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La punta del ovillo

Justicia, Maternaje y Comunidad

Recibo un mensaje de WhatsApp que dice “La Justicia ha sido tomada por las flores”. No, no lo tengo a Silvio en el WhatsApp, lo mío es un poco más mundano. Pero ¡guarda!, que no es cualquier mundanidad. La autora del mensaje es Gabriela Carpineti, joven abogada que está posicionada siempre del lado de las causas populares: recuerdo un femicidio villero cuya condena sentó precedente en el país y permitió que el crimen de Mica Gaona no quedara impune; recuerdo su defensa a una familia que perdió a sus dos niños en el incendio de un taller textil clandestino, uno de los miles que hay en los barrios de Flores y Parque Avellaneda. Y este mensaje que me llega por WhatsApp tiene que ver con una sentencia que se produjo el último 21 de septiembre. Mientras bandadas de jóvenes tomaban la ciudad para celebrar su eterna primavera, hubo dos que estaban sentaditos en el Palacio de los Tribunales, atentos al epílogo de un proceso judicial que los tenía como protagonistas. Iván Navarro y Ezequiel Villanueva Moya son tan adolescentes como todes les que, a esa hora, ya habían copado los parques y las plazas de acá y de allá. Pero esta vez, esta primavera, a ellos les cabió otro papel: debían atestiguar cómo los prefectos que los habían torturado eran juzgados y se retiraban de la sala con las manos esposadas. Los dos pibitos tenían que estar ahí para ver cómo, por esta vez, no pudieron salirse con la suya, los que piensan que tienen carta blanca para hacer lo que se les canta el ojete. Y ahí estaba Gabriela, acompañándolos, defendiéndolos, y mirando ella también a los ojos a esos delincuentes que amparados en un uniforme sucio casi se llevan la vida de los dos chicos. Y todo esto no es porque sí: si estos dos pibes, con el día hermoso que hacía, no estaban celebrando en un parque con amigos, fue porque nacieron en una villa, y porque siguen viviendo ahí, en la 21-24 de Barracas. Y acá nadie dice que los pibitos villeros no celebren la llegada de la primavera. Al contrario: lo que estamos diciendo es que, a veces, lamentablemente, no todes la pueden festejar, porque están atravesades por algunos de estos quilombos que les trae el simple hecho de haber nacido en el barrio donde nacieron. 

Otra de las cosas que nos explica Gaby por WhatsApp es que estas causas no se ganan solamente con buenos abogados ni con el testimonio certero de las víctimas: “Para ganar estas causas hay que construir comunidad, organización popular, escenarios políticos y discursos comunicacionales”. La sentencia del día de la primavera, dice, fue la confirmación de que, a lo largo del proceso, han sabido concebir esas cosas. Pero no se queda ahí la compañera: “Esta causa, la de Iván y Ezequiel, me trajo una reflexión que ya me había dado la experiencia de ser madre: nosotros los hemos cuidado a ellos, construyendo la causa, el relato de los hechos, el alegato, la sentencia. Pero fueron ellos, fundamentalmente, los que nos cuidaron a todos nosotros, ¿de qué? De la impunidad. Ellos cuidaron la democracia”. La abogada se refiere al coraje que habían demostrado tener Iván y Ezequiel, luego de los tormentos que les habían hecho pasar, yendo a la televisión para contar lo que había ocurrido, sabiendo que se estaban exponiendo y que eso no sería gratuito. Pero lo hicieron igual, para que ningún otro joven, de ningún barrio pobre, volviera a alojar en su cuerpo esos dolores. De regreso al barrio, como era de esperarse, los apretó la Prefectura. Por un momento, otra vez, sus vidas pendieron de un hilo.

Todo lo que vino después, el juicio, la defensa de los abogados, el armado comunitario que fue sostén de la causa contra los prefectos, fue posible gracias a ese primer gesto de coraje, íntimo, personal, que tuvieron ellos dos. Y esta sentencia primaveral, que enjauló a un puñado de lobos que andaba suelto y armado, marcó un hito coyuntural en materia de Derechos Humanos, que dice así: ¡Señores, lo que padecieron Iván y Ezequiel, la noche del 24 de septiembre de 2016, se llama “tortura”! Ni apremios ilegales, ni abuso de autoridad: “Tortura”. Sí, como las de la dictadura en los centros clandestinos de detención, ¿te acordás? Bueno, igualito.

Rita Segato, antropóloga argentina dedicada fuertemente a las cuestiones de género, ha mencionado hace poco una “pedagogía de la crueldad”, que implica el acostumbramiento de la sociedad frente al hecho de la expropiación y la predación de una vida humana. Ella hablaba de dos grandes proyectos históricos que caben en las sociedades modernas: uno que está centrado en las cosas como meta de satisfacción, y que es productor de individuos, y otro que hace eje en los vínculos e insta a la reciprocidad, es decir, “que produce comunidad”. Gaby, en ese sentido, expresa que si hay algo que aprendió, en el tiempo que lleva ejerciendo su profesión, es a no desaparecer, a saber quedarse cerca de esos chicos y de esas familias que una vez la necesitaron. Frente a la pedagogía de la crueldad, habla de “una pedagogía del afecto y una pedagogía contra el olvido”, que rotan como satélites alrededor de estas causas en defensa de los sectores humildes y que implica un aprendizaje constante para ella.

Se viralizó una fotografía del día de la sentencia: Ezequiel le pasa la mano por el hombro a Gabriela y ambos miran para abajo, como relajando un poco la mirada después de tanta lucha y tanto calvario. Iván, del otro lado de Gaby, le apoya el mentón en la cabeza y sonríe bellamente mientras alza la vista un poco más allá. Ella los abraza a ambos por la cintura, como lo que fueron en ese momento y lo que seguirán siendo en algún pliegue de su corazón: dos hijos.

La abogada piensa que todes precisamos tener alguien a quien proteger, porque, en estas sociedades regidas por la matriz de lo individual, esas instancias de cuidado implican una fuente de poder. Dice que no casualmente se trata de un rol asignado a la mujer, casi en exclusividad: “Es un trabajo femenino, que lo ejercen las mujeres poniendo el cuerpo, y paradójicamente es un trabajo no remunerado”. Asistimos, como sociedad, a una revisión de los roles asignados, es decir que llegó la hora de que los hombres hagan gala de su capacidad de cuidado, afecto y crianza. 

Alguna vez me había hablado de su maternidad como la experiencia política más vital y trascendental que le tocó vivir, en tanto registro real e ineludible de esa personita que estaba siempre a su lado. Esta vez, explica que su hija la vino a salvar a ella del egoísmo hedonista que propone este mundo como única meta posible: el “mundo de las cosas” que evocaba Segato. En realidad, Gabriela habla de su maternaje, es decir, de ese camino de cuidados mutuos que ha emprendido junto a Lucía. La maternidad es el registro biológico que dá cuenta del acto de parir: es la punta del ovillo. El maternaje, así como el paternaje, es todo lo que viene después, es el ovillo entero que ha sido sometido al debate, a partir de las herramientas que proporciona el feminismo. Pero Segato habló de otro mundo posible, no el de las cosas sino “el de los vínculos”, el que genera comunidad. Ese mundo que siempre se nos escurre y que parece que nunca terminaremos de asir, es un mundo que sin embargo se ensaya por todas partes, y es el lugar que precisan les pibes de las barriadas para festejar en paz su día de la primavera.