Papá Noel, dos puntos

#FelizNavidad

Estábamos de los viejos y de golpe mi hermana me muestra un sobre, poniendo una sonrisa cómplice que yo le respondí sin saber de qué se trataba. Supuse que era algo relacionado con ese señor que existe hasta cierta edad y que no tiene SUBE porque anda en renos. Ese que determina cómo se anduvo portando cada niñe, y de acuerdo a eso dispone su regalo. El sobre estaba hecho a mano y cuidadosamente pegado con cinta scotch; adentro, una carta dirigida al mencionado. El papel, según sospecho, era un recorte -¿postal?- de alguna revista infantil: había un ángel dibujado y un espacio para que uno escribiese su pedido. 

 

Enseguida descubrí que era mía, por la letra torcida y porque... tenía mi nombre como remitente. No me recordaba escribiéndola, pero calculé que tendría unos siete u ocho años. Igual, la edad pasó a segundo plano cuando leí que el pibe no le pedía juguetes sino un par de zapatillas. Y ahí me salió el chiste fácil, para encubrir el nudo que asomaba en la garganta. Miré las que llevaba puestas, remendadas con una llanta de bicicleta que hace de plantilla para tapar el agujero inevitable de tanto andar; unas que me acompañan desde un viaje de mochilero a Bolivia, hace seis años. “Todavía las sigo esperando”, bromeé.

 

¿Qué se le cruzaría por la cabeza a ese pibe?, pensaba. Y pensaba, también, que ese mismo día, cuando escribí mi cartita, en ese mismo barrio popular, en esa provincia y también en el país, se escribían un montón de ilusiones que estaban cortadas con la misma tijera. Y que hoy se siguen escribiendo. Incluso los chicos que no pueden hacer una cartita, tienen adentro las mismas ilusiones.

 

Y pienso, qué habrá sido de la vida de todos esos pibes que atravesaron la misma ilusión y que vaya uno a saber qué camino eligieron. O, mejor dicho, cuál fue el camino que pudieron andar. Hay una historia muy conocida en mi barrio: un pibe que le decían “Pelusa” y que le pegaba de zurda a la pelota. Lo hacía muy bien. Un día, alguien le preguntó cuál era su primer sueño, y él respondió que quería jugar un mundial con la selección. El segundo sueño, claro, era ganarlo. Era un pibito, pero su camino estaba marcado. Él mostró al mundo que la superación no tiene techo. Pero, en el barrio, son pocos los tocados por la varita mágica. Al resto nadie nos viene a preguntar cuál es nuestro sueño. 

 

No se trata de meritocracia ni de tener un don. Se trata de oportunidades, de contenciones. Familiares, barriales, estatales. Las que sean, pero contenciones al fin. Luego discutimos si son verdes o celestes, si con cruces o con panes. 

 

Más de veinte años después, ese nene que escribió una carta a Papá Noel pidiéndole un par de zapatillas sigue apostando a una salida por la puerta de la justicia social, de la economía solidaria, de la educación pública. Muchos dicen que esa puerta no lleva a ningún lugar. Pero yo aprendí que sí. Lo aprendí a fuerza de cachetazos, de lluvias e inundaciones, de eternos viajes en colectivo, de noches sin luz, de vacaciones en el fondo de casa, de pan con picadillo, de matecocido y guardapolvo blanco, de arena de la construcción, de olor a zanja y caucho quemado, de moscas en perro muerto, de la feria los domingos, el megáfono pidiendo chatarra, la sirena de la policía. 

 

Mucho tiempo me costó diferenciar la realidad puertas afuera de la realidad televisada. Al final la cacé, pero entonces me costó entender la realidad, a secas. Y es que la realidad no se entiende: se acepta y se transita. Hoy entiendo que mi realidad es todo lo que está al alcance de mis manos. Si puedo tocarla, entonces esa es mi realidad. Si alcanzo a tocarte, vos sos mi realidad. Y sí, a vos tal vez pueda cambiarte, o al menos nos podemos armar un cóctel de realidades. 

 

A veces, el acto más revolucionario que tiene a mano alguien que nació en un barrio como el mío, es depositar un sobre en una urna año por medio. Si es que puede. Y ese sobre en la urna es la cartita a Papá Noel, con la diferencia de que las ilusiones se ponen en personas de carne y hueso. Y esas personas de carne y hueso, tendrán el deber de acompañar y de proteger a nuestros niños y niñas, para que tengan las zapatillas puestas, la panza llena, los pies sobre la tierra, y para que sus ilusiones puedan volar un poco más alto, como barrilete en el fondo de casa.

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