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Orilla negra

Por primera vez en mi vida veo el interior de un celular de la Policía, dejando de lado las películas de acción y alguna que otra serie de Netflix. Es decir, en la realidad, es la primera vez. No estoy adentro, no soy yo el detenido. Estoy sentado en el sillón de mi casa y en eso me llega un videíto que con el pasar de los minutos circularía rápidamente por los ríos de WhatsApp. El que está en el medio de dos trabajadores africanos, esposado como ellos, es Juan Grabois, dirigente social y referente de la CTEP que en los últimos tiempos ha tomado trascendencia política. Fueron convidados al banquete algunos trabajadores más y un par de referentes que también cayeron en la volteada. Pero es Juan el que habla, mientras otro de los detenidos se las ingenia para filmarlo con el celular: “El nivel de arbitrariedad del gobierno ha llegado a un grado que es intolerable. Un grupo de jóvenes había ido a defender a los trabajadores de la vía pública, vendedores ambulantes que están tratando de ganarse el pan a partir de su propio trabajo, de su propio esfuerzo, en este contexto de una terrible crisis económica”. Expresa sus palabras con algo de apuro, para que el testimonio pudiera empezar a rodar cuanto antes, y en eso la camioneta de la Policía llega a su destino: un efectivo abre la compuerta trasera y hace bajar a los detenidos. 

Al rato, una multitud de gente se agolpaba en la entrada de la Comisaría, indiferente frente a la tormenta que estaba a punto de desatarse sobre la ciudad. Carlos Álvarez es compañero y referente de la Agrupacion Xango, un colectivo militante de Buenos Aires que trabaja para que se respeten los Derechos Humanos de los afrodescendientes en particular, y de la comunidad en general. En diálogo con Noticias de Ayer, saludó la celeridad que tuvo el reclamo, a través de las redes sociales y con el cuerpo en el asfalto, frente a la Comisaría, pero, al mismo tiempo, hizo un llamado para que esta reacción del campo popular sea constante, incluso cuando entre los detenidos no figuren dirigentes. “Es preciso que hagamos una crítica -dice Carlos-, porque para nosotres es fundamental el acompañamiento de los compañeros y las compañeras del campo trabajador y de todas sus expresiones sindicales. Esto que ocurrió no fue tan distinto a otros hechos de violencia sistemática de parte de la Policía, y sin embargo nunca habíamos tenido este grado tan alto de solidaridad”. El de Carlos no es un mensaje de resentimiento social ni de recelo frente a esos dirigentes que estuvieron ahí, poniendo el pecho, y que cayeron detenidos junto a ellos. Al contrario: es un mensaje de unión, y el intento de que permanezcamos más alertas de aquí en adelante, para que esta clase de atropello estatal sea cada vez más resistida y menos naturalizada.

“Personalmente -prosigue Grabois en la filmación desde el celular (en sus dos acepciones)- me había hecho presente para ejercer mi rol como abogado, y fui detenido de manera arbitraria, con insultos y golpes de parte de la Policía. Hemos sido hostigados, incluso, por nuestra pertenencia política y organizativa”. Recordemos que la CTEP es la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, la organización gremial que se han dado aquellos trabajadores que quedaron al margen del mercado oficial, y que resisten con las herramientas que tienen para lograr una vida con parámetros de dignidad. 

Pero el nivel sostenido de persecución y hostigamiento de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires no es patrimonio exclusivo de los trabajadores senegaleses, que han llegado a esta tierra al cabo de una larga travesía y cuyo profundo sentir probablemente no lleguemos a comprender jamás, ni ustedes que están leyendo ni este que escribe la crónica. Sí podemos presumir, dicho de manera ligera, que el abandono involuntario de la tierra de uno debe ser un dolor difícil de revertir, y que no es justo que allí donde acaban su viaje los migrantes, no sean recibidos con amor y compañerismo. Sucede que se entrecruzan tantas problemáticas, tanto mal vivir, que la mera aceptación del otro acaba siendo una quimera. Cuando la cuestión migratoria se monta sobre la cuestión clasista, y cuando la cuestión clasista intercede en la cuestión de género, tenemos que habitamos un lugar híper complejo, y que para qué vamos a intentar cambiar algo si total este nudo no hay marinero que lo pueda desatar. Como todo: desde abajo es muy difícil. Se me viene a la cabeza uno de los testimonios que recogimos cuando hicimos el informe sobre la corrupción, que decía que la única manera de salir de este lío era con alguien organizándonos desde arriba, dando señales claras, haciéndonos creer que como sociedad podemos llegar a buen puerto. Pero entonces el debate de los personalismos, el populismo, los liderazgos, y blablablá. Atasque mental.

