La Patria Baja -o el cero del ascensor-

Criticar o no criticar, esa es la cuestión. O al menos parece serlo por estos días. Los que eligen no criticar acusan a los que critican de debilitar al gobierno, fortaleciendo los músculos del gorila, y los que prefieren criticar acusan a los que no critican de obsecuentes y de que así no vamos a ningún lado. Y entonces de golpe nos encontramos todos embarullados, en una telaraña que no sabemos ni cuándo se empezó a tejer ni quién le dio la puntada final. La sensación, otra vez, es que nos falta sopa. La sensación es que, con casi nada, consiguen que nos tiremos de cabeza a la telaraña, y ahí nos quedamos, pegoteados como pavotes.
 

Alberto Fernández volvió a decir, ayer, en una exclusiva que le dio a Página/12, algo que él y Cristina repitieron incansablemente durante la campaña y después también: “¿Cuál es el problema de que tengamos, en algún punto, una disidencia? El problema es que nos hagan creer que eso hace imposible nuestra convivencia. Cuando nos convencieron de eso, ganó Macri, nunca nos olvidemos”. Pero, hete aquí lo obvio: Alberto y Cristina no pueden andar desanudando todos los nudos que nos hacemos, porque si debieran abocarse a eso, entonces directamente no les quedaría resto para aquello de gobernar y de llevar a buen puerto un país en crisis. Por momentos parece mentira, que haya que decir tantas veces lo que uno cree que es tan obvio.

¿Nos dimos cuenta, acaso, del despelote que se armó a raíz de que Cristina retweeteó -espero haberlo escrito bien- una nota? Tropas del campo popular desencajadas, buscando tener razón a como dé lugar, tropezando torpemente y derrumbándose en un nivel de inorganicidad que a mí, al menos, me intriga, por no decir que me preocupa. Nos falta sopa che, pero no para hacernos más fuertes sino para agudizar nuestros reflejos y ser más astutos en la arena política. No hace falta tener el lomo de Bonavena, alcanzaría quizá con ser un poco más como Locche. Y tener reflejos implica, entre otras cosas, no saltar como leche hervida frente a algo que no nos termina de convencer. Porque eso quiere decir, ni más ni menos, que nos tiramos de cabeza a la telaraña, sin que nadie nos empuje. De onda nomás, porque somos copados. Es un tiempo deforme y la política no está exenta de deformidad: entiendo que es exasperante que nos falte el cara a cara, y no poder poner el cuerpo en la calle como hacíamos siempre. Lo entiendo.

Lo que digo es que no nos encaprichemos con una foto. Sentémonos a mirar la película con un poco más de serenidad y dejemos correr el carretel. Una foto es eso, un momento, que no le altera la vida a nadie y que quizás era importante para sentar las bases de algo que vendrá después y que no somos capaces de advertir, porque, por más suspicaces que pretendamos ser, no tenemos aquí abajo la información de todo lo que ocurre en los pisos superiores. En el juego democrático, tal como lo concebimos, elegimos personas cuyas ideas políticas nos representan e inspiran confianza, y luego está en nosotros revalidar esas esperanzas que depositamos en la urna. Yo sugiero, para eso, mirar la película completa, porque solo así podremos saber qué tal lo hacen, aquellos que nosotros mismos hemos puesto a rodar. Si nos fuéramos de casa a la primera discusión que tenemos con nuestra pareja, bueno, no me sería difícil predecir que acabaríamos volviéndonos locos. Armar las valijas y mandarse a mudar de sopetón, no creo que sea un gran plan para nadie. Lo que no termino de entender, es por qué no podemos actuar con un poco más de mesura cuando se trata de política, y siendo que tenemos por delante tres años más -esperemos que sin pandemias- de un gobierno que hemos elegido.

Habrá que hablar de economía, por supuesto. Habrá que debatir mucho, en términos cordiales por momentos e imponiendo condiciones cuando toque: por supuesto que sí. De ese debate seremos parte sectores y expresiones muy diversos de nuestra sociedad, y eso también va a ser interesante, porque significa que ahí estamos, en la película. No se nos verá el rostro, porque ninguno de nosotros es un actor estelar, pero se nos vislumbrará como pueblo y se nos tendrá en cuenta como factor de poder. Y es interesante porque quiere decir, además, que estos tipos y minas que pusimos en el gobierno mantienen conversaciones en los pisos más encumbrados, con gente que andá a saber, pero que cuando acaba la reunión vienen a ver cómo andamos, acá por la patria baja. Las reuniones son arriba, está claro, porque por ahora no tenemos la perspectiva de organizarnos en soviets, pero ahí entra a jugar la confianza o no que cada uno elige revalidar: yo confío en que ahí arriba, se está hablando de acá abajo.

No nos olvidemos que venimos de ser gobernados por energúmenos que nunca en su vida apretaron el cero en el ascensor, y que todo lo que hicieron fue repartir fichas en el casino clandestino que instalaron en lo más alto, mientras que acá abajo nos la ingeniábamos para no sacarnos los ojos entre hermanos. Ya no hay maquinitas ahí arriba. Ahora hay una mesa y sillas alrededor. Y nadie sube a timbear. Esos personajes, ahora sudan un poco, cuando se les cierra el ascensor. Miran el reloj, se arreglan el nudo de la corbata. Saben que están a punto de sentarse a hablar de política y que lo único que está en juego es la realidad de nuestra gente.

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