©2019 by Noticias de Ayer

La alianza menos pensada

#MujeresPolicías

Hace un par de semanas se empezó a correr el rumor, vía redes, de una supuesta carta que un grupo de mujeres policías habría enviado o enviaría al buzón de Patricia Bullrich. En esas líneas, se expresaba la determinación de no reprimir la marcha del 8M ni ninguna otra manifestación feminista que tuviera lugar de ahí en adelante. La confirmación de esta propuesta estaba en el perfil de facebook de Gabriela Macias, médica nutricionista y agente de la Policía de Santa Cruz. En un posteo publicado el 11 de febrero, ella misma confirmaba la presentación de un documento que sería dirigido al Ministerio de Seguridad y que llevaría la firma de la Red Nacional de Mujeres Policías, una agrupación incipiente pero que ya se ha metido de lleno en una de las problemáticas más arduas que podemos enfrentar: el pésimo funcionamiento y el desconcierto humano que rigen en esa estructura que viene a garantizarnos el orden social.


“Frente el debate abierto en el Movimiento Feminista y la situación de las mujeres policías, proponemos, en principio, que no se nos envíe a las marchas de mujeres, porque no es ningún delito manifestarse por la seguridad y la erradicación de la violencia contra nosotras”. Así comienza el documento publicado en la cuenta de Macías, y un par de líneas más tarde el grupo declara que ante cualquier hecho de violencia ellas estarán siempre “del lado de las mujeres que han sido reprimidas”. No hay que ser muy lúcido para interpretar que es una propuesta osada, la de este grupo de policías que ha decidido salir al terreno de lo público sin renunciar a sus lugares en la institución. El origen de la razón y de la organización que se dieron, tiene, seguramente, puntos de contacto con la génesis de cualquier otra expresión feminista: el dolor, el haber sido víctimas de una violencia machista que se pudo haber manifestado de muchas formas, el entendimiento de que la única explicación de esa violencia radica en que son mujeres, la impotencia frente a las injusticias que día a día se amontonan como magulladuras, en la piel y más adentro.


En el comunicado, aclaran que quienes impulsan esta red no son policías por vocación. Algunas por la pobreza, otras por cuestiones circunstanciales y otras porque han accedido a las fuerzas como profesionales de distintas áreas. “Somos trabajadoras y nuestro lugar no es el de reprimir”, expresan, sobre el filo de la carta. No es azarosa la aclaración, sino producto de una visión que las interpela: “Si sos policía no sos mujer”, se dice y se cierra la puerta, desde las filas de amplios sectores que dan la batalla cultural dentro del feminismo. Las integrantes de esta Red son conscientes de la polvareda que generan con su irrupción y ponen la otra mejilla: el texto que publicaron habla de una violencia “contra nosotras”, no “contra las mujeres” y menos “contra ustedes”. Dá cuenta, además, de algo que proponen “en principio”, y eso tampoco parece casual: saben que, para empezar a saldar las contradicciones, tienen que ir muy despacio, haciendo equilibrio mientras intentan ser fieles a lo que les pasa. Lo único que piden, entonces, es que no las manden a reprimir las marchas de las mujeres. Y no parece poco. El nombre completo del fanpage que crearon es “Red nacional de mujeres policías con perspectiva de género”, y en su descripción manifiestan que es “en honor a nuestras camaradas víctimas de femicidios”.  


En declaraciones al portal de Crónica, Gabriela expresó que, en las fuerzas de seguridad, tanto como en cualquier otro ámbito que es dirigido por hombres, existe para ellas lo que se conoce como “techo de cristal”, es decir, la imposibilidad de que accedan en igual número a los puestos de mando, y que, desde allí, puedan modificar el funcionamiento real de la estructura azul. Están sometidas cotidianamente a una violencia que comienza en los destratos psicológicos y acaba en las violaciones cometidas por sus propios jefes, a quienes luego deben denunciar. Según explica la oficial santacruceña, cuando una de ellas se atreve a dar el paso de denunciar al abusador, inmediatamente se le abre una carpeta psiquiátrica que la aparta del caso y eventualmente de su fuente laboral. La impunidad de la que gozan los hombres de la fuerza, en el trato con sus colegas mujeres, es hermana del respeto que muestran en la calle, de cara a la sociedad. Hacé una cosa: de ahora en más, cada vez que veas un patrullero cruzar un semáforo en rojo sin ninguna razón, pensá que así como se están cagando en algo tan elemental como la luz de un semáforo, con esa misma facilidad, se violan a una compañera, en la oscuridad de alguna garita o en el fondo de la comisaría del barrio.