A lo que iba: viste que muchas veces la gente no termina de entender para qué carajo sirve el Estado. Bueno, por lo pronto, si se lo habitara con intenciones de producir política, debería servir para abordar esa clase de problemáticas que excede a las buenas intenciones y a la capacidad resolutiva que puede tener un sector de la sociedad civil. Pero el problema se vuelve problemón cuando el Estado no solo no demuestra interés por producir políticas que afronten los tironeos propios de toda comunidad, sino que, además, se declara represivo y utiliza la fuerza para doblegar al pueblo. Párrafo atrás, decía que el hostigamiento de la Policía creada por Rodríguez Larreta no se limita a los trabajadores africanos: abraza también a les argentines que, habiéndose caído de un mercado laboral en decadencia y no pudiéndose incorporar, ocupan un pequeño espacio de la vía pública para ofrecer a los caminantes verduras, frutas o sánguches caseros que ellos mismos elaboran. Hemos visto, en los últimos tiempos, cómo los efectivos de las fuerzas de seguridad les roban la mercadería con total impunidad, bajo un modus operandi que llaman “decomiso” o “confiscación”. Son ladrones, rateros, estafadores, vestidos con la ropa de ese Estado que no sabemos bien para qué sirve.

Pero, una buena parte del desconcierto popular, a propósito del rol del Estado, habría que buscarla en la falta de criterio reinante, incluso cuando hablamos de hechos represivos. El miércoles por la mañana, la UTT (Unión de Trabajadores de la Tierra) volvió a montar una feria frente a la Casa Rosada para vender sus productos a precio de costo: en la calle y sin intermediarios. Una acción de protesta como tantas que vienen llevando a cabo los productores. Y ahí, sin embargo, ni pintó la Policía a decomisarles las cosas. Ni la Policía ni los pavos esos con pecherita del PRO que aparecen cada tanto, con planillita y lentes de sol. Entonces, me pongo en el lugar de les viejes chotes que quieren reparto de palos para todos y todas, y pienso que ni siquiera ellos deben entender: ¿Por qué unas veces sí y otras veces no? ¿Cómo es la cosa?

Ayer, precisamente, publicamos una nota expresando nuestro repudio a un acto de censura que sufrió Nacho Levy, el compañero de La Poderosa, cuyo perfil de Facebook curiosamente dejó de estar disponible. Advertíamos, allí, que eso estaba íntimamente relacionado con la inminente sentencia que condenará a los seis prefectos partícipes de los graves hechos de torturas que dos jóvenes de la Villa 21-24 sufrieran un año atrás. De eso hablamos, cuando decimos que la cuestión racista se entremezcla con la cuestión clasista, y que la brutalidad policial no parece tener reparos a la hora de discernir entre negros y pobres. Es como si me dieras a elegir a mí entre un asado y una milanesa con papas fritas: le entro a los dos.

Se ha venido dando, en este último tiempo, el ingreso al país de una camada importante de ciudadanos venezolanos, que, apremiados por la difícil situación que atraviesa su patria, decidieron marchar. No se perciben, en embargo, los niveles de malestar social ni las reacciones temerosas que sí generan los compatriotas de Bolivia o el Perú. Tampoco dá la impresión de que la Policía se agarre con ellos los enojos que sí tienen, evidentemente, con los trabajadores senegaleses, y que exceden el hecho de que sean vendedores ambulantes, dado que varias organizaciones, entre ellas Xangó, han venido denunciando sistemáticamente los allanamientos ilegales que los efectivos de las fuerzas realizan en sus viviendas, porque sí, sin ninguna clase de justificativo: les patean la puerta, ingresan, les roban, si hay alguna mujer probablemente la toquetean un poco, y se van. Esto se conoce en todo el mundo como “abuso de autoridad”, y tiene que ver con burlarse descaradamente de personas que están a la buena de dios, sin ningún artilugio para defenderse de situaciones así. Hay una doble moral que nubla los pensamientos de una buena parte de la sociedad, y que actúa indecentemente desde las instituciones que debieran velar por la paz social.

“Muchos de esos chicos -explica Carlos- son técnicos en informática, tienen estudios universitarios en su haber y hablan varios idiomas, sin embargo, este sistema racista no les dá la oportunidad de acceder a un empleo acorde a sus conocimientos”. Entonces trabajan para comer y para solventar la pieza que alquilan, y si les sobra algo de dinero, esos meses que no los allana nadie, lo envían a sus familias. 

Hostigar a trabajadores africanos y latinoamericanos, como si fuéramos Luxemburgo, es la decisión política de un gobierno que soltó el bozal de sus fieras para amansar a perros que no saben ni gruñir. Son jaurías de rottweilers haciéndole bullying a una manada de mestizos que andan juntos para sobrevivir y que lo único que quieren es pasar desapercibidos. Una manada de perros que antes fue bandada de gaviotas, cruzando la inmensidad del océano sin saber qué habría del otro lado. Y lo que encontraron no es bueno. Lo que hay en esta orilla no se parece al amor.

The weaning of furniture nutrition, Salvador Dalí