Rana de otro pozo

#Vicentin

El auto de la foto es el Citroën 2CV, también conocido como “La Rana”, por su forma. La automotriz francesa, que se había radicado un año antes en nuestro país, lanzó su producción hacia 1959, desembolsando una inversión de más de 8 millones de dólares e instalando sus primeras plantas en el fondo de Barracas y en el pueblo de Brandsen (PBA). El objetivo era hacer un auto que fuera de consumo popular, colocando 45 mil unidades entre 1962 y 1964.

 

Esta linda reliquia vehicular, ayer símbolo de ascenso social, hoy pieza de museo, fue retratada el sábado pasado, durante el “Banderazo Nacional por Vicentin”, una especie de epopeya autoconvocada que buscó fusionar el Día de la Bandera y el recuerdo de Manuel Belgrano, con la quijotada de salvar a la pobre empresa cerealera de las garras de un Estado expropiador y colectivista.  

 

Y esa movilización invitó a pensar, otra vez, y como casi siempre en estos tiempos, en el asunto de la pandemia. Un ejercicio reflexivo que requiere discriminar entre los problemas que tienen una raíz histórica y carácter estructural, y otros hechos que, mal que le pese a los posmodernos, son objetivos, concretos y demostrables. Veamos:

Entre los primeros, podemos ubicar esa visión de que el sector rural agro-exportador, generador de casi 4 de cada 10 dólares que ingresan al país, sostiene con su trabajo y esfuerzo a la masa urbana-estatal-vaga-improductiva. Una bolsa gigante donde caben desde una madre soltera de Lanús que cobra la AUH hasta un médico de hospital público de CABA. Bolsa vieja pero resistente, difícil de desechar. Del otro lado tenemos la ACA (Asociación de Cooperativas Argentinas), que constituye una de las alternativas para co-gestionar la deshilachada Vicentin. Decía la ACA, sobre los planes de centralizar la comercialización de granos durante el gobierno peronista, allá por el año 1947: “No nos oponemos, si es para elevar las condiciones generales del país, pero es inaceptable que ese plan sea financiado con el trabajo de los agrarios argentinos, y no todo por el conjunto social de la Nación”.

 

Y tenemos otro fantasma, uno que nos acecha desde hace 30 años: es el de las privatizaciones menemistas que “rescataron” las empresas estatales quebradas, corruptas y mal administradas -Entel, Gas del Estado, YPF, etc-. Y así podríamos seguir prendiéndonos de debates interminables sobre el financiamiento de Vicentin, las razones para recuperar la empresa y la mar en coche.

 

Pero hay una cosa incontrastable, y es que tanto Vicentin como ese viejo Citroën de los ’60 cargan con evidencias y hechos demostrables, como por ejemplo la inversión que se hizo para fabricar ese coche y la cantidad de unidades que sacaron a la venta. La realidad incontrastable de Vicentin, en este caso, es que debe 1350 millones de dólares, a un total de 2638 acreedores incluida la banca pública. Y otra verdad efectiva es que justo cuando se estaba por terminar la fiestita, le vendió su división de biodiesel -Renova- a una multinacional suiza -Glencore-.

 

Mientras tanto, toda esa guita que adeuda la empresa es la que no está, precisamente, en las arcas del Banco Nación, y entonces se joden las Pymes, las cooperativas y los monotributistas, que están en el fondo del mar y que no pueden ser financiados por culpa de Vicentin. Ese caballero que salió a pasear con su bandera argentina, en defensa de la sagrada propiedad privada ajena, bien podría precisar una mano del Estado a través de su banca. De esa manera, quizá, podría darle a su viejo y querido Citroën el descanso que merece.

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