Querida Ijeawele

*Un texto de Camila Commisso

Este libro me duró solo un rato, y fue tan sencillo de leer como de querer recomendar. Es de esas lecturas que quedarán en una eternamente.

 

Una gran amiga de la autora acaba de ser mamá y le pide consejos para criar a su hija como una feminista: de esto trata “Querida Ijeawele”. El libro consiste básicamente en quince -más que acertadas- sugerencias; pone en evidencia la importancia y a la vez la urgencia de educar a les niñes con nuevas perspectivas de género, herramientas que les permitirán hacer de este mundo un lugar más justo para todes. Su premisa es confiar en los instintos y usar al amor de guía, pero marcando un norte: la mujer, a la par del hombre; la madre, a la par del padre. Prohibido olvidar.

 

Ya es un clásico escuchar a mujeres resaltar la “ayuda” de sus compañeros, durante el proceso de crianza de ese hije que tienen en común, y me hace ruido el intento de enaltecer algo que corresponde. Frase trillada y muy escuchada: “Elegí bien al padre, porque me colabora”. ¿Querrán decir que hace lo que tiene que hacer? Pareciera que rige para nosotras nada más, esa chance de tener que hacernos cargo de todo solas. Tristemente, a eso estamos acostumbradas. Ningún hombre anda por la vida comentándole a sus amigos: “Es una gran madre porque me colabora”.

 

La única diferencia que existe entre un padre y una madre, a la hora de criar une hije, es la capacidad biológica de amamantar, y ahí pone el énfasis la autora del libro, Chimamanda Ngozi Adichie: le sugiere a su amiga no dejar de ser una persona plena; rechaza fuertemente esa idea de que maternidad y trabajo se excluyan mutuamente; rechaza la figura de la “superwoman” que puede con todo eso y más también. No existe. Propone amigarse con los fracasos y dejar de hablar de “ayuda” a la hora de repartir las tareas de la casa: esas tareas que, por legado histórico y cultural, siempre entendimos como exclusivas de la mujer. Insiste: “No deberías ser madre soltera, a menos que lo seas de verdad”.

 

Cuando era chica, siempre me decían que “porque no” no es una respuesta. Así me empujaban a buscar argumentos que validen una respuesta negativa. Entre estas páginas me encontré con una oración parecida, incluso mejor: “Nunca es una razón para nada: porque eres una niña”. Saber cocinar no es un conocimiento preinstalado en la vagina; el matrimonio no es un premio al que las mujeres aspiran; la sexualidad y el placer de la mujer no difiere en nada a la sexualidad y el placer del hombre. Tenemos el deber de terminar con estas ideas absurdas que nos vienen a sugerir qué y cómo debería ser un niño, y qué y cómo debería ser una niña, cuando lo único verdaderamente importante es enseñar y transmitir independencia y libertad.

 

Ser feminista es blanco o negro. No existen grises para Chimamanda, que repudia al “Feminismo Light” -basta encender la tv o leer un diario- y a esta idea de que, si una mujer se autoproclama anti-feminista, entonces el movimiento carece de fuerza y no es suficientemente representativo. Lo que sucede allí, es la evidencia dolorosa del masivo alcance que tiene el patriarcado. Lo bueno es que, siguiendo lecturas y sugerencias como las de Querida Ijeawele, ese patriarcado seguirá desmoronándose frente a nosotres. Este libro obliga a repensar todo lo heredado, y el juicio que hacemos según el sexo. En sus páginas, se pone de manifiesto cómo los micro-machismos siguen estando a la orden del día.

 

Hay que educar a nuestres niñes para habitar un mundo diverso, enseñándoles que lo único verdaderamente importante, cuando les toque elegir, es no dañar. Se puede buscar la felicidad normalizando la diferencia: la felicidad individual, tanto como la colectiva.

 

Un libro para todo público, que responde con claridad: ¿es posible educar en el feminismo? Sí.

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