Fantasía o realidad

Culminó la penúltima entrega de este informe con la crítica de Juan, que hablaba de la indignación como una descarga que no será el ladrillo de ninguna pared, porque no tiene la capacidad de transformarse en un elemento de elaboración. “En todo caso, -decía el psicólogo- habrá que comprometerse con el malestar”. Y eso, ¿qué querrá decir? Bueno, por lo pronto, hacer el intento de pensar qué es lo que está pasando, cuáles son las cosas que realmente no están funcionando y qué podemos hacer con eso. Pensar para adentro pero también hacia afuera. Porque pensar con otres, en voz alta, no es una pavada: es el paso número uno para que esas ideas no se vuelen en un cielo inútil, sino que se anclen en el suelo de las palabras. Entonces, una primera pregunta sería: ¿existen esos espacios donde podamos reflexionar colectivamente? Si la respuesta es que no, entonces ya se pone de manifiesto una tarea: construirlos, crearlos, generarlos. No hablo de levantar un edificio ni hago alusión al dinero. Una plaza, de hecho, puede ser un gran lugar para encontrarse. 

Algo así también había dicho Florencia: “Hay que poner sobre la mesa cuál es el sentido de discutir este tema. El asunto es no ceder en la batalla cultural”. Lo que aquí estuvimos tratando de hacer, con el correr de las notas que integraron este informe, fue tirar algunas puntas de pensamiento sobre un tema que es fuerte pero sumamente escurridizo, como la corrupción. Un problema que parece súper concreto pero que, cuando empezás a tirar del piolín, resulta que está relacionado con un montón de cosas que nos afectan cotidianamente, que tiene que ver con lo que somos, pero, sobre todo, con lo que nos falta. Ricardo, Juan y Alejandro I, nos han paseado con sus testimonios por una calle difícil de encontrar, pero que existe. Una calle que más bien es un pasaje, angostita y silenciosa. Un pasaje que por ahí ni siquiera figura en el mapa de la ciudad, que está medio entreverado y que hay que patear para encontrarlo. Es la callecita de lo comunitario, de lo artesanal: la callecita de lo que se hace entre muchas manos, que no está atravesada por el apuro del dinero sino por un “buen vivir” que tiene que ver con las relaciones humanas y con el sentirnos acompañades a la hora de resolver las cosas que haya que resolver. Y de pronto nos encontramos escribiendo sobre el Sumak Kawsay, una filosofía de las comunidades andinas, más acostumbradas que nosotres al reloj de la naturaleza. Y en ese preciso momento fue cuando notamos que habíamos empezado a desvariar. Pero ojo, que el irnos por las ramas está escrito en el ADN de Noticias de Ayer y lejos de amedrentarnos, nos impulsa: “Retroceder nunca, rendirse jamás”, era el lema de Van Damme, en su modernidad ochentosa, y hoy es nuestra motivación posmoderna.

Hay un rock blusero-rolinga-tanguero, o un tango rockero-blusero-rolinga, que compuso Callejeros y se llama “Fantasía y realidad”. Decía Fontanet en el estribillo que daba lo mismo si esa historia era real o ficticia. La cosa iba por otro lado. En este caso no: no queremos escribir confusamente sobre utopías y posibilismos. Si mencionamos estas experiencias que practican los pueblos de barro, allá en Bolivia y Ecuador, y cuyos gobiernos han incorporado en sus políticas, es porque nos interesa ver qué hay más allá de nuestras narices. Y esa interpretación de la vida, tan distinta que parece, existe, y existe acá nomás, en América Latina. Pero sería errado, claro, partir desde ahí para pensarnos. Lo que hay que hacer es hundir los pies en nuestro suelo y tratar de descifrar eso que pisamos. 

Un Alejandro planteó la necesidad de bucear en las aguas oscuras del océano mediático para tratar de pescar algunos medios que nos resulten confiables, cercanos, y que nos ayuden a interpretar la información que tantas veces nos rebalsa. A ver, pongamos un ejemplo de cómo los medios manipulan la información: Hugo Alconada Mon, periodista destacado de La Nación y un estudioso del proceso investigativo sobre Odebrecht y el Lava Jato de Brasil, afirmó en una ocasión que una campaña presidencial puede costar, en nuestro país, alrededor de mil millones de pesos, es decir, unos 30 millones de dólares. Pero, hace un par de días, se pegó una vuelta por la redacción de los Mitre el amigo Diego Cabot (el Rodolfo Walsh de los Cuadernos Gloria) para publicar que, entre 2013 y 2015, las campañas del kirchnerismo recibieron aportes por algo así como 56 millones de verdes. La teca habría salido de las arcas de Taselli, Roggio y Electroingeniería, entre otras manitos amigas. Pero, el asunto, más que saber quién la puso, es poder reconocer qué coño puede hacerse con esto, aparte de indignarse y amargarse la vida. Lo mismo pasa con la olla que se destapó acerca de los aportantes truchos de Vidal: ¿en qué nos modifica? ¿Nos modifica?

