"Prefiero desaparecer"

#Favaloro

Eso escribió el Doctor René Favaloro en su carta póstuma, la que recorrió el mundo tras su suicidio, el 29 de julio de 2000. Un par de semanas atrás, había cumplido 77. Una carta que excede los límites de lo meramente epistolar y que tiene ribetes de documento histórico o testimonio de época. Año y medio después, ese país en estado terminal diagnosticado en el papel del cirujano, quedaría más expuesto que nunca.


Sin apuro y con un sentido cronológico de su propia historia, Favaloro relata en el comienzo de la carta que regresó a la Argentina, allá por los setenta, porque nunca había perdido sus raíces y porque sentía que su compromiso con la patria seguía vivo. Volvió, pues, para hacer docencia e investigación, y para seguir trabajando de médico, como siempre lo había hecho. 


Puede que la patria de Favaloro no haya sido más que geográfica, bucólica, terrenal, porque de otro modo no se explica la cercanía que, de tanto en tanto, concedía a los altos mandos de la estructura militar que, en aquellos tiempos, había secuestrado el país, arrojándolo a un sótano en penumbras e inyectándole dolor. O sí, quizá esas concesiones sí puedan explicarse de otro modo: su Patria Grande era la medicina, y él se había empeñado en desarrollarla acá, en su tierra, tanto como pudiera. Ahí lo tenemos, compartiendo una rueda de prensa con el Brigadier Cacciatore, agradeciéndole la buena voluntad política de la Ciudad de Buenos Aires, para que la Fundación que había soñado comenzara a cimentarse en la realidad.


En su carta final, la que escribió de a poco, mencionó los diez mandamientos de su Fundación, declaración de principios que rigió desde el día uno y que hoy mismo puede encontrarse en la página web. Ahí se habla de honestidad -palabra que aparece en primer lugar y sin maquillaje alguno-, se habla de sacrificios, de ética, de no dejarse engañar; ahí se habla de humildad, se habla de la verdad -“y nada más que la verdad”- y de los privilegios, que gozarán los pacientes pero ninguna persona más. Ahí está, la ideología de Favaloro: en su Patria Grande, en su manera de ser médico y de pretender que los demás lo sean, en su cuerpo y mente poniéndose al servicio de los pobres, y eso también lo dice en la carta, “me consuela el haber atendido a mis pacientes sin distinción de ninguna naturaleza. Mis colaboradores saben de mi inclinación por los pobres, que traigo de mis lejanos años en Jacinto Arauz”. Ahí, en ese pueblito de La Pampa, se hizo médico rural, René Favaloro. Ahí se gestó su anhelo de una medicina al servicio del pueblo, al alcance de cualquiera.


“Hay que sacrificarlo todo en aras de la verdad y nada más que la verdad. Decir siempre en voz alta lo que se piensa por dentro. Nada puede sustentarse sobre la mentira”: ese es el séptimo punto de su añeja declaración de principios. Algunas décadas más tarde, mientras escribía la carta con un disparo al corazón que ya estaba alojado en sus pensamientos, no tenía más remedio que replantearse ese valor: “Quizá el pecado capital que he cometido, aquí, en mi país, fue expresar siempre en voz alta mis críticas, mis sentimientos. Insisto: en esta sociedad del privilegio, donde unos pocos gozan hasta el hartazgo mientras la mayoría vive en la miseria y en la desesperación, esto no se perdona, sino que se castiga”. 


Cerca del final de la carta, cerca del final a secas, se lee una frase que puede ser sentida como el puñal hundido en el alma de aquel médico rural: “El lunes no podría dar la cara”, decía Favaloro, luego de explicar que su Fundación -acaso su Patria Grande- ya había sido intervenida por un comité de crisis, y que ya se habían producido las primeras cesantías. A lo largo del documento, había intentado dar cuenta de su lucha contra un sistema que lleva la corrupción y el acomodo en la sangre, si es que sangre tuviera. Confiesa estar cansado de recibir elogios a nivel internacional -“¡La leyenda!”-. Confiesa haber sido derrotado, en el terreno de su propia sociedad.


Poco antes del disparo, con su obra resquebrajándose, con el cuadrito de sus mandamientos hecho trizas en el suelo de su despacho, sus colegas más cercanos le sugerían incorporarse al sistema, para salvar la Fundación. Le decían que él podría mantenerse al margen de las negociaciones, para que no pareciera que el viejo médico rural estaba claudicando. “Prefiero desaparecer”, fue su respuesta, según lo recuerda en su carta. 


Toda una vida intentando revertir el karma de un sistema médico que ya parecía enquistarse frente a sus narices: los retornos de dinero entre cardiólogos y cirujanos, que regían en cualquier casa de salud; la figura de los visitadores médicos, que ya mostraba la hilacha y cuya función consistía en hacer de cartero entre los profesionales, llevando y trayendo remedios y sobres; las obras sociales que le cerraban el grifo de pacientes a su Fundación, extorsionándolo con eso para que se hiciera amigo del sistema y se dejara de romper las pelotas. Enfermos del corazón que preguntaban a sus cardiólogos si se podían operar con el Doctor Favaloro: “Hace tiempo que no opera”, respondían, pero muchos de esos pacientes, disconformes, acababan en su clínica buscando una segunda mirada: “Entonces les explicaba que sí, que yo seguía operando, y que lo hacía con el entusiasmo y la responsabilidad de siempre”. En los Congresos Internacionales, esos mismos colegas lo abrazaban, algunos incluso con lágrimas en los ojos.


Días antes de su última carta, Favaloro había escrito otras, a instituciones públicas y actores sociales de diversa envergadura, implorando ayuda, de manera urgente, para poder salvar a la Fundación que veía desmoronarse. Una de esas misivas fue dirigida al despacho del entonces Presidente, Fernando de la Rúa. Jamás recibió respuesta alguna. Fue entonces cuando se sentó, pacientemente, a redactar la carta final. Fue entonces cuando contó, en ese papel, cómo habían sido las cosas, desde que tomó la decisión de regresar a su país hasta que se quedó sin cartas en el mazo. “No ha sido una decisión fácil, pero sí meditada. El cirujano convive con la muerte, y con ella me voy de la mano”. Antes, pidió piedad al periodismo, y que no se hiciera de aquello un acto de comedia. 29 de julio de 2000, fue un día sábado. Al lunes siguiente, el Doctor Favaloro no hubiera podido dar la cara.

©2019 by Noticias de Ayer