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Ganar como sea

#Bilardo-Maquiavelo
#ElArtedeConvencer

Una cronista de telefé recorre la casa de Bilardo. Juntos, miran algunos portarretratos que descansan sobre una biblioteca. Encuentran una foto alusiva al Mundial de México y ella aprovecha para preguntarle cuál le había gustado más de los dos goles que Maradona le marcó a los ingleses, si el que hizo con la mano o el mentado mejor gol de los mundiales. “No fue con la mano”, dice Carlos, con una cara de poker que parece broma pero no es.

- ¿Cómo que no fue con la mano?

- No, no fue con la mano. Fue con la cabeza.

Más tarde, frente a la insistencia de la periodista, el Doctor concedió: “¿Alguna vez vio a un acusado que diga ‘sí, yo lo maté’, durante el juicio?”. Aquel partido, ese mundial, para Bilardo no es ningún pasado, sino que lo acompaña allí por donde vaya. Por eso no cede, porque el juicio es hoy, y porque sigue siendo necesario sostener su (im)postura.


El Príncipe, obra consagratoria de Nicolás Maquiavelo, fue escrito en el marco de la filosofía renacentista, cuando el hombre comenzaba a tener un registro de sí mismo como constructor de su propia historia. Ya no corrían más los mandatos religiosos que erguían la moral de la sociedad a fuerza de culpas y castigos. Maquiavelo volcó en El Príncipe la idea de una moral que era propia de la política, o, mejor dicho, de una manera de hacer política despojada de moralidad. Según él, aquel que gobierna tiene que lograr dos cosas: hacerse del poder y luego saber conservarlo. No interesa cómo. “Los medios serán juzgados honorables y alabados por todos. El pueblo se deja cautivar por la apariencia y el éxito”, escribió el político y filósofo italiano en algún pasaje del capítulo XVIII.  


En esas páginas, decía que ningún gobernante reúne todas las condiciones que se necesitan para complacer a los suyos, pero que se las debe ingeniar para que parezca que las tiene. El viejo Maquiavelo apostaba mucho a esa faceta teatral que tenía que ejercitar un príncipe cuando se ponía de cara al pueblo: tenía que hacerles creer que portaba la fiereza de un león, y debía ser convincente en su actuación, si verdaderamente pretendía preservar el control de su ciudad.


En 1969, Estudiantes de La Plata fue invitado a participar de una gira por España, y jugó el partido decisivo frente al equipo de Pontevedra. Agotados los 90 minutos, el marcador había quedado en tablas, y la tanda de cinco penales por equipo tampoco había sido suficiente para desnivelar. Entonces, el referee convocó a los capitanes y les informó que se arrojaría una moneda al aire para definir el ganador. Rápido de reflejos, Bilardo les habló a sus compañeros. El juez lanzó la moneda, pero, antes siquiera de que toque el suelo, el plantel de Estudiantes ya se había fundido en un abrazo y gritaba “dale campeón”. El Narigón, capitán de ese equipo, tomó la moneda y se la devolvió al juez. Nunca se supo qué salió.


Una vez declaró que, ya siendo director técnico, él siempre estaba atento a los fotógrafos que iban a cubrir los entrenamientos de sus equipos, porque no concebía la posibilidad de que saliera publicada en un periódico una foto suya mirando al suelo. “Más de una vez estuve a punto de tropezarme con algún escalón, pero yo sabía que, si conseguían esa foto, podían sacarme una tapa que dijera ‘Bilardo derrotado”. Siempre se mantuvo en guardia, y sobre todo cuando se trataba de Clarín, porque durante más de 40 años mantuvo una enemistad pública con los popes del suplemento deportivo. En una entrevista televisiva, contó que durante ocho años estudió todo lo que hacía Clarín: dónde ponían la coma, cuándo escribían en negrita, qué cosas iban al título y cuáles al final de la nota. Todo.


Maquiavelo arriesgaba, incluso, que es preferible que el príncipe no tenga todas las cualidades que lo harían ver como un hombre ideal, porque entonces actuaría de un solo modo, confiado en su potencia. Si lograra, en cambio, que el pueblo lo viera como un hombre virtuoso, escondiendo sus miserias bajo un disfraz, gobernaría con el “ánimo dispuesto” de una manera dada, pero listo para hacer todo lo contrario, apenas cambiara el viento.


