Mario y su banderín

Tira de la soga y la persiana se enrolla allá arriba, despacio. La luz de afuera se encajona de golpe y el naranja se transforma en otro color que no sé cómo se llama. Brota el ventanal al ras de la mesa y la calma de la calle se nos incrusta en los ojos. Nos ve una señora que pasa con el changuito: ya somos parte de su paisaje. El gatito fugó de la claridad y se fue a guardar atrás de la barra. “Acá no quedó mucha gente del tiempo de antes”, nos dice Mario, y cuenta que el barrio dentro de todo mantiene su calma porque en estas manzanas no se puede levantar edificios que tengan más de tres pisos. Pisotea las preguntas porque es ansioso para charlar, y pasea sus respuestas como le da la gana. Nosotros, contentos.

 

Dos minutos habrían pasado, desde que levantó la persiana hasta que se arrimaron los primeros. Se tiran el lance. Hacen visera con una mano y fruncen la nariz. El anfitrión dice que no con el dedo pero no alcanza y sale a explicar que hoy no atiende. Le gusta la movida que se arma de noche ahí en el Abasto, porque dice que no hay tanto piberío como en Palermo sino que es una cosa más bohemia: “Los actores vienen a tomar algo después de hacer la obra, son unos pibes fenómenos. Y cuando se van no dicen ‘buenas noches’ al aire como si esto fuera una pizzería. Me saludan con un abrazo”.

 

Un tipo se nos presenta como amigo suyo y a los pocos minutos le estaba queriendo encajar unos espejos led que había conseguido por ahí. Un chanta del año cero. “¡Sabés lo que es esto de noche!”, le vendía, mientras pelaba unas fotos que tenía en el celular. Y el viejo Mario le explicaba cariñosamente que El Banderín no es una discoteca.

 

Y ahí vienen dos más. Los vimos cruzar Guardia Vieja y en un parpadeo ya estaban contra el vidrio de la puerta. Sale y les cuenta que nunca abrió los sábados porque prefiere descansar, pero los hace pasar de todos modos y les convida una tarjetita que está buscando detrás del mostrador. Es una pareja de sanjuaninos que vivió en el barrio hace tiempo y que ahora de vez en cuando vuelve de paseo. Mario ya encontró la tarjetita y el hombre le consulta por algunas amistades que supone tienen en común.

 

Las noches del Banderín tienen un tango que casi ni te das cuenta. Música sin edad que lejos está de separar las aguas entre los parroquianos de siempre y las camadas de pibes que se van sumando a la familia. Farolito en pleno Abasto que parece estar esperándolo a uno para alumbrarlo con un poco de su calidez. La luz tenue que piden esas horas, para apaciguar las que ya crujieron antes.

 

Linda forma de llegar a viejo la de Mario, rodeado de buena gente y tan conectado con su vitalidad que ni se entera cuando mosquea algún ventajero. Hace como que ni se entera, mejor dicho, y hasta los trata de amigos. El gatito deambula otra vez entre las mesas y el sanjuanino cuenta de las bodegas de allá. Nuestro entrevistado está interesado y le pregunta cosas que jamás se me hubieran ocurrido. La mujer guardó la tarjetita en la cartera pero Mario ya encendió la máquina de café. Parece que se olvidó que hoy no abre.

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