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La piel sensible

#MartinLutherKing

El 4 de abril se cumplieron 50 años del asesinato de Martin Luther King, producido en un hotel de Memphis donde el pastor se había alojado para ponerse al frente de una protesta de trabajadores sanitarios negros que estaba en pleno desarrollo. King cargaba sobre sus espaldas con años de intenso activismo político, en pos de combatir la violencia racial que estaba profundamente arraigada en la idiosincrasia del país más imperial de América del Norte: Canadá. ¡Naa, jodita! 

En los sesenta, le cabían a los Estados Unidos algunos de los aspectos más elementales de la crueldad humana: en los colectivos, por ejemplo, la gente blanca tenía la prioridad a la hora de ocupar los asientos. Si una mujer mayor, de tez negra, viajaba sentada, sosteniendo su bastón, y en una parada subía un adolescente blanco con un skate, inmediatamente ella debía cederle su lugar. En las cafeterías y en los restaurantes ocurría algo similar. En ese contexto, comenzó a emerger la figura de este joven reverendo que planteaba un escenario de desobediencia civil pacífica: una actitud social que había tomado del liderazgo que ejerció Gandhi durante la independencia de la India. De un momento a otro, un grupo importante de negros se hacía presente en alguno de esos sitios para comer y ocupaba todas las mesas. Luego, cuando llegaban las familias privilegiadas, ellos se negaban a abandonar sus puestos. Entre tanto negro desobediente, estaba el pastor King. Aquellas formas de resistencia no violenta siguen siendo aplicadas y siguen siendo efectivas: un besazo que se organiza en algún local donde una pareja no heterosexual sufrió un episodio de discriminación mientras se demostraban amor, o un tetazo en sitios públicos donde las propias autoridades impidieron a una madre dar el pecho a su bebé.

También en los sesenta, un joven de 22 años, afrodescendiente, alcanzaba la cima mundial del boxeo, arrebatándole a Sonny Liston el cinturón de los pesos pesados. Esa noche, cuando sonó la campana del primer asalto, todavía se llamaba Cassius Clay, pero a la hora del siguiente combate ya se había unido al Islam y había hecho la opción por el nombre de Muhammad Ali. Desde entonces, llevó a cabo una dura batalla para que se respetara el nombre que él había elegido. Algunos rivales no le daban el gusto y le decían Cassius, durante el pesaje previo o en algún show de televisión que promocionaba la pelea, sabiendo que con eso lograrían moverlo de eje. Pero en el ring los castigaba a todos. Cuando enfrentó a Ernie Terrell, se tomó un momento, en medio de la paliza que le estaba propinando, y le espetó frente a todo el mundo: “¿What’s my name?”. Esa lucha por exigir que se respete el nombre que una persona elige para su propia vida tiene plena vigencia, y en Argentina fue una de las conquistas más importantes de la comunidad trans: la Ley de Identidad de Género, sancionada durante mayo de 2012, permite que cualquier persona presente en el DNI su nombre y género de elección.

Ambos se declararon en contra de la Guerra de Vietnam. Ali se negó a enrolarse en las Fuerzas Armadas y eso le valió la quita del cinturón que ningún boxeador le había podido arrebatar. Él decía: “No tengo nada en contra del Vietcong, ninguno de ellos me ha llamado nigger. ¿Por qué tendría que dispararle a esa gente que tiene el mismo color de piel que yo, a esos niños y a esas mujeres? ¿Cómo podría dispararles? ¡Llévenme a la cárcel!”. A King, por su parte, le costó gran parte del apoyo que había acumulado a fuerza de coraje y convicción, sobre todo a raíz de su célebre discurso de 1963. 

Había sido en el marco de la “Marcha por el Trabajo y la Libertad”, producida en Washington el 28 de agosto. El lema de la manifestación era “Empleo, justicia y paz”, exigencias que se parecen a las banderas de las tres T (tierra, techo y trabajo) que hoy levanta el Papa Francisco. “No es momento de tomar tranquilizantes de gradualismo. Ya es tiempo de hacer realidad las promesas de la democracia”, comenzó King aquella vez, y en un lapso de 17 minutos introdujo conceptos políticos tan claros que 55 años después seguimos reproduciendo: 

“No busquemos satisfacer nuestra sed de libertad, bebiendo de la copa del odio y la amargura. Debemos conducir nuestra lucha por el camino elevado de la dignidad y la disciplina. No permitamos que nuestra protesta creativa degenere en violencia física. Por otra parte, le digo a la maravillosa nueva militancia que ha envuelto a la comunidad negra, no consintamos la desconfianza a la gente blanca: muchos hermanos han podido comprender que su destino está unido al nuestro. No podemos caminar solos”.

En el fragor de la lucha que viene dando el feminismo, cada vez con más potencia en la calle y con más desarrollo teórico, se suele debatir sobre el rol del varón, y algunas compañeras tienen una actitud intransigente en ese sentido. Martin Luther King, aquel joven pastor, negro y combativo hasta el último día, cuyo homicida coronó como ícono revolucionario, diría que muchos hermanos varones ya hemos comprendido que nuestro destino está inexorablemente atado al de las mujeres, y que esa fuerza debe amalgamarse para triunfar. Cualquier batalla que tenga como horizonte una humanidad más sensible y más justa, y considerando el tamaño colosal del enemigo, nos reclama a todos, con las ideas a flor de piel.

Masacre en Corea, Pablo Picasso