Pesadilla antes de Navidad

Semana difícil para sacar belleza del caos, como decía Cerati, pero no por eso lo vamos a dejar de intentar. El viernes pasado hablábamos de las discusiones que produjo la irrupción del Proyecto Artigas y hacíamos hincapié en la grieta que nos atraviesa hondamente, como puñal en el pecho: no es una grieta que divida al país en dos mitades como una naranja, ni tiene que ver estrictamente con esas dicotomías de peronistas versus anti-peronistas o de campo versus ciudad. Puede que por momentos le veamos esa careta puesta, es cierto, pero acá intentamos pensar más allá de las caretas que se sacan y se ponen. Acá intentamos acercarnos tanto como podamos a lo profundo e inconmovible del asunto, al ancla que está enterrada en un lecho de mar que, por más que nos sumerjamos, casi nunca alcanzamos a tocar con nuestras propias manos. Y ahí estuvo la virtud de esta quijotada que se intentó allá en el Litoral: una vez, al fin, destelló ante nuestros ojos el ancla olvidada de la grieta originaria, de la grieta auténtica.

Esta vez, salieron a poner la cara, y a dar reportajes por tv, personajes que normalmente no tienen ninguna necesidad de exponerse de esa manera, que la ven desde arriba y gozan de sus holgados privilegios sin el señalamiento de una sociedad cuyos miembros optan por pelearse erróneamente entre sí, en lugar de pensarse mejor. ¿Qué es lo que nos muestra todo el tiempo la tv? Pues las falsas grietas: el campo desafiando a la ciudad; gorilas sacadísimos porque no toleran al peronismo en la Rosada. Es una parte de la realidad, ok, pero nos podríamos preguntar por qué estos grupos tan poderosos e influyentes de medios de comunicación le dan tanta rosca a los asuntos del enojo social y de las distancias insalvables entre “la gente común”. Bueno, algo pasa ahí, ¿no? Una de las cosas que pasan es esta: la existencia de un grupo de gente que la sociedad no detecta, que no está en el radar de nadie, que nos pueden pasar por al lado mientras paseamos al perro y no los vamos a reconocer, porque no sabemos qué cara tienen. Así de tranquilos viven, los hombres y las mujeres de cuyos actos y determinaciones depende la dignidad que podamos alcanzar la inmensa mayoría del país. Por mucho que estén manoseadas y desacreditadas algunas palabras como “oligarquía”, son palabras que efectivamente describen a ese sector que convive con nosotros, en el suelo de nuestra patria: son minoría, porque son pocos, pero son mayoría, porque nos oprimen y confunden, usando para esos fines todos los instrumentos que tienen a disposición.

En este par de semanas, mientras los integrantes del Proyecto Artigas lograron permanecer en el campo de los Etchevehere, invitados por Dolores, vimos cómo se desprendieron algunas capas de la cebolla, y cómo no les quedó más remedio a los invisibles que mover el ocote y ubicarse bajo los reflectores de la cosa pública. Algo pasó ahí, que hizo que no les bastaran sus redes de influencias y sus repartijas de poder. De golpe, algo se les atascó. Y quizás ahora su cara me resulte familiar, si me cruzo con alguno mientras salgo a pasear al perro. En la medida que les sigamos arrancando el refugio que les brinda el anonimato, en la medida que se sigan desprendiendo las capas de la cebolla, más cerca estaremos de erigir el Santo Grial de nuestras grietas, la única que vale la pena profundizar para eso de avanzar hacia un espacio de justicia social y de felicidad compartida.

Estamos protagonizando un momento histórico de agendas abiertas y de páginas por escribirse. Si algo de bueno tiene esta crisis pandémica, es el abanico de puertas que parece habernos colocado enfrente. Como cuando Jack se pierde en el bosque, al comienzo de esa brillante película de Burton, The nightmare before Christmas. De alguna manera, es un tiempo muy interesante, y está intacta nuestra chance de subirnos a ese tren. Hay un espacio político que fue puesto a gobernar para conducir las riendas de la sociedad y para producir acciones concretas que nos hagan tender a sentirnos parte de ese lugar más justo. Pero, ese gobierno no agota todo nuestro potencial. Y si me tomé el atrevimiento de escribir durante dos viernes consecutivos sobre los hechos que estuvieron pasando en el campo entrerriano, fue porque percibí que ahí había un claro ejemplo de una sociedad movilizada que lo excede al gobierno y que -¿por qué no?- bien lo puede conducir.

Vislumbro un círculo virtuoso en ese doble comando: un Estado presente, gobernando para que la sociedad toda mejore su calidad de vida, y una sociedad activa, a través de sus organizaciones sociales, culturales, vecinales, territoriales, empujando para lo mismo y marcándole la cancha al gobierno, pero amorosa y propositivamente, y no de otra manera. Hay un montón de caminos por recorrer y un montón de pensamientos para explorar. No temamos a las ideas. Pongamos lo mejor de nosotros en este tiempo que nos convoca. Y tengamos una cosa presente: son poquitos los enemigos del pueblo; algunos van saliendo a la superficie como cucarachas de verano. Tomémoslo con calma, el camino es largo y es hermoso caminarlo.

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