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La ciencia de la distracción

#InformeConicet1/2

#ElRatingEstatal

Le escribo un mensaje de WhatsApp a Alejandro y le digo que me avise, si quiere transformar su furia en una crónica para el portal. Es que acababa de leer un posteo suyo en Facebook, que decía que cómo puede ser, después de tantos años de protesta en la calle y frente al Ministerio, con creatividad y constancia, para evitar que la situación se ponga así de oscura. ¿Quiénes protestan? Los trabajadores de la ciencia, que desde diciembre de 2015 hasta hoy, asisten a una suerte de derrumbe de la que es su fuente de vida. ¿Qué es lo que no puede ser, según su posteo? Que justo ahora, un par de días después de que una científica del Conicet haya tomado la drástica decisión de presentarse en un concurso televisivo para conseguir recursos y poder financiar sus investigaciones, el presidente de la Nación se digne a convocarla y se muestre dispuesto a entablar un diálogo con el sector. “Entonces, ¿qué hay que hacer para que los reclamos tengan curso y visibilidad? ¿Hay que ir a bailar a lo de Tinelli?”, se pregunta, con la indignación propia de un tipo que cree en su trabajo, ya sea en un aula o en el laboratorio, y que no puede evitar que se le hierva la sangre frente a tantas injusticias que se desmoronan unas sobre las otras, como si una biblioteca llena de libros de golpe se desplomara en el suelo de alguna habitación.


Me responde que sí, que podemos escribir algo, los dos juntos. Me pide que lo aguante un cacho, hasta que se le pase la calentura, y me repite por WhatsApp lo mismo que había escrito un rato antes en su muro de los lamentos versión Siglo XXI: “¡¿Ahora la quiere recibir el presidente?!”. No dá crédito a las noticias que lee. Bah, sí que dá crédito, porque es sensible pero no incrédulo. Su hastío es por lo burdas que son las cosas y por el desparpajo de los jetones de Cambiemos a la hora de ponernos sus trampas de manual.


Esa falta de decoro, esa pereza a la hora de maquillar siquiera sus maniobras teatrales, una parte del pueblo lo percibe como una burla. Tipeo “Marina” y la maquinaria de Google ya me sugiere el apellido que estoy buscando. Es que, un día después de presentarse en el programa ¿Quién quiere ser millonario?, Marina Simian se convirtió en el Che Guevara de las redes sociales de les compatriotas que ingenuamente nos preocupamos por el futuro de nuestro país. Está claro que siempre será una preocupación ingenua la que nos convoque, frente a la falta de elementos que la inmensa mayoría de la población tenemos para interpretar cabalmente la realidad que habitamos. Pero cuando uno ve que el gobierno responde al hecho con una capacidad de reflejos inédita; cuando percibe que, en menos de 48 horas, el cónclave entre Simian y Mauricio Macri aparecía en la tapa de los grandes medios; esa ligera inocencia cotidiana toma un matiz más concreto. Quiero decir: nos sentimos unos boludos importantes.


“Lo que gané ayuda, pero la situación es muy complicada”, reza el título de la entrevista que le hizo el diario Perfil, una vez consumada su participación en el show que conduce Santiago del Moro. La científica había logrado hacerse de una bolsa de 500 mil pesos, que destinaría en su totalidad a solventar investigaciones que tienen el horizonte de desarrollar nuevos tratamientos contra el cáncer de mama. Luego de la reunión que mantuvo con el presidente en la residencia de Olivos, Simian se explayó vía Twitter, a propósito de lo positiva que había sido la charla y del compromiso asumido para comenzar a mitigar la profunda crisis que atraviesa la ciencia nacional. Ahora bien, los tipos y las minas que estamos del otro lado de Twitter, ¿no tenemos derecho a sospechar mínimamente de este derrotero casi mágico que se produjo a partir de la ventilación del conflicto? ¿No hay poronga que nos venga bien, si nos parece un poco raro que de repente la amiga Simian se haya erigido defensora estrella de los trabajadores de la ciencia, en tanto que Macri se comprometió -ahora sí- a ocuparse personalmente del asunto?


Quizás sea esa la artimaña: nos vemos envueltos en una telaraña a la hora de posicionarnos, tanto les científiques como el resto de sus compatriotas preocupados; nos arrojan en un espiral de contradicciones que nos impide criticar al gobierno sin mordernos la lengua, y menos que menos a la compañera que no pudo contener la emoción mientras el conductor del programa le preguntaba por las dificultades propias de su trabajo.


Por eso, cuando leí la publicación de Alejandro, le propuse que escriba una nota. Porque yo también quiero entender qué es lo que está pasando. Porque quiero saber qué es lo que, aparentemente, van a empezar a solucionar ahora, después de tres años y medio de desvalijar las instituciones del pueblo. Hace poco, justamente, nuestra compañera Florencia había escrito una crónica, dando cuenta de esta cruda realidad que se respira en el Conicet. Nadie imaginaba lo que estaba por pasar. Alejandro me respondió que lo aguante un cacho, pero que sí, que podíamos armar algo entre los dos. Yo ya hice mi parte. Ahora le toca a él.