Mi amigo Larreta

“Mi amigo Larreta”, dijo hoy el presidente, en el marco de su discurso conmemorativo del día de nuestra Independencia. ¡Qué decepción! ¡Qué barbaridad! ¡Para esto no lo votamos! Estoy re bajoneado. Bué.

Yo sí lo voté para esto. Exactamente para esto. Y voy a tratar de explayarme un poco más. Veo en las redes algunos gestos de indignación, ironizando sobre hasta cuándo vamos a tolerar que el presidente nos tome el pelo, presentando como aliados a personajes que, en los papeles, son nuestros enemigos. Es curioso, porque muchos de quienes ahora se expresan con ironía en contra del presidente, se llenaron la boca explicándonos que el peronismo tiene que asumir el protagonismo político que este tiempo histórico le exige, zafándose de las riñas inconducentes y erigiéndose en conductor de los 44 millones, enarbolando la bandera argentina por sobre todas las cosas. Esos mismos, ponen el grito en el cielo porque osó decirle “amigo” a Rodríguez Larreta. En fin, todos somos humanos y contradictorios, y está bien serlo. El peronismo también lo es.

Dije que lo voté para esto, a Alberto, y no es una exageración. Guste o no, es el dirigente más idóneo en este asunto de unir a los argentinos, cosa que ha sido dicha incontables veces, con desdén y liviandad, pero que sin embargo es esencial, para construir un tiempo de virtud y trabajo en nuestro territorio nacional. Cuántas veces comentamos, en estos meses, “¡qué hubiera sido de nosotros con Macri como presidente, gestionando la pandemia!”. Bueno, acá nomás tenemos la respuesta, en un país hermano cuya bandera tiene los colores verde y amarillo. Ahora bien, ¿nos detuvimos a pensar con el mismo énfasis qué hubiera pasado si la presidenta hubiera sido Cristina? ¿Nos preguntamos cómo hubiera reaccionado la mitad de nuestra gente ante su primera orden de hacer la cuarentena cada uno en su casa? No hace falta ni que lo diga, ¿o sí? No creo que la compañera haya previsto que se venía una pandemia, cuando lo designó al frente de la fórmula presidencial que ella misma integró, pero no tengo dudas de que olfateó un tiempo que le exigía dar un paso al costado, para dejar que un tipo de las características de Alberto venga a poner paños fríos, en esta patria que ya estaba cerca de su punto de hervor. Yo interpreté ese mensaje, y puse mi voto en la urna compartiendo esta misma convicción. No sé bien qué carajo está pasando en Venezuela: lo que sí tengo claro es que ahí el pueblo se fracturó como un hueso de pollo y que se llegó a un punto de no retorno. Y no estamos hablando de un quiebre que tiene en un rincón al 90 por ciento del pueblo y en el otro al 10. Estamos hablando de dos bandos iguales, incapaces de compartir un cacho de pan. ¿Quién, en su sano juicio, sea militante o gente de a pie, puede pensar que ese cuadro es beneficioso para alguien? Yo no lo creo.

Tampoco creo que Alberto sienta efectivamente como un amigo a Horacio Rodríguez Larreta, ni que lo vaya a invitar al primer asado que organice en la quinta presidencial una vez que la pandemia se digne a rajarse y dejarnos en paz. Es un gesto político, muchachos, muchachas. Ni siquiera es un gesto para Larreta. Es un gesto para el pueblo, que mayoritariamente -pienso yo y ojalá no me equivoque- quiere seguir profundizando este camino del acercamiento, que se cansó de toda la mierda de la grieta y que ahora está mirando otro canal.

Hace pocos días, el sector más berreta de la oposición tiró munición gruesa, cargada de mugre, y ahí se quedó, pedaleando en el aire, porque detrás de ese humo mugriento no había absolutamente nada, y el engaño no prosperó. La única consecuencia que tuvo esa jugada fue la grieta de la propia oposición, porque el sector que sostiene un mínimo interés, en esto de hacer política, consideró que eso había sido una chanchada, aunque nadie lo dijera públicamente porque tampoco se van a andar pisando la sábana entre fantasmas. Semanas atrás, oí a un colega sugerirle al presidente no preocuparse por lo que digan los diarios, y no permitir que su agenda sea definida según el capricho de ciertos editorialistas. Pondrán siempre palos en la rueda, para no dejarnos arrancar, y miguelitos en el asfalto, por si conseguimos meter primera. Adhiero al consejo del colega. Lo único que hacen, esos formadores de opinión, es esparcir el odio, para someter a un presidente que está poniendo todo de sí para que no seamos más aquel pueblo desmembrado.

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