Mucho país

#DescomprimirParte03

Pensadores, académicos, fuerzas políticas, movimientos sociales, y otras formas de participación que aquí nos gustan menos, discuten el día después. No hablamos de la pastillita, sino de cuando acabe esta triste experiencia humana que nos toca atravesar. Y entre el griterío, apareció un libro digital, “El futuro después del COVID-19”: a lo largo de sus 200 páginas se reflexiona sobre cómo reconstruir el país, después de este segundo round de tierra arrasada.

El asesor presidencial, Alejandro Grimson, expresó que, entre las cinco desigualdades estructurales de la Argentina, está la territorial-poblacional, y que ahí se explica por qué una enorme porción del país avanzó hacia la fase 4 de esta cuarentena, mientras otros tantos nos quedamos varados en el casillero anterior.

Puede que esta discusión sea paja intelectual para muchos, si se la coloca junto al debate de los DNI y las salidas de esparcimiento, los impactos de la flexibilización porteña en el conurbano, el retorno de las grúas de acarreo y la diferencia entre abrir una fábrica que va a buscar a sus laburantes, que les toma la fiebre y les asigna un kit sanitario, y abrir un bazar chino que el Estado ni puta idea tiene de quiénes son. Pero, no es paja intelectual. Y realmente no lo es. Retomamos la columna de Grabois, hombre de grandes ideas y toscas acciones políticas, sobre la propuesta del Plan Marshall: “Los datos de la IFE muestran con claridad que ya son más de 8 millones, los trabajadores que no perciben un salario registrado ni cuentan con derechos laborales, es decir, que están excluidos, tanto del empleo público como del privado. Estos números no van a mejorar en los próximos años, y es evidente que la economía social es un territorio posible para ellos/as”.

Es concreta la propuesta: contempla a un sector de la población argentina que va del 20 al 25% y habla de 32 horas de trabajo comunitario que se traducen en 320 millones de horas mensuales de trabajo, organizadas en un Plan Estratégico para incentivar distintos sectores. A nivel macro, es fantástica, y es más eficaz que discutirle al Ministerio de Desarrollo Social si compra fideos a $45, $72 o $98 el paquete. Pero, como todo, depende de la convicción y el compromiso de miles y miles de familias argentinas.

No es el sueño idílico de rajarse a una chacra en San Juan a labrar el propio pedacito de tierra y tener una huerta con papas y ají morrón. Eso es hippie chic. Acá se debate la construcción de otro sueño posible, como el que tuvieron los miles que anclaron en este muelle buscando un futuro y se vieron en una pieza de tres por tres con otros cuatro que estaban igual que ellos. Hoy estamos hablando del miedo a morirse todos los días y la angustia de pedir crédito en la financiera de la esquina para saldar deudas y parar la olla. No es paja intelectual lo que se plantea. Es lo que tiene que pasar alguna vez, para que dejemos de debatirnos entre la vida y la muerte.

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