Para él, no manda el más fuerte ni el carismático, sino quien demuestre ser más hábil a la hora de interpretar la realidad y plantear una estrategia para derrotar al enemigo. Y ese enemigo podía ser una fuerza invasora o el propio pueblo del gobernante, si se levantara en su contra. Bilardo, de la misma manera, tenía que procurar ser eficaz para vencer al equipo rival, pero también tenía que ser inteligente para advertir las características de sus propios jugadores y mantener el grupo cohesionado bajo su liderazgo. Antes de viajar con la selección para disputar un mundial, hablaba personalmente con las mujeres de cada uno y entablaba, con ellas, una relación de complicidad, prometiéndoles que los vigilaría y que las mantendría al tanto de cualquier cosa que pasara. “Ellas me defendían a mí, y yo las defendía a ellas”, dijo, cuando fue consultado: era el esquema consolidado de un líder estratega que mantenía el control total de su tropa, a sabiendas de que las batallas se extendían durante mucho más que 90 minutos.


Maquiavelo expresa, en el capítulo XXV de El Príncipe, que esa lectura de la realidad que debía hacer el gobernante estaba dotada de dos elementos primordiales: la virtud, es decir, el caudal de conocimientos que reúne y que pondrá en juego durante la contienda, y la fortuna, que son aquellas variables que escapan a la órbita del príncipe, imponderables que, potencialmente, podrían perjudicarlo. Una virtud de la selección argentina que se coronó en el ‘86, aparte de su as de espadas, era la fortaleza de su defensa, sobre todo en el juego aéreo. De la final, todos recordamos el pase profundo, certero, de Maradona a Burruchaga, que descolocó a la defensa rival y lo puso mano a mano con el arquero. El delantero definió seco, cruzado, y sepultó la ilusión de los alemanes, que habían logrado empatar transitoriamente. Cuenta la leyenda que el Doctor Bilardo, una vez en el vestuario, mostró los dientes a sus dirigidos, porque habían recibido dos goles de cabeza, algo que él consideraba inadmisible. Acababa de ganar un mundial, pero, era tal su fastidio, que nunca lo festejó.


“La fortuna demuestra su fuerza allí donde no hay una virtud preparada”, escribió Maquiavelo, y Bilardo se ocupaba personalmente de fabricar esa virtud, a toda hora y en todo lugar, para tratar de reducir al mínimo la influencia de los imponderables. Oscar Ruggeri, referente de los seleccionados que dirigió Bilardo, recordaba que antes de comenzar un partido, les hacía esparcir algunas rodajas de limón en la franja del campo que le tocaba cubrir a cada uno: de esa forma, si en algún momento sentían que se les secaba la boca, tomaban una y se acababa el problema.


En el Sevilla, también le tocó dirigir a Maradona. Corría el año ‘93 y debían enfrentar al Deportivo La Coruña, que entonces era un equipo fuerte de la liga. Una jugada desafortunada, que lo tuvo al Diego como protagonista, dejó tendido a un jugador del Depor, con una fractura de nariz. El juez pidió la rápida asistencia, y el primero en llegar a la escena fue el médico del Sevilla, es decir, el médico de Bilardo, que se agachó y comenzó a atender al futbolista que había resultado herido. Bilardo, al percatarse de lo que estaba haciendo el profesional, se salió de sus casillas, y empezó a gritarle desde la línea de cal: “¡Domingo! ¡Domingo! ¡Los nuestros son los colorados!”. Las cámaras de televisión se fueron con él, y registraron lo que ocurrió cuando el médico regresó al banco de los suplentes. “¡Qué carajo me importa el otro! Pisalo. Es contrario, pisalo”, se leyó con claridad en los labios del DT.


En otra de sus apariciones televisivas, fue consultado sobre la escalada de violencia que, ya entonces, parecía afectar seriamente a nuestro fútbol. Con gesto adusto, él no dudó en responder: “Lo que pasa es que se perdió la moral. Se perdieron los valores que hacen a la familia, que hacen a la gente”. En su texto, que data de la primera mitad del Siglo XVI, escribía Maquiavelo: “Es loable que un príncipe mantenga la palabra empeñada, pero, aquellos que han sabido burlar al pueblo con astucia, han logrado cosas más importantes que quienes se apoyaron solamente en la lealtad”. Bilardo sigue escondiendo su naturaleza, porque su juicio es hoy, y porque sabe que estará en el banquillo hasta el último de sus días. Y en el juicio, como en la vida, no le importa otra cosa que no sea ganar.