El teatro de los desgraciados

#CrimenDeEzequiel

Imaginen esta foto: siete pibes sentados en la vereda, contra la pared, aprovechando la sombra de un árbol para eludir el sol de febrero, mirando a la cámara con las manos apoyadas en las rodillas. Sobre sus cabezas están los skates, colgados prolijamente del muro que desemboca en la esquina. Y entre los skates, incómodo, el octavo integrante de esta banda de amigos, levantando el pulgar y sonriendo más que ninguno bajo la pequeña sombra de su gorra oscura. Tras él, un cielo casi turquesa.


Pasaron dos años pero está tan fresca hoy, en el perfil de facebook de Ezequiel. Y este verano se fue con tres amigos a la costa. Unos días nomás, ellos solos de vacaciones, quizá por primera vez. Estaba entusiasmado. “Nos esperan aventuras re locas”, escribió antes de partir, como epígrafe de otra foto donde se lo ve junto a dos de sus compañeros de viaje. Hoy se cumplen diez días de este, su último post. Mochila al hombro y skate bajo el brazo, se fueron a andar en pistas desconocidas y a mezclarse con otres que seguramente vendrían, desde sus pueblos y sus ciudades. Buen decorado sería el mar, para ese plan que tenían en mente.


Del otro pibe, poco se sabe. Tiene 17, igual que tenía Ezequiel, fue detenido en Caballito y declaró que en realidad no lo había querido matar. ¿Estaría ya en Miramar cuando llegaron los chicos con sus skates? ¿Habrá viajado con su familia? ¿Se habrán cruzado andando descalzos por la orilla, el muerto y el matador, en las vísperas del crimen? ¿Qué pensará sobre la vida, ahora que sabe cómo quitarla?


Según cuentan los diarios, ya había anochecido cuando este grupo de amigos estaba andando por la peatonal, divirtiéndose en sus tablas de madera. Evidentemente distraídos, uno de ellos se chocó con una pareja que caminaba con su pequeña hija. Nadie se lastimó, pero sin embargo la mujer los trenzó en una discusión. Su marido, mientras tanto, recurrió a la Policía, con el pretexto de que estaban armados y habían intentado asaltarlos. Los chicos no se alejaron del lugar porque no tenían nada que esconder. Finalmente, unos agentes los requisaron y corroboraron que apenas llevaban consigo un puñado de encendedores. La situación parecía diluirse y los curiosos se disponían a retomar sus caminatas, pero entonces alguien decidió que a esta obra le faltaba un acto. Y decidió también, en un casting veloz y unilateral, que él sería la figura estelar de aquella escena final. El adolescente de 17 años resolvió que ya era lo suficientemente adulto como para hacer justicia por mano propia, incluso sin saber bien de qué se trataba la cosa, e incluso sabiendo que la Policía ya había tomado cartas en el asunto.


En un abrir y cerrar de ojos, se apartó del público y se trepó a su escenario mental. Sin que nadie pudiera disuadirlo, le propinó a Ezequiel una piña que al cabo de 24 horas acabaría con su vida, en un hospital de Mar del Plata. Los efectivos de la Policía, esos que ya habían dado intervención y que permanecían ahí, en el lugar de los hechos (luego la escena del crimen), son responsables de no haber protegido al joven frente a la furia desmesurada de su agresor. Dijo que no quiso matarlo, y seguramente es cierto, y seguramente tiene miedo ahora, y probablemente le haya caído alguna ficha de lo que hizo. Lo que también es cierto es que él ya no interesa. Tuvo lo que quería: se subió a las tablas y protagonizó el desenlace de su ficción: lo imaginó, escribió el guión y se consagró. Fue más que un espectador. Fue mucho más. Y lo hizo todo sobre la chicharra. Incluso sin medir las consecuencias de lo que hacía. Un justiciero sin aplausos que se zambulló detrás del telón y se tomó el raje, de regreso a la Capital. Pero ya no hay vuelta atrás para él.


Ezequiel, un chico sin obra ni teatro, que no era público ni intérprete y que nada más estaba de paso, con sus amigos y el mar como decorado. Venía desde Catán, el fondo del Conurbano, y el único plan que había elucubrado era el de andar en patineta “con el corazón lleno de amor”, como decía su foto de perfil ahora convertida en mármol. Ezequiel se quedó con las manos vacías. Un dedo acusatorio, un par de mentiras infames como combustible barato, el racismo y la hipocresía de una sociedad sin alma como un fósforo siempre listo para raspar, un par de imbéciles con uniforme mirando para otro lado en el único momento que debían actuar y una fogata solitaria que se enciende de la nada, triste, casi por inercia o compromiso.


En el retrato del mármol se lo ve con el pelo cortito en el vagón de algún tren. Lleva su skate en una mano y con la otra se sostiene de un caño. Estaba conversando con uno de sus amigos, y un tercero lo detuvo para siempre en esa foto. Ezequiel Lamas, el Pipi, se quedó con las manos vacías por culpa de una sociedad productora de pequeños monstruos y bandidos, que atacan por sorpresa y huyen como ratas a buscar cobijo. Ya no hay nada para el muerto, y ya está muerto el matador. Dos pibes que tenían 17. Catán, su barrio que lo quería, se manifestó para pedir que se haga justicia. Su madre, cuando tuvo frente a ella los micrófonos de la televisión, lo único que le pidió al otro joven fue que ya no vuelva a hacer algo así.

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