Mujeres, raza y clase

*Un texto de Valentina Cavalotti Velasco

Este libro de Angela Davis me tomó decididamente mucho más tiempo del que esperaba. Enseguida me di cuenta que atrás habían quedado esos días en que leía libros de historia de un tirón, con la misma voracidad que si fueran de ficción. Un poco ya lo sabía: tras dos años quemándome las pestañas en la UBA, y otros dos casi sin leer en la UNA, mi ritmo de lectura se alteró. Ahora resulta que un libro de 240 páginas puede llevarme dos meses, algo que era inaudito para mí. 

Lo primero que me enseñó este libro, es que demorar mucho en leer algo no es parámetro de cuán interesante sea ni de cuánto te guste. Lo que me pasó, durante el proceso de lectura, fue que cada cinco páginas debía detenerme, para ponerme a pensar. No porque no entendiera lo que se me estaba diciendo, sino porque lo entendía y me volaba un poco la cabeza, y entonces sentía la necesidad de mandar audios a algune amigue, compartiéndole lo que acababa de leer y lo que me estaba pasando con eso.

Me llevé una sorpresa, cuando me enteré de que la autora es miembro del Partido Comunista. Me sorprendió porque este libro está bastante arriba, en el mainstream de las lecturas feministas. El título aparece, por ejemplo, entre las recomendaciones de Clarín y La Nación. Dejo para los sociólogos, el que un libro escrito por una comunista en los Estados Unidos de los ochenta haya alcanzado estos niveles de popularidad. Alguna anomalía debe haber ahí. Personalmente, me resultó refrescante leer un libro cuya bajada política esté bien explicitada desde el principio. La investigación de Angela es profunda, y ella le aporta claridad a la hora de dar cuenta de sucesos históricos complejos. Luego, lo que me pasó fue que pude separar fácilmente la propuesta política de la autora, para hacer frente a los problemas planteados, de los hechos históricos y sus relaciones. No estuve de acuerdo, incluso, con algunas de sus interpretaciones, y noté que esa disidencia fue posible gracias a que su presentación de los hechos no estaba tan impregnada de su visión política. 

Lejos de mí destacar la “objetividad” de la autora: qué cosa aburrida será esa. Su subjetividad y la mía, en todo caso, se han alineado en muchos pasajes de la obra. Lo que hay es un contrapunto con la subjetividad que reinaba entonces en el ámbito académico, la del hombre blanco cis heterosexual, y eso queda claro desde el comienzo mismo del libro. Fue ese sujeto el encargado de analizar, por ejemplo, las estructuras familiares de los esclavos africanos en suelo estadounidense, durante los 200 años aproximados que aborda el libro. Angela hace historiografía y deja al descubierto algo que entonces se nos aparece muy claro, y que espero que les haga tanto ruido como a mí. Se ha dicho, sobre la mujer esclava, lo que los historiadores decidieron decir, a la vez que afirmaban la existencia de una sociedad matriarcal. Nadie contó jamás en qué consistían los días de estas mujeres ni qué rol tuvieron en la lucha antiesclavista. Y entonces Angela Davis hizo su mejor esfuerzo para rellenar esos baches tan profundos de la historia. Esta mujer de descendencia afroamericana ofreció su punto de vista, sobre lo que solo había sido materia de interpretación de historiadores hombres, con un tinte tan alevosamente sexista, racista y clasista. 

El libro avanza y no solo habla de la mujer negra esclava, sino también de la mujer blanca y de la relación entre ambas. Emergen las diferencias entre la lucha de las mujeres obreras, la lucha de las mujeres blancas burguesas y la de las mujeres negras de ambos estratos sociales. Esclarecedora, Angela escribe sobre los movimientos antiesclavistas, el movimiento sufragista, la lucha por el acceso a la educación en el seno de los distintos grupos, el movimiento que había en los clubes -con un peso político decisivo-, los derechos del trabajador, la irrupción del comunismo, la lucha por los derechos reproductivos y los reclamos en torno del trabajo doméstico. Todo esto, desde un lente que entiende la globalidad del racismo, la estructura de clases y el lugar de la mujer en la sociedad. 

Hubo un momento eureka -no porque haya descubierto nada nuevo, sino porque me resultó revelador-. Fue más bien sutil, pero me gustaría destacarlo: tiene que ver con la distancia entre la imagen que nos hacemos -al menos la que yo me hacía- del icono de la mujer feminista en la historia, esa mujer sufragista, educada, que protesta por derechos abstractos para las mayorías, y la que realmente fue: la mujer obrera. Un dato que me ayudó a comprenderlo, fue que el día internacional de la mujer se llamó originalmente “día de la mujer trabajadora”, a raíz del movimiento obrero enmarcado en el movimiento por los derechos de las mujeres. Aquel día fue consagrado en 1910, durante la 2ª Conferencia Internacional de las Mujeres Socialistas, una reunión de mujeres de más de 17 países que se celebró en Dinamarca. La historia a la que se asocia el día, el incendio en una fábrica de Nueva York donde fallecieron 123 trabajadoras y 23 trabajadores, representa el dramático momento en

que el movimiento obrero de las mujeres se integró al movimiento sufragista.

 

Y ahí está ese detallecito que me habían omitido los libros de historia: el movimiento de las mujeres obreras estuvo escindido, hasta entonces, del movimiento sufragista, que representaba a una porción de la sociedad que no se interesaba por los derechos laborales de las mujeres. Se sostenía sobre preceptos racistas, pues afirmaba que sería el voto de la mujer blanca el factor que mantendría viva la supremacía racial, y que así se evitaría el avance del hombre negro, que ya había conseguido su derecho al voto algunos años atrás. Eran grupos de mujeres que reproducían los ideales sexistas de una feminidad equivalente a la maternidad, en el marco de una revolución industrial que se estaba profundizando y le exigía a la mujer ocupar ese lugar. Esta sociedad industrial en ascenso suponía la construcción cultural de un mercado de trabajo que las excluía, a diferencia de lo que ocurría, por ejemplo, en la ruralidad previa al proceso capitalista, cuando la mujer tenía un rol protagónico a la par del hombre, tanto en la producción agropecuaria como en la vida cotidiana. La clase trabajadora de mujeres sostenía, desde luego, otros reclamos: eran las inmigrantes que conformaban un porcentaje muy alto de la fuerza de trabajo, exigiendo su derecho a existir fuera del ámbito privado y a trabajar con dignidad.

Los grupos sufragistas seguían sin prestar atención a las problemáticas de clase sufridas por las mujeres obreras. Declamaban que una vez conquistado el derecho al voto serían automáticamente iguales que sus compatriotas varones. Fue así que la masa de las mujeres obreras no participó del movimiento por el voto femenino, hasta tanto no fuera reconocida la necesidad de generar poder político real, para saldar las profundas desigualdades de la época: condiciones de trabajo adecuadas, salario mínimo regulado y jornadas de trabajo controladas. 

Del día de la mujer trabajadora, pasamos al día internacional de la mujer, a secas, y me tomó todo este tiempo venir a enterarme que se había tratado de un triunfo de la lucha por los derechos del trabajador: una lucha interseccional que no fue retomada hasta muchísimos años después, con libros como éste como estandartes, atreviéndose a rescatar la complejidad de aquellos movimientos, aclarando y repensando la superposición de las distintas identidades que formaron parte de ese tiempo. Un libro hermoso, por cierto, que me ayudó a construir un entendimiento más amplio sobre las problemáticas de la mujer, a bordo de una visión histórica decididamente esclarecedora.

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