Hace dos años atrás, luego de las marchas por el Día Internacional de la Mujer, La Izquierda Diario de Uruguay pataleaba en una editorial por el hecho de que un grupo de mujeres policías había decidido sumarse al reclamo popular. “El movimiento feminista no tomó postura”, se alarmaban desde la bajada de la nota, y luego daban rienda suelta al contrasentido que emerge cuando se cruzan un pensamiento de género y su par clasista: “¿Somos todas iguales?”, se preguntaron allí las camaradas, y enseguida comenzaron a entretejer que esas mujeres forman parte de una fuerza que estigmatiza a la juventud en los barrios y reprimen la protesta social. Si 2 más 2 diera 4, entonces todes podríamos encontrarnos fácilmente en esa esquina que hunde a las agentes de la Policía, despojándolas de su condición humana, pero, como las cuentas de la realidad raramente dan bien, entonces a menudo hay que recurrir a factores emocionales para reflexionar sobre los acontecimientos de este paño tan tercermundista. En este caso, como en tantos otros, lo emocional gira en torno de la sororidad. Sin tantas vueltas, cabría preguntarse: ¿tiene el colectivo de mujeres la capacidad suficiente para ser sororas incluso con sus pares que trabajan para las fuerzas? ¿Entenderán que, en muchos casos, es el empleo que pudieron conseguir, y que eso no quita que sientan o sufran tanto como las demás? No estamos hablando de empatizar con todas las mujeres policías, sino con aquellas que han sentido la presencia de la opresión y que, a partir de ahí, se han planteado la posibilidad de cambiar las cosas. Ese es, creemos entender, el sentido de esta Red que se está gestando y de la iniciativa que tuvieron, negándose a reprimir una manifestación de la que se sienten parte. Mañana, jueves, a las 15, disertarán en la Cámara de Diputados sobre la situación de desigualdad y violencia que enfrentan cotidianamente dentro de la institución. Gabriela y sus compañeras están dando el debate para que se promulgue una ley policial con perspectiva de género, que comience a regular el mal endémico de las fuerzas.


En una nota publicada en agosto del año pasado, el diario Perfil destacó que la Policía Bonaerense está compuesta por un 40% de mujeres, una realidad que era impensada incluso pocos años atrás. Son más de 40 mil, en una fuerza que cuenta con 94 mil efectivos. Con esta realidad montada en nuestras narices, ¿vamos a negar la importancia de este proceso que se están dando las mujeres hacia el interior de sus fuerzas? ¿Vamos a limitar el poder de una sororidad que ha sido capaz de destrozar todo tipo de estructuras, avanzando hacia una unidad mucho más problemática? ¿Vamos a perdernos la chance de que las fuerzas de seguridad se transformen? Si hemos dicho alguna vez que las disputas se dan hacia el interior de los movimientos, entonces ahora no seamos hipócritas y dejemos que las compañeras hagan su quijotada: que pongan patas para arriba esta institución decadente y embrutecedora, y que lo hagan a la luz de la historia, para que ningún machito les pueda soplar el candil en alguna garita muda. Ellas ya decidieron: son mujeres, luego policías, y si el 8M las encuentra en las plazas será sosteniendo una pancarta y no la cachiporra. Recordemos que las hijas de los más crueles represores también se atrevieron a formar una agrupación, “Historias desobedientes”, y que desde allí se lograron vincular con el movimiento nacional y popular que cada 24 de marzo llena las calles de la ciudad para hacer memoria. No vemos tan descabellado, pues, que las mujeres organizadas les tiendan una mano a sus compañeras del dolor.

Imagen: "El feminismo es una aventura colectiva".