Mario y su banderín

Ese sol de las once era como un vaso de leche tibia y no tenía gusto a invierno. Más bien se parecía a algún octubre. Las copas de los árboles formaban conos de sombra en las paredes y estaban bajas las persianas del café. Mario esperaba parapetado detrás del mostrador. “Pasá, pasá”, dijo, y ahí empezó esta historia. En el salón, la luz se derretía y las horas se volvían anaranjadas. Estaba a las puteadas con los jugadores de la selección: recién había terminado un amistoso con Brasil que no le importaba a nadie. Deduje que perdimos. Más tarde diría que por fútbol ya ni se calienta. Fanático de River, pero ya no va a la cancha. Ahora ve los partidos en el living de su casa, que tiene nombre igual que los estadios: “El Banderín”.

 

Mario Riesco no precisa que nadie le pregunte nada y nos cuenta de sopetón que él nació ahí, en esa esquina, y que allá por los sesenta largó los estudios y le pidió permiso al viejo para laburar con él. El gatito que no tiene nombre cae al piso y salta de nuevo a la mesa. Mario lo barre con la mano como si ahuyentara una mosca, y la escena vuelve a rodarse sin fin. Extraña la ciudad de su juventud. Bah, extraña su juventud: “Sacando los lunes, todas las noches me iba a la milonga de Viamonte y Suipacha. Al principio iba solo y después me fui haciendo amigos. ¡Éramos una barra bárbara!”.  

 

El Asturiano había abierto sus puertas en 1923 y, como todos los boliches de ese tiempo, hacía despacho de bebidas y también era almacén. Décadas después, Mario agarró el café y lo puso patas para arriba: le cambió el nombre pero también el concepto: sospechó que el almacén pronto dejaría de ser negocio porque veía que ya estaban llegando los primeros supermercados, y los que conocían el paño sabían cómo venía la mano para los negocios de barrio.

 

Cuando era pibito salía de reparto por el empedrado del Abasto, y mientras nos cuenta se le dibuja una risa en la cara: “Durante el viaje vaciaba la canasta, pero a la vez se me llenaba de los olores y los colores que iba recogiendo por ahí”. Y los sesenta también le gustaron. Había mucho movimiento, era un tiempo lindo. Dice que con los telefónicos era bravo porque le caían en patota, todos a la libreta y pagaban a fin de mes. “Estaban acá en horario de laburo y por ahí venía el patrón a botonear. A veces pasaba que alguno se estaba fumando un pucho en la vereda y lo veía venir de lejos, entonces yo los hacía pasar al fondo. Se metían al cuarto por la ventana y capaz que estaban mis viejos durmiendo. ‘Permiso, buen día’, les decían a mi mamá”. Sonríe. Cuenta que había un par de cirujas que le cantaban tres medialunas, pero se habían comido cinco. Él les anotaba seis.

 

Mario se levanta de la silla y quiere izar algunas persianas. Se me ocurre preguntarle si puede solo o si precisa que le dé una mano. Error: “¿Cómo no voy a poder? ¡Vos no podés, que sos flaquito!”. Tiene razón. Estaban bajas porque El Banderín no trabaja ni sábados ni domingos. Pero, este no es un bar que se cierra con candado y que el dueño viaja a su casa que queda en alguna otra parte. El mundo de Mario anda por acá nomás, a lo sumo llega hasta la Avenida Corrientes, y el living de su casa, ya sabemos, es este rincón anaranjado, de mesas y banderines colgando.

©2019 by Noticias de Ayer