“Tenemos que saber que hay otra realidad”

#IslaMaciel

Delicia Ocampo Benítez, la Deli, está a mano de todo el mundo que ande por ahí. Encontrarla es fácil, pero mantenerla un minuto quieta o pedirle que haga una sola cosa, ya se complica. Nacida y criada en la Isla Maciel, licenciada en Trabajo Social recibida en la Universidad de Buenos Aires, es una jugadora polifuncional en la Fundación que lleva el nombre de su barrio. Compartir una hora con ella implica preocuparse por el vecino que se está recuperando de un ACV y precisa una cama para él solo, mientras te enterás de cómo van las cuotas que pagan los beneficiados por el plan para mejorar sus viviendas.


Allá por 1968, mientras los estudiantes en París, los hippies californianos y el sindicalismo combativo por estos pagos, su mamá llegaba desde el Chaco, cruzaba el Riachuelo y se establecía en la isla. Un par de años antes, con 22 y desde Corrientes, había hecho lo mismo el muchacho que luego sería su padre. Deli es la segunda de los nueve hijos del matrimonio.


“Crecí acá, la primaria la hice en el barrio, y recién crucé cuando tuve que hacer la secundaria para adultos, porque yo tenía 18 y en ese momento no se podía en la isla”. Cuenta que le picó el bichito de seguir estudiando gracias a una profe de literatura que le enseñó a leer y la hacía mirar cine. No ingresó a la universidad enseguida. En ese tiempo falleció su padre y eran doce viviendo bajo el mismo techo: entonces, claro, tuvo que ayudar a sostener la familia. Recién en 2004, cuando sus hermanos hicieron sus vidas, ella se anotó en la facultad, primero para ser contadora pública, pero enseguida se enganchó con Trabajo Social. “Y el año pasado, por fin, me pude recibir, después de tanto tiempo de lucha”.


¿Qué te decían tus amigas de este empeño por hacer una carrera universitaria?

Yo terminé la primaria con 13 años, éramos ocho chicas en el curso. Después de eso me formé como modista, y a los 17 fui a un taller de Dock Sud para probarme como costurera. Ahí, me pregunté: “¿Esto quiero para mi vida?”. Entonces, todas mis compañeras de la primaria ya eran mamás. Yo soy un bicho raro porque no tengo hijos, y todavía me preguntan qué estoy esperando. Pero, bueno, decidí andar por otro camino.

Entre las jóvenes del barrio, sigue habiendo una tendencia a ser madres tempranamente. Pisando los 20, la mayoría de ellas ya tiene al menos una criatura. Recién ahora, en estos últimos años, Delicia percibe que se está consolidando una conciencia de estudiar. Pero en la Isla sigue habiendo una cultura muy tradicionalista, y el anhelo de muchas familias pasa por seguir ampliándose, por hacerse fuerte en ese sentido y más allá de cualquier aspiración profesional. “Siempre me llamó la atención, y pienso que tiene que ver con el contexto que te rodea. Cuando yo era joven, venía un grupo de chicos a hacer cosas en el barrio. Con el tiempo empecé a participar de las actividades que organizaban en la plaza, y muchos años después supe que eran estudiantes de Trabajo Social. Y esas cosas me fueron llevando por el camino del estudio. Yo siempre intento decirle a las chicas que traten de salir del barrio, que estudien, que trabajen, y que vean que hay otro mundo. Tenemos que saber que hay otra realidad”.

Ella decidió postergar la maternidad, pese a haber tenido un noviazgo de siete años. En 2014 terminó sus prácticas “en territorio”, pero empezó a sentir que le faltaba algo más a ese combo de estudio y trabajo que había hecho. “La Maciel me hizo la persona que soy, me enseñó a compartir cuando no hay nada, y sentí que tenía que devolver todo eso con trabajo comunitario en el barrio”, recuerda. Se ganaba la vida como empleada doméstica y vivía cerca de su trabajo, en una pensión para estudiantes del barrio de Caballito. “El sábado de Semana Santa de 2015, me acerqué al padre Paco -Francisco Oliveira, entonces párroco del barrio- y le ofrecí colaboración en la Fundación. Empecé el voluntariado, y entonces me propuse hacer un laburo más hacia afuera: iba a las escuelas, a las casas de familia. Hoy tengo la tarea de atender los requerimientos de la gente, que son muchos, y siempre lo hago en función de las necesidades y de lo que tenemos para dar”.

¿Cómo ves la situación de los pibes de la Isla?

Entre los jóvenes se está viendo un nivel de consumo que me preocupa. Un chico que era ayudante en el comedor, otro que venía a merendar: sus realidades cambiaron por esta accesibilidad al paco, que antes no existía. Acá no se cocina, pero en La Boca sí, y los pibes se hacen mierda con eso. Los vecinos ya saben quiénes venden en el barrio, porque comparten la casa con ellos. Gente que lo empezó a hacer para tener un mango, pero que no le importa lo que le pasa al otro. Los pibes que consumen tienen 16 o 17 años. A los más chiquitos todavía los podemos contener con estas redes de contención y con las distintas actividades que se les proponen. Pero a veces no alcanza porque el quilombo lo tienen en la casa y no es fácil pasar esa barrera. Hay que laburar mucho y el tiempo es poco, porque esta droga los destruye en lo inmediato.


Delicia le pone el pecho a la realidad, para que su gente viva en condiciones dignas. Estudió para eso, para mejorar el barrio, para estar con sus vecinos. Pero sabe que desde abajo no es mucho más lo que se puede hacer, mientras que no haya un golpe de timón arriba. Pase lo que pase, ella estará al pie del cañón, porque fue y vino, y porque sabe bien cuál es su lugar.

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