Alejandro II, abogado y peronista, se lamenta por estos procesos de corrupción, tan enquistados y estructurales, que hieren de muerte a movimientos que se han pretendido populares y revolucionarios: el PRI es un ejemplo de cómo se desdibujó un proyecto de masas, y sin embargo ahí está México, con su chance renovada de volver a repartir la baraja y de limpiar su propia historia. “La corrupción -decía- consolida mecanismos que son reaccionarios. El telón de fondo es un pueblo viviendo mal, y las mejores condiciones de vida que, pudiendo haber llegado, no van a llegar jamás”. Otra vez: ¿en qué nos modifica? Bueno, en este punto quizá tengamos una suerte de respuesta. Creemos que, al margen de lo que pasa en la cima de la política, inalcanzable para nosotros, hay roles que debemos jugar y aprendizajes para hacer: en eso debemos estar todes de acuerdo. Bueno, se nos ocurre uno de esos aprendizajes posibles, que todavía no hemos hecho como sociedad: tiene que ver con no volver a ser condescendientes con ningún gobierno, pero, sobre todo, con ninguno que sintamos que está de nuestra parte. Todos recordamos esa frase hecha de “no hacerle el juego a la derecha”, ¿cierto? En algunos casos, tenía validez, especialmente frente a las urnas: no avalamos el voto en blanco bajo ninguna circunstancia. Pero, ojo, porque ese razonamiento que habíamos creído ingenioso nos hundió en el fondo del mar. Firmar un cheque en blanco a un gobierno popular, ofenderse porque se lo critique o se lo intente controlar, es una pretensión progre-conservadora que a todas luces ha fracasado, porque el resto de la sociedad tradujo el mensaje como un gesto de ambición desmedida e incluso como impunidad política. ¿Entonces? Entonces no debemos sentarnos a esperar que les polítiques mejoren y estén a la altura de las circunstancias: hay que aprender a hacer ciudadanía, a exigir desde abajo, a criticar con honestidad, dejando de lado las mezquindades y empujando para que esos gobiernos sean cada vez mejores. 

Es apenas una propuesta, un pensamiento que les compartimos a través de esta nota. Creemos que se puede sembrar en este suelo, aunque la tierra no sea tan fértil como aparentemente es en Finlandia. Tenemos un amigo que discute nuestro sistema educativo poniendo el eje en las cosas que pasan en los países nórdicos, cuando hace un par de días secuestraron y torturaron a una maestra que estaba parando la olla en una escuela de Moreno. Dale, decime la verdad, ¡vos también tenés un amigue que te manda links de cosas de Finlandia! Me muero de amor. En el intento de apartarnos de cualquier atisbo moralista, nos aferramos a la opinión de Hugo, cuando expresa que de ninguna manera se puede equiparar al tipo que se cuela en la fila del bondi, o al verdulero que toca un poco la balanza, con una corporación empresarial que paga coimas para quedarse con la licitación de una obra pública. 

En una nota concedida al diario Página/12, decía el Pepe Mujica: “No creo que debamos ser monjes cartujos, hay que vivir como el pelotón de la sociedad, como la inmensa mayoría, y siendo coherentes con un discurso de distribución y equidad, que no solucionará todos los problemas pero que los tiene que expresar”. Felipe es ingeniero y con un amigo tienen una pyme que sacan adelante todos los días. Él piensa que la corrupción es una de las caras posibles de un asunto más grande, que es la negación a jugar en conjunto y el afán de tirar cada uno para su lado: “La única manera de salir de eso es que alguien se pare por encima y que dé indicaciones claras, que comunique cuáles son las herramientas que tenemos para hacer las cosas de otra forma y que nos haga creer que podemos llegar a buen puerto”. ¿Utopía o posibilismo? ¿Transformaciones revolucionarias o pequeños cambios? En el mismo reportaje, publicado el 15 de abril de este año, Mujica mencionó una definición aimara: “Pobre es el que no tiene comunidad, el que está rodeado de soledad”, dijo el líder tupamaro.

“Alguien que nos haga creer”, tiró Felipe, casi como un pedido de auxilio. Pero quizá no esté necesariamente mirando el laberinto por arriba. Quizá esa persona que nos haga volver a creer esté tan perdida como nosotres en esos pasillos que no parecen conducir a ninguna parte. No olvidemos que en algún lugar de la ciudad hay una callecita sin asfaltar, con un empedrado que hace bambolear las bicicletas. No está en los mapas, hay que salir a buscarla.

Las imágenes que ilustraron este informe pertenecen a Momo Sampler, el último disco de Los Redondos, y la autoría es del maestro Rocambole.

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