Los expertos suplicantes

#InformeConicet2/2
#CientíficosRezando

Me toca a mí, decir, entre otras cosas, que la problemática de los científicos espeja una problemática más grande, más amplia, una encrucijada que nos muestra tristemente inmersos en un escenario patético, y -para colmo- acostumbrados a eso. La opereta de Marina en lo de Santiago del Moro nos muestra un montón de cosas. Por lo pronto, que pareciera que está bárbaro que una científica especializada en algo que debiera ser una prioridad en Salud, se ocupe de conseguir su propio presupuesto para trabajar. Nos muestra que ese ejercicio de gestión de fondos lo puede -lo debe, lo tiene que- hacer de modos no convencionales, como en un programa de preguntas y respuestas, en prime time. Nos muestra -nos enrostra, en realidad, como esos tortazos que se pegaban los Tres Chiflados- que la televisión tiene el poder para modificar la agenda política del gobierno. Nos muestra que, por más que habíamos creído lograr cierta visibilidad, a través de protestas que fueron constantes y creativas, en realidad éramos bastante menos que un cero a la izquierda, y que recién le importamos a alguien cuando nos hizo visibles del Moro, conmovido por el esfuerzo loable de Marina, en un programa-carnicería que expone las miserias humanas, la desesperación y la necesidad de trascender de alguna manera, por más que él mismo no termine de entender qué es el cáncer y posiblemente solo le importe a los efectos de fabricar un pico de rating.


Pero la lista de cosas que nos permite ver esta encrucijada no termina ahí. Porque, en el tsunami de opiniones que se propagó en las redes sociales, se pudo advertir, con un poco de paciencia, a un ramo de científicos y científicas legitimando el acto desesperado de Marina en la tele. “Hay que aprovechar todos los recursos”, decían. “Siempre ha sido así”, se leía luego. Lo que pasó en la cancha fue que la colega eligió asistir en soledad al llamado al diálogo que hizo presidente, habiendo podido generar las condiciones para un debate más colectivo, erigiéndose arbitrariamente como representante de una comunidad entera. “Hay que agotar todas las instancias”, nos llega como una reverberación. Para conseguir estas entrevistas, hay que armar lío, pues “el que no llora, no mama”, refuerzan les colegas.


La calentura no se me pasó. A más de una semana de haberse sentado la ciencia nacional al sillón de del Moro, para responder algunas preguntas de cultura general, probablemente esa bronca se haya incrementado, amasada por el hecho insólito, por sus repercusiones y, sobre todo, por estas opiniones de algunes colegas. Pero, el asunto es que no es un hecho puntual. Para les que hacemos ciencia, la búsqueda permanente de recursos -espacios, equipos, financiamiento en general- es un quehacer cotidiano, como si el bombero tuviera que conseguir fondos para comprar el camión, o el cirujano para renovar el bisturí -si lo pensás bien, no estamos muy lejos de les compañeres de Rappi, que se tienen que comprar su caja para arrancar a laburar-. Parece disparatado, pero así funciona desde hace añares. Entonces, sí, nuestra labor diaria es hacer ciencia, pero también conseguir los recursos para hacer ciencia, sumar más trabajadores, formarlos, conseguir presupuesto para que puedan trabajar. Muchas veces terminamos poniendo guita nosotres para cubrir los agujeros de este sistema deficiente, comprando insumos descartables, reactivos y equipos.


A veces, con bastante suerte y habilidad, se puede conseguir financiamiento. Las universidades públicas y el propio Conicet proporcionan pequeños subsidios de algunos miles de pesos, que con suerte alcanzan para solventar la compra de un reactivo o algún pequeño equipamiento. Los fondos estatales más abultados son los que otorga -luego de un tortuoso y extenso proceso de evaluación por pares- el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva (¿puse Ministerio?) por intermedio de la Agencia de Promoción Científica y Tecnológica (ANPCyT). Y sino, a buscar afuera, en algún país interesado en nuestros temas de trabajo -o a la tele, claro está-.


Pero la ANPCyT, que requiere presupuestos actualizados para tomar las solicitudes de subsidio, tarda un año en evaluar los proyectos, y años en empezar a otorgar los fondos a aquellos que se hayan hecho acreedores de los mismos. Sí, sí: años. Así que los presupuestos actualizados se desactualizan violentamente, y las previsiones originales se diluyen en un mar de inflación. Aquel ejercicio de planificación, previsión y organización, queda fagocitado por el aumento de precios, reduciéndolo al ridículo. Y, recordemos, esos son les investigadores afortunades, que han conseguido un presupuesto para ejecutar.


Todos los putos días, todos, nos la pasamos pensando en los experimentos propios, los resultados, los nuestros y de les becaries. Los trabajos enviados, los que están en redacción. Las clases para les estudiantes, los exámenes. Y en la guita, la plata que no alcanza, lo que falta. Las sillas rotas, las ventanas tapiadas, los equipos que no andan, los reactivos vencidos. Una miseria que agobia el alma, que deprime hasta sacarte las ganas de hacer nada, y de la que solo se sale apelando a la creatividad más maravillosa que tiene la gente.


Una colega científica sentada en el programa de Del Moro es una vergüenza. Es horrible y triste, porque legitima la miseria que vivimos quienes nos dedicamos a la ciencia. Sus reclamos son razonables, lógicos; lo que no es razonable ni lógico es que el Presidente la reciba a ella, ahora, cuando todas estas miserias las venimos demandando diariamente. ¿Y por qué no recibió a todes les que nos venimos quejando hace meses, años? ¿Por qué a ella, ahora? La calentura no se me pasó, porque siento que ese llamado al diálogo con la colega fue como legitimar la miseria de los y las cartoneros y cartoneras ("recuperadores urbanos"), o como diseñar una aplicación para comprar las sobras de comida en los restoranes. Es decir, una completa y absoluta burla.

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