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La persistencia del alma

#Zloto
#CulturaAndina

El viajero se carga al hombro el bolso que le prepararon amorosamente. No tuvo tiempo de revisarlo, pero confía en ellos y está seguro de que nada importante le va a faltar. Echa una miradita más para despedirse, para retenerlos, y entonces sí, alza su mano y emprende la caminata, sabiendo que tiene por delante un largo trecho para andar. 


El martes por la noche intentábamos homenajear, de alguna manera, a quien fuera un pequeño faro para nosotros, en este mar revuelto que es el periodismo. Tuvimos la suerte de que muchas y muchos de ustedes se reflejaran en nuestra mirada, algo que nos hizo sentir bien. El miércoles, vimos un pequeño fragmento de una entrevista que le hacían a Ernesto Tenembaum, quien fuera colega pero fundamentalmente un amigo entrañable de Zloto. Y Ernesto, refiriéndose a su amigo, soltó una frase que quisiéramos recoger: “Es un tipo que, también, enseñó una manera de morir”.


Cuando un aymara conversa sobre el futuro, es probable que acompañe esas palabras señalándose a sus espaldas. Cuando una muchacha aymara relate algo que le ocurrió en el pasado, clavará su mirada hacia el frente y hacia allí apuntará su índice. ¿Qué disparate, no? Bueno, tomémoslo con calma, nos vamos a sobreponer. Ellos, sencillamente, ven la vida diferente. Hablan del pasado como algo que tienen frente a sus ojos, porque lo reconocen, porque ya lo han visto y saben cómo es su rostro. Hablan del futuro como si estuviera detrás, porque todavía no lo han podido observar, porque sigue siendo incierto. En la medida que ese futuro se transforma en presente e inmediatamente se cristaliza en el pasado, deja de estar a nuestras espaldas y se queda para siempre delante nuestro, de manera tal que lo podremos ver. 


La muerte guarece en nuestras espaldas, pero Marcelo Zlotogwiazda ya la está mirando a los ojos. Es parte de su pasado, y ahora el presente se hizo constante para él. La muerte, en las comunidades andinas, es un momento de la vida. Para ellos, se trata del cumplimiento de una etapa, pero nunca es la terminación del ser. No ven fatalidad, en la partida de esa persona que emprendió el viaje: es un momento de dolor y de introspección comunitaria, pero no tiene la carga de la tragedia. 


El alma del difunto tiene por delante una larga caminata, y es por eso que sus seres queridos deben ocuparse de que no le falte nada, al momento de partir. Son ellos quienes mejor han comprendido a esa persona, quienes más han compartido con ella mientras estuvo aquí. Son ellos, entonces, quienes deben procurar tenerle listo el bolso, con todas las provisiones que irá a necesitar. Así, en los ratos de soledad, tendrá un buen libro que releer, mientras que los trances de algarabía, de estar con otros, tampoco lo encontrarán con las manos vacías. Ellos, los andinos, colocan todo cuidadosamente, junto al cuerpo de ese amigo que migró.


La muerte despierta, allí, un sentimiento de acompañamiento y de participación popular. Toda la barriada se compromete en la organización de la despedida. El caminante debe ser celebrado y debe estar bien atendido, porque solo nos morimos una vez en esta vida. Durante tres años, permanecerá aquí, cerquita nuestro, tejiendo relaciones del alma con sus seres queridos que lo extrañan y lo piensan. Luego de ese tiempo, entonces sí, nos sueltan la mano y se marchan de este mundo, rumbo al origen, a la permanencia. Pero las amigas y los amigos que marcharon, jamás serán olvidadas. Cada noviembre se produce un encuentro esperado, con esas almas que quedaron en la lejanía del tiempo, que las podemos observar porque están en el pasado frente a nosotros, pero cuya silueta se empequeñece cada vez. Es una ocasión para volver a celebrar la vida y la muerte en familia, en comunidad, con los niños que no le llegaron a conocer, con los mayores que lo extrañan. Sintiéndonos. Estándonos.


Qué extraño, pensarán. ¿Qué tendrá que ver todo esto, con el recuerdo fresco de Marcelo? Puede que poco, puede que nada. Pero esas palabras de Ernesto, esa manera de decir lo que dijo, hizo que tuviera sentido para nosotros. Marcelo enseñó, quizá, una manera de morir a la que no estamos tan acostumbrados, por vivir sumergidos en una bola de nieve que cobra más fuerza en la medida que se nos pasan los años, y que, cuando nos queremos acordar, detenerla es una tarea ardua. Si vivimos así, ¿por qué habríamos de morir de otra manera? Él eligió tomárselo con calma, hasta donde le fue posible. Tuvo, es cierto, una ventaja significativa: amó su profesión, casi tanto como a esas tres mujeres que le preparaban la valija, y eso seguramente lo ayudó a enderezar la última curva. Y pudo ejercerla hasta el final, con dignidad, como todos hemos visto.


La sala de su velatorio, al menos durante el rato que estuvimos presentes, daba la impresión de esas reuniones comunitarias que se estilan en tierras andinas: mucha juventud, voces alzándose unas sobre otras, sonrisas desenfundadas tiroteándose con las lágrimas, e incluso las lágrimas, serenas, pacientes, amorosas; poco protocolo, poca solemnidad. Las fiestas que construyen en las comunidades para celebrar la partida, tienen un espíritu de esperanza y de realización que excede a la territorialidad temporal. Como dicen allá, “son tiempos propicios, para el inicio de una vida nueva”.


Nuestro viajero miró dulcemente, durante un tiempo, cómo su familia y sus amigos armaban el bolso con sus cosas preferidas. El otro día, finalmente, cerró el cierre, y notó que se parecía a una cicatriz. Entonces sí, alzó su mano y emprendió la caminata. Acá, como siempre, seguimos adelante, con todo el futuro detrás, hasta volvernos a encontrar.