de siempre. Cuando te caen esas fichas, la rebeldía se pone rara, porque ya no sabés si eso que estás pateando para adelante son ansias de libertad, o qué carajo es. “El mar se te abrió una vez, se te abrió para no parar, y vos no te despertaste, lo arruinaste una vez más”, puede pensar para sí el tipo que está llamando a un gato con silbidos, en la misma esquina, desde hace tanto. ¿Sabés qué pasa? Es angosta la orilla de la frustración, y a veces se complica saber cuándo nos estamos pasando de la raya. 

 

Nunca supe si pasó el último bondi, esa vieja madrugada que lo encontró clavado en la parada, con las manos en los bolsillos y los hombros encogidos, pero después de otra noche para el olvido me hundí con él en la 9 de Julio, esta vez sin decir nada, con la radio del auto encendida y una herida que se nos confundía con el tráfico y parecía que nos iba a tragar enteros.

 

La mayoría de las veces, la juventud no es algo que tenga fecha de vencimiento, que se corte como la leche. La nuestra, sin embargo, se acabó de la noche a la mañana. Lo supimos enseguida, porque fue como un telón rojo que se nos vino encima.

 

Pero somos eso. El pibe que rezonga en las canciones y que, alguna vez, tomando unas birras con sus amigos, volvió a hablar de pueblo y reinventó su manera de creer en la política. Somos esa banda de zombies que, en lugar de quedarse postrados en la tumba de sus frustraciones, empezaron a preparar el caldo en ollas más grandes. Aprendimos a la fuerza, y hoy más que nunca vamos a acompañar a nuestros hijos, para que sean ellos la revancha de todos los que la peleamos -al lado, de cerca o muy lejos- y no pudimos reír sin llorar.