Orgullo

“No nos tenemos que comer la curva del talento”, dice. “¿Qué es el talento?”, pregunta. Guille tiene tantas preguntas como conejos la galera, y se pone combativo con esas fábulas que fomentan la inmovilidad y sofocan el fuego que cada uno tiene adentro. “¿Agarrar una guitarra y escribir una canción es talento? Viajar, conocer, leer, charlar, presentarse, ¿es talento? ¡Todo eso es práctica! Y ahí está, la trayectoria: en hacer cosas y trabajar para que perduren. Lo único que te marca que estás en sintonía con tu deseo es que las sigas haciendo”.

 

No perder de vista la huella propia. Eso le parece importante. A ver, está claro que somos bichos de andar acompañados y que la mayoría de nuestras experiencias vitales precisan otros latidos. Lo que dice Guillermo es que, en alguna parte, hay un pasillo solitario y tan personal como la sangre, y que ahí tenemos que hacernos cargo de esta búsqueda que uno construye, y de los deseos que se nos van hilvanando, como collar de artesano.

 

“¿Sabés qué tenemos que agradecer?”, suelta otra pregunta y la sostiene en el aire como buen barriletero. Poco quedaba de la pizza que nos habíamos encargado y Cami seguía buscando rincones del departamento para guardar en una foto. Lo que cree que tenemos que agradecer, es que tenemos la chance de meter un montón de cosas en la licuadora, de mezclar todo eso y hacernos un trago. No te preocupes, que ahora lo dice con subtítulos: “Tenemos que agradecer que nos vemos enteros. Que no nos vemos fragmentados. Hay mucha gente que no puede, porque se ve constantemente en un espejo roto. Y a ese muchacho, o a esa muchacha, es muy difícil sacarlos de su propia fragmentación”.

 

Por su oficio, sabe que ciertas quietudes lastiman, porque son indeseadas. No es la inmovilidad feliz de uno que se empachó de narcisismo. Es el cemento que coaguló en tus pies y no te deja fugar. Es angustia alojada en tu cuerpo inerte. Algo de eso canta Guillermo en una de las canciones más a flor de piel que escribió en épocas de AVE, su vieja banda de rock. Un abismo salvaje abriéndose al final de la última estrofa y el grito del cantante que es como una frenada a destiempo: “¡Si tu paraíso es hoy!”. A veces llegamos tarde a algunas citas importantes: lo sabe por su oficio, sí, pero más lo sabe porque él también se demoró.

 

Hablábamos de su sobrina, que durante un momento de espejo roto le ayudó a juntar algunos pedacitos que andaban tirados por ahí y que él no estaba pudiendo encontrar. Ahora Guille ya es padre y tiene otra autoridad para ponerle palabras al despojo y la blancura de los chiquitos, a veces tan “asombrosa, contagiosa y sanadora”. Hablábamos de ese tiempo, cuando descubrió sin querer las cosas lindas que María Elena Walsh le susurraba a su sobrina, desde lo más hondo de sus canciones, como la miel que se queda pegada en el fondo del frasco.

 

Juan, uno de sus compañeros en la banda que tuvo, sabe que Guillermo es un apasionado de las cosas que hace y dice que tiene todas las de ganar. Pero acá nadie habla de triunfos afamados, desmesurados, consumidos. Más bien nos interesa otra cosa: los éxitos construidos y compartidos, esos ríos de sangre que andan por los pasillos de uno y que se comunican todo el tiempo con el latido de la gente que tenemos cerca. El guitarrista de AVE sabe mejor que nadie que el flaco cazaba el micrófono y le ponía la misma intensidad, hubiera en ese lugar tres personas o trescientas. Y celebra la actitud.

 

El cantante recoge el guante: “Mirá. Me acuerdo de una vez que nos invitaron a tocar después de una obra de teatro. Éramos como diez músicos: llevamos percu, guitarras, teclado, cajón peruano. Termina la obra y nosotros empezamos a armar. La gente se empieza a ir. Cuando me doy vuelta no quedaba nadie, nada más un par de pibes que habían organizado la movida”.

-   ¿Y qué hiciste?

-   Tocamos.

-   ¿Y qué sentiste?

-   Orgullo.

©2019 by Noticias de Ayer