Enseñar o castigar

#Escuela
#Policía

Martes cualquiera, recién levantada, mate en mano, encendí la radio. Esa mañana, justo justo, estaba estudiando algunas cuestiones de la Educación en Contextos de Privación de la Libertad: las tensiones que hay entre el aprendizaje y la vigilancia, las historias de vulnerabilidad y exclusión de los y las jóvenes que estudian en estos contextos de encierro, y esas yerbas. Nada fuera de lo común, para una pedagoga más o menos atenta a la coyuntura educativa. Encendí la radio y me dispuse a oír una serie de malas noticias sobre la inflación, el dólar, la industria y etcéteras.


Y ahí, de repente, como cuando te cebás un mate pero se te escapa el chorro y te quemás la mano, o cuando abrís la canilla de la manguera y la tenías apuntándote a la cara, escuché la noticia: la Gendarmería Nacional -sí, esa que secuestró, ocultó, mató y tiró al río a Santiago Maldonado hace un ratito nomás-, la que se supone que nos tiene que cuidar de les de afuera pero viene matándonos adentro, la fuerza de seguridad para les poderoses -es decir, de inseguridad generalizada-, tendría una nueva tarea: “Educar en valores, democracia y república” a los y las jóvenes más vulnerables de nuestra Patria. 


Sigo tratando de aminorar el dolor que se te aloja en el pecho cuando el miedo te inunda, de parar la pelota y poder decir algo, como pedagoga pero, también, como integrante de este cocoliche de colores que es nuestro bello país. El tema da para varias tesis, pero el formato académico y la comunicabilidad no se llevan bien -¿como perro y gato?-, así que voy a limitarme a tres ideas que deberíamos tener muy claras y que muestran lo ridículo y peligroso de la Resolución N° 598/2019 del Ministerio de Seguridad comandado por una señora de apellido oligarca y militancia errática:

1. Conociendo -un poco nomás- cómo funcionan los espacios educativos dentro de las instituciones que están a cargo de las fuerzas de seguridad, se deduce que, lo que para la Ley de Educación Nacional es un derecho, para esas otras instituciones es un beneficio. Para el sistema penitenciario, por ejemplo, la educación es el beneficio de haberse portado bien, de haber hecho caso, de no romper las bolas. ¿Qué quiere decir esto, en criollo y en presente? Que el Servicio Cívico lanzado a los medios estos días propone un espacio “educativo” en clave de beneficio: “Te hacemos el favor, pibe, de que aprendas a formar y a saltar como una rana”; “te vamos a sacar para siempre el derecho a la educación, pero, en su lugar, te damos el beneficio de que comas algo mientras aprendés a portarte bien”.

2. Una de las frases célebres de los defensores del Servicio dice algo así como “esto es para los jóvenes que no están haciendo nada”. El debate filosófico sobre el todo y la nada, vamos a dejárselo al compañero Darío Z. Lo que me interesa de esta frase es la pregunta que está contenida ahí: ¿por qué? ¿Por qué “hacen nada”, los pibes y las pibas apuntades por este proyecto? ¿No estudian porque no quieren? Este es el problema, cuando nos olvidamos que la educación es un derecho. Y no solo un derecho, sino un deber del Estado garantizarla. Entonces, si un pibe no está en la escuela, la causa es que le robaron su derecho, y la cosa es que el Estado no está haciendo sus deberes. Y, con el Servicio Cívico, ¿cumple con su deber? No, porque el derecho a la educación lo garantiza la educación, es decir, toda esa gente que está capacitada para enseñar. 


3. El Servicio Cívico Voluntario en Valores está, básicamente, segmentando las trayectorias educativas -sí, eso que el gorilaje le criticó a Perón cuando abrió la Universidad Obrera Nacional, que al menos quedaba dentro del sistema educativo-. Esto consiste en generar trayectos de formación que corren en paralelo -si tuviste la suerte de ir a la escuela, te acordarás que las paralelas no se juntan nunca-, o sea, la idea es que haya jóvenes que ejerzan su derecho de ir a la escuela, de aprender y producir ahí, y otres recibiendo el beneficio de una formación sin ningún componente pedagógico-didáctico. Ese componente es el que les enseña no solo “cosas”, sino, sobre todo, a considerarse personas con derechos, personas críticas, personas con capacidad de crear. 

Todo esto va en contra de cualquier definición de “inclusión educativa” que encontremos, no porque lo diga yo, sino porque va en contra de todas las leyes, resoluciones y tratados internacionales que este mismo gobierno considera normativa vigente -incluso de resoluciones producidas en el marco de este mismo gobierno-.

De los ricos se encarga la escuela, de los pobres se encargan las fuerzas de seguridad: eso es lo que se está discutiendo, y eso es lo más preocupante. Si alguna vez tuvimos la osadía de pensar, creer, imaginar, soñar, que la educación podía ser un factor de democracia, de justicia social, de soberanía, de libertad, lamento decirnos que estamos al borde de todo lo contrario. Esta decisión de Cambiemos, no es una pieza más de lo educativo, sino una definición: el vulnerable ya no es un otro al que alojar, sino un elemento peligroso. La teoría del enemigo interno ha vuelto, ya no como gran relato de una sociedad distinta que pudo haber sido, sino encarnado en los y las jóvenes, individual y solitariamente.

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