Gente de mierda

Me preocupa y me enoja la marcha que va a haber mañana en el centro porteño, fogoneada durante los últimos días por media plantilla de Juntos por el Cambio y por personalidades públicas identificadas con el mismo signo político. Me preocupa porque intuyo que esta vez se va a aglomerar más gente que durante sus predecesoras, pero no tanto por el daño que esto puede generar en nuestro ya debilitado sistema sanitario, como por la simbología política que está permanentemente en juego, y que tanto, pero tanto nos desgasta.

Miren cuán enojado debo estar, para decir sin pelos en la lengua que me preocupa más la cosa política que la sanitaria. Quiero decir, es irresponsable lo que estoy diciendo, porque lo que más debería preocuparnos a todos, a la ciudadanía en su conjunto, es efectivamente el avance constante de los contagios de coronavirus, es el creciente agotamiento del sistema sanitario en su faceta pública y privada, es la sensación de que estamos cada vez un poco más cerca del fantasma de la saturación y de la psicosis colectiva. Pero lo que me fastidia, lo que me pone los pelos de punta, es la miserabilidad de esta gente cuya existencia parece estar al servicio de tirar por la borda la calma que hemos sido capaces de concebir, como sociedad, y a pesar de todas las desgracias que nos acechan. Somos un pueblo golpeado, nadie puede ponerlo en duda, y sin embargo seguimos actuando en muchos aspectos de una forma ejemplar, por más que no sea fácil advertirlo.

Cuando hablo de gente miserable, me refiero a los que llevan agua para su molino militando la confusión del pueblo. Son una mierda, loco, corta la bocha. Gente de mierda. Sí, yo soy el mismo que viene tratando de usar el espacio de esta columna para que pensemos sobre estas cosas, para bajar un cambio como decimos siempre y fabricar conclusiones un poco más amenas y constructivas, saltándonos la grieta que fomentan desde arriba y que nos enferma acá abajo. Y que quede claro, no estoy cambiando de opinión. Soy un convencido de que hay que trabajar y militar desde todos los ámbitos -y los medios es uno- para sostener y profundizar la unión del 99% de los y las que poblamos este país. El 99 es un número simbólico, claro: lo que se quiere expresar, con esto, es que la aplastante mayoría de los habitantes de este suelo somos gente que labura, independientemente de los matices que nos hagan diferentes. El gerente de una sucursal bancaria en San Isidro y el albañil de una obra en González Catán, tienen algo en común: no forman parte del 1% que se sienta en la mesa del poder y que pone todos sus recursos al servicio de empobrecernos el bolsillo y de fusilarnos la humanidad.

En esa mesa tejen manifestaciones como ésta que ocurrirá mañana con epicentro en la Ciudad de Buenos Aires. Puede ser un golpe en el mentón para las aspiraciones de este pueblo que intenta hacer las cosas bien, en su afán de dejar atrás la nube negra del coronavirus tan pronto como sea posible. Ya hemos aprendido, en la vorágine de esta pandemia, que un solo episodio puede funcionar como el gatillo que dispare una bola de nieve. Bueno, el de mañana será un episodio considerable, lamentablemente. El 1% se frota las manos. Y algunos papanatas como Brandoni, que reniegan de integrar las filas mayoritarias, se relamen también.

Difícil mantener los pies en la palangana de la pandemia, cuando ves que los otros pillos andan en cualquiera menos en esa. Se llenan la boca hablando de no politizar la crisis, se la pasan diciendo que el Congreso no debe sesionar nada que no esté directamente relacionado con la cuestión sanitaria, pero después lo tenés a Leuco, personaje siniestro, llamando abiertamente desde el programa que conduce a copar las calles del país para demostrar que los buenos son los más. Dentro de dos semanas, cuando tengamos un 90% de nuestra capacidad hospitalaria ocupada y empecemos a olfatear un nivel de preocupación lindero al pánico, ese sorete va a salir con cara de póker a decir que cómo puede ser, este gobierno que no nos cuida. Es lo que decimos siempre: esos tipos están parados en un lugar peligrosamente cómodo, que es el de la denuncia constante, tendal de las operaciones mediáticas, y el de la victimización a flor de piel. Barajan un mazo de cartas que no tiene ningún tipo de arraigo con la realidad. Les chupa un huevo la realidad, lo único que cuenta ahí es la intencionalidad política. Cómodo para ellos, que se reparten el juego a piaccere, y peligroso para nosotros, que tenemos siempre las de perder.

Me enoja mucho la marcha de mañana. Temo lo que pueda pasar. Me da impotencia porque no veo la salida. Nos ponen entre la espada y la pared, y aparentemente no hay nada que pueda hacerse más que rogar que el asunto pase tan desapercibido como sea posible. El temor más grande es a la posibilidad siempre latente de que prenda una mecha en los nervios de la gente y que esto pueda desmadrarse en términos de la política y el espacio público. Espero que no. Más allá de un sector minoritario, manipulable y verdaderamente incorregible, elijo seguir confiando en la cordura y en la calma que como pueblo seguimos demostrando. Es muy difícil, realmente. Muy difícil.

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