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Guernica y después

#Elecciones
#Avalanchas

Digámoslo: está muy bien cómo viene actuando Macri desde el domingo a la noche; es loable. No interesa si lo pensó él, por cuenta propia, o si es una táctica que se la cantó alguno de sus creativos. Que el día después de la derrota de Cambiemos, los diarios no hayan tenido nada mejor para mostrar que las imágenes del cónclave entre el presidente entrante y el saliente, es para destacar, en un contexto nacional delicado sumado a un panorama regional con varios pueblos hermanos apostados en las calles. Dícese que Macri está actuando así, sereno, respetuoso, porque el recorte de votos que hubo, en relación a las PASO, le ha vuelto a entreabrir la puerta de un futuro en la política. Pero, insistimos con esto: si la postura del presidente tuviera fines mezquinos, si no fuera por el bien común, es nota color, no interesa tanto; el presidente sabrá.


La única verdad es la realidad, y en este caso la realidad es que el lunes 28 de octubre de 2019, un puñado de horas después de haberse consumado su derrota en las urnas, el espacio político oficialista le abrió las puertas de la Casa Rosada a Alberto Fernández. El sentido de la reunión tuvo que ver con aquello de la “transición ordenada”, y con el hecho de que el entorno de Alberto comience a tener injerencia en los asuntos que nos competen a todos los argentinos, sin necesidad de aguardar hasta el 10 de diciembre y sin que esto implique un desligamiento de las responsabilidades que le caben al gobierno actual frente a la sociedad, hasta esa fecha. Ayer nomás, siguiendo con esta lógica transitiva, se celebró un encuentro entre María Eugenia Vidal y Axel Kicillof, el próximo gobernador de la indomable Provincia de Buenos Aires.


A la saludable actitud que están demostrando nuestros gobernantes -¡sí, se puede!- podemos sumar el comportamiento ejemplar que expuso la sociedad, durante la jornada electoral del domingo. Absolutamente nada para reprochar: acaso controversias menores, pero nada que se haya traducido en una preocupación general. Si alguien precisaba más indicios de que andamos queriendo coser la grieta, este ejercicio democrático tal vez le haya servido. Luego, desde ya, el resultado de las urnas es susceptible de un montón de interpretaciones. 


Cuando rescatamos ese encuentro en la Rosada, la buena predisposición, la no-tapa de los diarios, no estamos pensando en “el mercado” ni en ninguna de esas cosas. De hecho, no entendemos tanto sobre los vaivenes mercantiles: en todo caso, cuando debamos hablar del asunto, convocaremos a compañeros que sepan más que nosotros. Lo que verdaderamente nos interesa, es lo que pasa en el terreno social. Y la realidad objetiva es que ciertos gestos hechos desde arriba tienen un correlato en las capas medias, y que ese derrumbe se propaga barranca abajo. Nos hemos derrumbado muchas veces en este país, y sabemos que cada vez que se desata una avalancha, los aplastados somos siempre los mismos. El alud, implacable, se lleva puestas todas las casitas que componen este paisaje desnivelado: una vez que se echó a rodar, no hay material que lo resista. Lo sabemos, porque ya nos pasó.


Se detiene, al fin; entonces el Guernica. Y ahí es cuando nos venimos a dar cuenta de que nos hemos desmoronado y de que acabamos todos en el fondo del cuadro, unos sobre otros. Solo los encumbrados, ese puñado de miserables cuyos terrenos están incluso más alto de donde se gesta el alud, asisten al caos como si fueran de visita al museo. El resto, inmensa minoría, demolidos, desbarrancadas.


Somos el de la espada rota. Somos el caballo que no sabe para dónde correr. Somos el que se asoma por la ventana, buscando desesperado. Somos la madre que alza a su niño inerte. Somos la que se arrastra y el que mira al cielo pidiendo clemencia. Somos muchos, los que quedamos desparramados tras el alud cambiemita. Pero nos tendimos la mano entre nosotros mismos, y de a poco, no sé cómo, empezamos a reconfigurarnos una esperanza. 


Es un mérito compartido, entre un pueblo más organizado, que esta vez tuvo la pulsión de aguantar para no volverse a fabricar un 2001, y una dirigencia política que se supo reconstruir a tiempo, empuñando el sable de la unidad, el único capaz de poner contra las cuerdas a un rival bancado por el establishment y con algunos referees que, ante la duda, le pitan siempre a favor. Pero, lo que pasó en las urnas, ya en agosto, fue tan contundente que descomprimió cualquier intento de manipulación social. No hubo duda esta vez, ni motivos para patalear.


Asumirá un gobierno peronista, de nuevo menos diez, como en el chinchón, y sin juegos armados en la mano. Hay que esperar, a ver qué cartas vienen, y hay que saber leer lo que está pasando. Por lo pronto, no es menor el que hayan vuelto a ser “políticos”, los sentados a la mesa. Algunos serán mejores que otros en su representatividad, pero son políticos de raza y tienen ganas de jugar en serio, para que volvamos a ganar la mayoría de los argentinos. Es impostergable, lo saben bien, que la gente sienta que se puede dar vuelta el partido. Toca volver a confiar en ellos, frente al descrédito de la no-política conduciendo las riendas de un país que está hecho de gente de carne y hueso, que vive y muere todos los días.


Imaginemos que nuestras casitas están en un terreno escarpado, que vivimos en pendiente. Algunos más cerca de la cima, otros más encimados. Algunas de nuestras casitas hechas con material más resistente, otras con lo que tenemos a mano. Pero todos ahí, a la vera de la montaña. Los que están en la cúspide, en la cresta, a veces se pasan de rosca, porque su vida es como una mesa de blackjack. Pueden ganar, pueden perder, pero no deja de ser un juego. No registran que hay un borde, una orilla, y que allí debajo hay un pueblo rebuscándoselas como puede. No tienen noción. Y cada tanto nos arman una avalancha.


Nos vamos a seguir tendiendo la mano, para salir uno a uno del Guernica. Hay que entender que ninguno de nosotros está a salvo, allá, en la cima. Hay que saber que las avalanchas nos llevan puestos a todos los que vivimos una vida de verdad, con días, con noches, con padres, con hijos. Ellos, los que están más arriba de donde se gestan las avalanchas, ni alma tienen. Solo saben apostar, no saben lo que es vivir.