El espíritu amarrado

#GonzaloGamallo
#LaJovenGuarrior

“Dicen que hay un solo lugar donde el Alzheimer no logra penetrar, ese que recuerda las melodías de las canciones que nos gustan”, escribió Gonzalo, hace un par de semanas, en una nota para el suplemento Radar, de Página/12, que yo estoy leyendo ahora. Ahí, cuenta algunas cosas lindas sobre su abuela Pocha, pero habla también de la muchachada que se juntaba en los bordes de Plaza Almagro con epicentro en el viejo Boliche de Roberto. Y me hizo acordar del bandoneón de Mercado, un flaco con pinta de metalero que se acomodaba en un banquito, detrás de los viejos cantores, pero que yo no podía dejar de mirar. Tomarse un vino en lo de Roberto, escuchando los tangos rotos que el público pedía, era como subirse a la carroza de Medianoche en París y acabar en un lugar que andá a saber de dónde salió. 

Y algo parecido está intentando hacer los miércoles por la noche la banda que integra nuestro gentil hombre, popularmente conocida como La Joven Guarrior. En realidad, cuando le pregunto a Gonzalo qué es exactamente La Joven Guarrior, primero vacila, y luego manifiesta que últimamente han optado por decir que son una compañía: “A mí no me interesa mucho el mote que tengamos, pero entiendo que a la gente algo le tenemos que decir. Y creo que está bien esto: una compañía que hace discos y espectáculos”. El que están presentando en estos tiempos que corren -ese de los miércoles que decíamos recién- ha sido dado a llamar “A lo lejos sonaban disparos”, y cuenta con una puesta teatral que rodea y acompaña cada una de sus canciones. El cantante y violero de la compañía expresa sus ganas de que el público se olvide por un rato de lo que pasa arafue y que experimente su propia carroza, su propio momento difuso.

Permítanme expresar que Gonzalo Gamallo, el Pastor de La Joven Guarrior, es efectivamente un joven de 36 años, ganado de a ratos por el desánimo propio de esta gran nube llamada posmodernidad, que nos ha tocado en suerte a los chavales como él, quienes de niños lloramos con Pie Pequeño y Las aventuras de Chatrán.

En tres minutos de charla me tiró cuatro títulos que podrían funcionar perfectamente para esta nota. Dijo: “Somos una banda de mozos”, “nuestro proyecto es inviable por donde lo mires”, “no me vengan con eso de cambiar el mundo” y “la realidad se cambia con política, no con canciones”. Cualquiera de esos servía, de cajón. Pero, ahora ya gasté los cartuchos acá, así que después voy a ver qué hago. La cuestión es que veníamos charlando sobre el mensaje que puede dar una banda de música y sobre esta idea -trillada, por cierto- del artista militante. Y ahí es cuando el posmodernismo parece anidar en el árbol gamallista. Él mismo confiesa tener una mirada más nihilista sobre estas cosas: dirá, en distintos momentos de la charla, que se arregla con poder hacer algo que le guste a él mismo y que pueda resultar bello a los ojos de los demás. Lejos quedó esa pretensión de hacer canciones como si fueran granadas que luego serán arrojadas a la trinchera enemiga: “El rock, visto como un gesto de rebeldía, me parece que no tiene ningún valor”, predica el Pastor, aunque la suya, en todo caso, se parece más a una anti-prédica.

Cuando habla de política, sin embargo, sopla su nube posmo y hace que se esfume. Ahí, ya no siente que seamos prisioneros de la nada. Ahí hay un mundo que respeta, y en esa percha cuelga algunas de sus ilusiones. Cuando decía eso de que las canciones no cambian la realidad, ensayaba también una defensa de las personas que salen a militar todos los días, poniendo el cuerpo y bancándose la que se venga. Su exposición, en todo caso, es de otro tipo: él se sube a un escenario y toca la guitarra y procura con su banda generar una metáfora, acaso un interrogante, en ese público que gentilmente se acercó a verlos tocar -y actuar-.

Me quedé pensando en ese mote de “compañía”, que suena a compañía musical, pero, también, a compañía discográfica, o simplemente a “una compañía”, es decir, una empresa: “Domingo Pedorro y cía”, ¿no? Y eso pasa porque estamos acostumbrados a decir palabras, tantas veces, sin detenernos a pensar qué quieren decir. Y una compañía, en definitiva, es solo eso: alguien que está cerca, que se apresta de manera tal que no nos hundamos en el pozo de la soledad. Y una compañía musical, por más que el sentido común nos haga pensar instantáneamente en la industria, es sencillamente esto otro: una canción que está ahí, con vos, prestándote atención; esas melodías que nos gustan y que ni siquiera el alemán consigue vulnerar del todo.

La lógica capitalista, acoplada al camión de la posmodernidad, es un cocktail farmacológico que no se lo receto a nadie. Gonzalo cuenta que, cada vez que le toca escaparse con su música más allá de Buenos Aires, se encuentra con una respuesta distinta: “En los pueblos se sobreentiende que eso que estamos haciendo es trabajo, y es lo que nos da de comer; pero acá, ¿sabés qué?, no, acá no se sobreentiende”. Teikirisi, querido público porteño de la Guarrior, no es con ustedes la cosa. Más bien es con algunos boliches de buen porte, que tienen la manija y se quedan con el 30 en la puerta, y que pretenden no saber que detrás de las bandas hay pibes y pibas de carne y hueso, que laburan de la música y tratan de ganarse la vida. “Eso es algo que me parece notable y que tiene que ver con esta lógica de mercado, porque acá hay 25 millones de músicos y, si no agarramos nosotros, agarra el que viene atrás. Es lo mismo que le pasa a cualquiera que sale a buscar laburo”. Difícil, no aferrarse al nihilismo, más no sea un rato, si tenemos el espíritu amarrado con mil nudos marineros.

Más arriba me permití una broma, cuando dije que Gonzalo es un joven de 36 años. En realidad, tan joven no es, y él lo sabe. La Guarrior, de hecho, tampoco es tan joven como parece. Pero es una banda que acepta el desafío de estar parada en el medio, con lo que eso implica, en estos tiempos de grieta. ¡Imperdonable! Ellos son una banda de música y un grupo teatral. Bah, mejor dicho: no son ni una banda de música ni un grupo teatral. Ellos resisten tratando de ser fieles a lo que les gusta, y si el ambiente del rock les pasa poca cabida, me da la impresión de que los tiene sin cuidado. Son una banda de mozos que se siguen juntando a tocar porque la pasan bien así. Son una compañía musical.

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