El pueblo rey

#GlobosPinchados
#LibretosIncendiados

Con el resultado puesto de las PASO, nos pusimos a escribir un par de notas, y lo hicimos tan pronto como pudimos. Fueron tres. La tercera, si mal no recuerdo, la sacamos el miércoles de esa semana de fuertes vientos y marejada. Ese mismo día, Mauricio se había levantado reflexivo, compungido, casi culposo, por unas declaraciones desafortunadas que había hecho. Y ahí nomás resolvió hablarle al pueblo y decirle que lo entendía, que realmente había recogido el guante de las urnas. Estaba arrepentido el presidente, y nos contaba, también, de una serie de medidas que había resuelto, para que la incertidumbre cambiaria no nos comiera el bolsillo: bonos, quitas de IVA, congelamiento de precios, blá. 


“Se le quemó el libreto a Cambiemos”, pensamos. Después vino el show de Lilita, en ese gabinete ampliado, que nadie entendió bien qué fue. Una sala de teatro aplaudiendo de pie el discurso de una mujer verdaderamente incomprensible. Un espacio político que encontró terreno fértil y creció en silencio, a la sombra del decenio kirchnerista. Hasta que un buen día, allá por 2015, nos enteramos por el voto popular que el árbol había crecido más de la cuenta. Sus frutos eran amarillos, pero no eran limones ni bananas. Eran globos. No alimentaban a nadie, no se podían exportar. Ni siquiera eran esos de gas, que se van para arriba. Un árbol lleno de globos amarillos que lo único que hacían era distraer a la gente, como si fuéramos un pueblo de niños. 


Pero, esas tácticas de distracción, ¿cuánto pueden durar? Incluso los niños, llega un momento que ya no quieren saber más nada con el globito. Que tienen hambre, que tienen ganas de hacer otras cosas. Y encima crecen. Los chicos crecen, se hacen adultos, asumen responsabilidades. Se le quemó el libreto a Cambiemos. Un libreto de muy pocas páginas, por cierto. ¿Sabrán que los chicos crecen? ¿Sabrán que, incluso cuando son chicos, no se comen todos los amagues?


Parece que no le fue bien, a la casa de cotillón. Arrancó con ganas: repartieron volantes, sacaron la pizarra a la vereda con un par de frases escritas, le pusieron entusiasmo. Pero no anduvo, che. Y ahora que está por bajar la persiana, igual que tantos comercios -por muy emprendedores que hayan sido-, al dueño no se le ocurrió mejor idea que salir a regalar caramelos por toda la cuadra. Pero, no es que le dio caramelos a los nenes que no tienen plata para ir al kiosco. Salió a repartir dulces indiscriminadamente. Se acercaba a sus vecinos pero se lo veía desencajado. Los nenes medio que se asustaban, y los mismos papás, que al principio le compraban cosas, ahora le daban vuelta la cara. 


Después de la arenga aberrante de Carrió, y habiéndola confirmado como una de las piezas claves del entramado oficialista -curiosa decisión-, apareció el bueno de Campanella convocando a una marcha. Sí, una marcha: dícese de la acción más detestada por los fans de la política moderna, transcurrida en la calle, ese lugar horrendo, intentando congeniar con la muchedumbre pero si es posible sin despeinarse. Bué. Esta manifestación, en apoyo al presidente, sucedió el último sábado, y fue otro de los síntomas de la peronización de los chetos. Bueno, dicho así, suena un poco fuerte. Mala mía. Pido perdón como Macri, es que ayer dormí mal. Pero, el punto G de esta marcha no fue la muestra de incondicionalidad al gobierno -totalmente válida y hasta necesaria, para liberar tensiones- sino la sorpresiva reacción del presidente, asomándose al balcón de la Rosada y estirando ambas manos en dirección a sus fieles, que habían llegado a la plaza en buen número: los quería abrazar, les estaba ofreciendo su corazón como Rodolfo. Se lo vio conmovido por ese fervor popular, y ya que estaba ahí aprovechó para hacer un poco de demagogia populista. Total, no le costaba nada.


El asunto es que, cuando creímos que ya habían traicionado bastante su propio espíritu libertario, no va que aparece un amigo tucumano, productor agropecuario, y toma la batuta de la desesperación. Pero, ¡ojito! No vayamos a pensar que lo que propuso este hombre tiene siquiera alguito que ver con alguna forma de clientelismo. Lejos de eso.


Se llama Gonzalo Blasco. Ayer, en una entrevista que le concedió a LN+, aclaró eso que ya había empezado a correr por todos los medios como vino en nochebuena. Efectivamente, Gonzalo se tomó el trabajito de juntarse con la peonada, y les propuso un trato que no le hace mal a ninguno: si Macri llega al balotaje, él les regala un bonito de 5 mil pesos. ¡Chochos quedaron los compañeros! Bah, eso dijo Gonzalo: que agarraron viaje de una y que les pareció bárbara la propuesta. Pero, no, ¡caramba! ¿Qué tiene que ver esto con el clientelismo? Él lo explicó perfectamente: no los induce a votar a nadie en particular, nada más les comenta a los gauchitos que si gana Macri se va a poner tan contento que les va a soltar unos mangos. ¿Y si no gana? Bueno, en ese caso le va a pegar por el lado del patroncito malo, y nunca se sabe con quiénes se las puede llegar a agarrar. Pero, ¡vamos! Pensemos en positivo.


“Manotazo de ahogado”, podría ser el título de esta nota. Pero, no sé. Lo tengo que pensar mejor. Lo cierto es que esos 15 puntos de diferencia que arrojaron las PASO fueron un terremoto político. ¿Qué quiero decir? Que se quemaron todos los libretos, no solo los oficialistas. Durán Barba se armó las valijas y se fue silbando bajito. Macri se quedó solo en el centro del ring y le corrieron hasta el banquito, como decía Ringo. Su contrincante es el pueblo. Siempre lo fue. En los primeros rounds fue llevando la pelea, pero en algún momento su rival le empezó a tomar el punto. Y lo curioso es que nosotros, nosotras, que tantas veces la vemos desde la platea en lugar de subir al ring, no vimos venir este final. No creímos que el retador sería capaz de sacar el gancho a la mandíbula que sacó, a pocos segundos de la campana. 


En algún momento de estos cuatro años, todos pusimos en duda el factor humano de la política, o su faceta tradicional, ese mote que tratamos de evitar. Y el abc de la política dice que hay que juntarse con la gente; que hay que decir pero, sobre todo, hay que parar la oreja. Que hay que mover el ocote y estarse ahí, en cada pueblito, en cada rincón. Corta la bocha. Si son políticos de verdad, van a hacer el laburo de una manera genuina. Si no lo son, van a estar ahí con la sonrisa dibujada, como si fueran mimos. Y el maquillaje no dura para siempre. En algún momento se te va a empezar a correr.  


Cambiemos besó la lona. El juez le está contando hasta diez, pero nada indica que se vaya a volver a incorporar. Fue la primera defensa del campeón, y recibió una lección de cómo se pelea. El cinturón, otra vez, está a punto de cambiar de manos. El retador va a ser el rey, y habrá que ver cómo defiende su corona.

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