Un recuerdo de Néstor y el 24 imborrable

#24deMarzo
#MuseodelaMemoria

Mientras calentaba el agua me fui calzando mis Toppers blanqui-grises y agujereadas y armé la mochila con lo necesario para un recital al aire libre: mateyerbatermo, un pañuelo lila con flecos y un buzo de Los Piojos, por si se hacía tarde y refrescaba. Era el 24 de marzo de 2004 y encaré para la ESMA a ver en vivo a mis artistas de parque: León y Víctor Heredia.


En ese momento, militaba en un espacio universitario medio progre, chiquito, muy de esa época, que estaba en contra del menemismo, del comunismo, de la Franja Morada y del troskismo -faltaba saber qué éramos nomás, y pronto lo sabríamos-. Debo haber ido con algunes de mis compañeres de esa orga, aunque realmente no tengo el recuerdo de haber estado con nadie en particular, ese 24 de la ESMA que quedaría en la memoria del pueblo.


Antes de todo eso, en el secundario, había militado en un espacio que también era antitodoloanterior; nuestra bandera inquebrantable era el ser “independientes”, y nos juntábamos a escuchar a Charly y a Silvio mientras planeábamos tomas de escuelas y de Cuarteles Moncada. Mi generación es esa que nació al otro día de la dictadura que se llevó las vidas y las ilusiones de tantes, que de chiquita vio a sus padres creer ciegamente en la democracia, que tuvo su estreno de pubertad y adolescencia en un país cuya democracia finalmente no dio de comer ni curó ni educó a casi nadie, que vivió el 2001 entre pintadas y muestras de DNI para que la cana no nos llevara porque éramos menores. Esa generación, creo, nació para no creer en la política.


En mi caso, sumémosle que mi familia se caracteriza por su historia de militancia comunista. Abueles, padres, tíes, etc. En las charlas de política casi no se nombraba al peronismo, salvo para recordar que mi abuelo había estado preso en el ‘54, y alguna que otra cantata de la Marcha a solas con mi madre. ¿Querés más? Fui al Nacional Buenos Aires, donde el gobierno de Perón se estudiaba en la unidad “populismos autoritarios en América Latina”. Y esa familia no parió stalinistas, pero puso en las calles de Buenos Aires a cuatro hermanes militantes de causas populares. Quizás sí, creíamos en la política, pero desconfiábamos de sus instituciones.


En fin, volviendo al mate y al evento al aire libre, la cuestión es que entre cántico y cántico, de repente apareció un chico, para contarle al público presente cómo fue que siempre había sabido que no era hijo de su padre, y que él era Juan. “Yo soy Juan”, dijo, y no era una pavada. Ahí me acordé que el evento venía a cuento de que la ESMA iba a dejar de ser la Escuela de Mecánica de la Armada, el Centro Clandestino de Detención más importante de la última dictadura cívico-militar, y que se transformaría en Museo de la Memoria. Pero yo, descreída del poder político, omití que ese hecho lo estaba produciendo un Estado, y preferí quedarme con la buena noticia y con la buena música.


Será por eso mismo que, cuando empezó a hablar Néstor, me puse a charlar con gente a mi alrededor, esforzándome por demostrar que no tenía interés en escucharlo -ya me había pasado algo parecido el 25 de mayo de 2003, cuando, escuchando el discurso de asunción en el Congreso, la mamá de mi entonces novio empezó a lagrimear y a decir que “este es uno de los nuestros”-. Pero, en un momento, en esa que ahora era la Ex-ESMA, se hizo un enorme y ruidoso silencio, y ahí no me quedó otra que prestarle atención, a ese Presidente que pedía “perdón, de parte del Estado, por los 30 mil compañeros detenidos-desaparecidos”. Lo miré a los ojos, vi su mano temblar al lado del atril, y no pude más que llorar -igual que ahora, mientras escribo esto- y estar segura de que no podía ser mentira, que las manos no tiemblan de mentira, que la voz no se quiebra de mentira. Ahí estaba, un peronista, abrazado al nieto 77, como imagen rotunda de ese peronismo asesinado en los ‘70 que parecía más un mito que una realidad pasada -y mucho menos presente-. Fui a escuchar un recital y terminé escuchando un nuevo relato: uno que no me había contado nadie, una nueva posible manera de ver la historia y la política. Desde ese día y para siempre, yo confié en Néstor.


El sábado 18 de mayo de 2019, estaba yendo a dar clases y me empezó a llegar por todos lados un video de Cristina. No lo abrí. No me gustan los spam, y no soy muy fanática de escucharla a ella. Seguí con mi música en los auriculares y fumando el pucho de antes de entrar a la Universidad. Una amiga, conocedora de mis mañas, me avisa en dos renglones que Cristina es candidata a Vice y Alberto a Presidente. Y volví entonces a las celebraciones de los grupos que no había leído, y conversé emocionada con mis estudiantes sobre la genialidad de su decisión, y volví a sentir en la sangre esa emoción colectiva que te produce el orgullo por tus dirigentes.


Y, en definitiva, esta es mi historia peronista: una persona que cada tanto encarna el sentir popular, y un colectivo pueblo que me dice con amor que escuche, que sienta; y me abraza.

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