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No vuelven más

#PeronismoReflexivo
#PeronismoParaTodes

Era Semana Santa, y a falta de cosas mejores nos fuimos a pasear a la Reserva Ecológica. No puedo dar nuestros nombres, porque somos tres personas importantes y necesitamos cultivar el perfil bajo, pero a mis acompañantes los podrán reconocer en el texto como “la de 30” y “el de 40”. Yo seré “el del medio”. Llegamos a Puerto Madero pasadas las 13. Tiramos el auto en una de esas avenidas que se entretejen con el parque y la feria y encaramos derechito para los carros de la costanera. Primero pensamos en llevarnos los sánguches de bondiola para entrarles más tarde, en la costita del fondo, pero cuando vimos la hora nos acordamos de que teníamos hambre y ahí nomás cambiamos el plan.


En Semana Santa, el sol pegó bastante en Buenos Aires. Después de morfar, cargamos el termo con agua fría y enfilamos para adentro. El acceso estaba lleno de gente pero la cosa se empezó a apaciguar apenas tomamos el camino de la diestra. “Paseo costero”, rezaba el cartel, y nos echamos a andar tranquilos; pero no habíamos hecho ni cien metros cuando se nos abrió un abanico de caminos que no estaba en nuestros planes. Nos paramos un toque y nos dedicamos una levantada de cejas, como si tuviéramos el as de espadas o como si nos hubiéramos perdido. Pero, ¿cuánto te podés llegar a perder en la Reserva Ecológica? No mucho. Sin mediar palabra, retomamos la marcha por el andarivel del fondo.


Ahí nomás, el de 40 nos empieza a contar sobre un sueño que había tenido un amigo suyo y que más bien se parecía a una epifanía. Había un cura, había una ceremonia, había una suerte de renacimiento, y todo eso tenía que ver con el peronismo. La Verdad Justicialista irrumpió con inusual claridad en los sueños de este compañero, que una vez despierto no tuvo más remedio que despojarse de sus artimañas lingüísticas y entregarse manso al fervor popular. Un bautismo político y narrativo lo había partido en dos.


La redención del General nos cubría como una arboleda de los rayos del sol, que se había colocado encima nuestro y tiraba munición gruesa. No recuerdo cómo, pero lo cierto es que la de 30 aprovechó la fuerza de la anécdota para pelar ahí nomás el peronómetro y recriminarme a mí, el del medio, un supuesto desmedido apego por la izquierda. De golpe, me corrieron la arboleda y el sol canalla se me vino encima. No era digno, al parecer, de aquella sombra blanda y reparadora. Imposible ensayar una defensa frente a tremenda acusación. Imposible descolgarte esa cruz, seas culpable o inocente, una vez que la fiscal de los descamisados te cayó con todo el peso de su dedo inquisidor. Cualquier cosa que dijera, una vez que los cargos habían sido presentados, sería indefectiblemente usada en mi contra. Digerí en silencio el golpe al mentón que me habían propinado, y seguí caminando sin mis fueros.


Charlé varias veces con la de 30 y le expresé cuál es mi postura: yo me reivindico peronista, en principio, porque siento la necesidad de pararme en la vereda del pueblo y no en cualquier baldosa floja. Desde ahí, siempre habrá tela para cortar y camino por recorrer. Pero desde ahí. A esta altura del partido, no creo que nadie se haga peronista por una cuestión meramente doctrinaria. No creo que la tercera posición tenga un rol estelar en la cabeza de los pibes y las pibas que, entrado el Siglo XXI, siguen aferrándose a este camino intrincado pero reivindicativo de la clase trabajadora argenta. Luego, claro, es necesario pensar qué es políticamente el peronismo, y tratar de interpretarlo de la mejor manera posible, como ese movimiento que nos convoca. Qué es el peronismo ahora, en este escenario de crisis social y cultural. Qué era el peronismo hace diez años y en qué se transformará cuando pisemos el 2030. Porque, lo único que tenemos aprendido, es que hay peronismo después de la muerte.


Y ese peronismo perenne andaba a los gritos el sábado por la mañana en todos los grupos de WhatsApp. Abrimos un ojo y no entendimos nada. Salimos de la cama y mientras veíamos el anuncio de la compañera Cristina tratábamos de ir recogiendo los pedazos de las ideas que se nos habían desparramado por el suelo. Un par de mates después, ya estábamos convencides, sin importar que el gorilismo erudito nos cuelgue el cartel de dóciles, imberbes, o de cualquier otro adjetivo que nos quiera endilgar.

Lo que exponía la de 30, cuando me corrió la alfombra de la justicia social durante la caminata por la Reserva Ecológica, es que yo no canto la marcha. Una puñalada trapera que me mandó sin escalas al infierno de los tibios. Y es cierto, en parte. No canto la marcha, a menos que esté completamente seguro de que estamos entre compañeros y compañeras. Si no, no la canto, porque entiendo que a un montón de gente le irrita la marcha y que eso, a la larga, nos perjudica. No canto la marcha porque pienso que está en nuestras manos construir un peronismo inteligente, sin tanta alharaca, que se meta de verdad en la sangre del pueblo y que perdure en el tiempo, burlándose de cualquier intento de grieta absurda. Listo, ¿satisfeches? Cocínenme ustedes también en la hoguera, crueles lectores. Pónganse nomás de parte de esta treintañera despiadada, que me sepulta con paladas de tierra compañera. Yo sigo convencido de lo que pienso.

El otro día, los compatriotas de La Batalla Cultural publicaron un artículo que celebraba la irrupción de Alberto Fernández como un candidato de aspecto moderado, que habla con moderación y que impregnará de la misma sustancia a todes quienes le rodeen. “Lo que los medios de difusión ya no van a tener es la imagen del adolescente fanático trepado del alambrado y jurando su amor a la candidata; no tendrán esa imagen de la mística kirchnerista que se utilizó hasta aquí para espantar al sentido común”, describía la nota. Es interesante leer la realidad con anteojos peronistas. Y lo que se puede leer es que se viene un momento histórico que nos demandará inteligencia para volver a ocupar el centro, ya ni siquiera la izquierda. El país está incendiado y nosotres tenemos que recuperar la mitad de la cancha del escenario político, para repartir mejor el juego, para volver a tirar paredes con los que tienen puesta la misma camiseta. Por eso Alberto Fernández como abanderado y Cristina escoltándolo.


Hojaldre, como diría mi amigo Rodrigo, que con “moderación” nos referimos a un manejo prolijo del tiempo político y a esa lectura templada de la realidad, y no a que tengamos que andar haciéndonos amigos por doquier. La política toca nervios e intereses: algunos gobiernos ponen más nerviosos los laburantes, y otros a los que viven a expensas del laburo ajeno. Se viene un río revuelto y si vamos a hablar de ideología va a tener que ser sobre la marcha, sin soltar los remos.


¿Se acuerdan cómo nos rompían las pelotas y los ovarios, pidiéndonos autocrítica? Bueno, acá está la autocrítica. Nos vamos a mesurar, vamos a hilar fino y a procurar ser cada vez menos giles. Después, nos vamos a acomodar en nuestras butacas y vamos a guardar silencio para disfrutar de la obra, cuando sean ellos quienes tengan que rendirle cuentas a la sociedad -me recomendaron que la vaya a ver, parece que está buenísima-. Y quién te dice que en los albores del ‘30, con otra generación de pibes en el bolsillo, podamos cantar la marcha en la calle y en los teatros, sin andar fijándonos tanto en lo que pasa alrededor.