©2019 by Noticias de Ayer

El parto de dos rottweilers

#NoFicción
#HistoriaReal

Era verano. Habíamos caminado cerca de tres kilómetros. Durante el primer tramo, bordeamos la ruta principal, la que te saca del pueblo y te remolca selvadentro. La vista fija en el intrincado terreno que hacía de banquina y el paso desacelerado para tratar de pisar donde convenía pisar. A contramano del tráfico, cada vez que la carretera se vaciaba nos subíamos al asfalto y seguíamos camino por ahí. Cuando una curva se cerraba hacia la izquierda, cruzábamos de mano y volvíamos a ocupar la banquina de tierra reseca y basura desperdigada. Serían las once de la mañana y el sol mostraba los dientes como no lo había hecho durante los días anteriores. El cielo nunca es todo celeste en esta parte de la selva ecuatoriana; solo cada tanto se deja ver entre nubes. Esa mañana y a la vera de la ruta, sin embargo, el calor comenzaba a sofocar. A la vuelta de otra curva pronunciada, doscientos metros más arriba y justo cuando empezábamos a dudar de la dirección que llevábamos, alcanzamos a ver el cráneo del toro, alzándose por encima de las otras cartelerías. Al fin. Esa era la señal y ahí estaba, en efecto, el camino que se divorciaba de la ruta y se abría para adentro como un tajo en la piel de ese paisaje.


Por cierto, estábamos yendo a conocer una reserva de monos, rescatados en diversas circunstancias y protegidos en ese lugar. En Ecuador, prevalece el respeto por los animales y por la naturaleza frente a cualquier ansia de lucro que una persona pueda tener. Las reservas de este estilo, incluso los llamados zoológicos, son sitios de grandísimas dimensiones, a tono con la selva que los rodea, donde los visitantes pueden interactuar con los animales sin que se sientan acorralados ni pierdan la libertad. Muchos no están en condiciones de retornar a la selva, tras haber vivido en cautiverio, y allí simplemente se los cuida y respeta.


Tomamos el camino del toro, una ruta asfaltada e incluso mejor conservada que la que habíamos dejado atrás. Sabíamos que teníamos por delante un tramo más corto que el andado: aún así, el calor y la sequedad del ambiente nos jugaban en contra. Esta vez, las curvas y contracurvas no eran un problema. En su lugar, la ruta crecía y decrecía, como un mar de grandes olas. Éramos los únicos caminantes en los bordes de aquella geografía. Cuando alzábamos la vista y veíamos al asfalto empinarse delante nuestro, la cabeza se agachaba y el cuerpo se nos inclinaba hacia adelante, como si corriésemos el riesgo de derrumbarnos hacia nuestras espaldas, en un alud de poca monta que no saldría en los periódicos. Cuesta arriba, era imposible ver más allá de la cima, entonces volvíamos a cruzar hasta la otra orilla del asfalto para andar con más seguridad. De pronto, un cartel percudido por el tiempo nos invitaba a tomar la calle de tierra rumbo a la reserva. Ahora sí, ya estábamos cerca.


Barrio de casas dispersas. Un negrito ladra desde el porche de una casa blanca y la mujer se asoma por la ventana para ver la novedad. Al fondo, un caserón inmenso que puede ser un hotel o bien la morada de algún personaje que hizo buen dinero. A lo lejos ya se oye el rugido de dos rottweilers, que poco se parecía a los quejidos inofensivos del mestizo de ahí atrás. Estamos a más de una cuadra de distancia pero los vemos saltar sincronizadamente, asomando sus cabezas por encima del portal de entrada. A medida que nos fuimos acercando, confirmamos nuestras sospechas: eran dos cabezas de gran tamaño, surgiendo y resurgiendo en intervalos regulares y enseñándonos sus gestos de ansiedad mientras chumbaban. Desde adentro, alguien los llama con pereza, diciéndoles que no molesten, como si no los adiestraran para que hagan precisamente eso que estaban haciendo.


No sabíamos si era Puyo. Probablemente no, y entonces no podríamos precisar el nombre del barrio aquel. Nosotros nos estábamos hospedando en las afueras de Puyo, y fue desde ahí que nos vinimos caminando. Parábamos en la casa de una pareja gentil. Dos personas de sonrisa liviana y de palabras que andaban sin apuro, con un tono de voz alejado de nuestras pretensiones urbanas.


No teníamos más remedio que seguir avanzando en dirección del templo de los rottweilers. El camino de tierra se perdía por allí atrás y nosotros debíamos perdernos tras él si queríamos llegar al sitio que andábamos buscando. Algunos segundos después, tuvimos frente a nosotros el portón de esa casa desmesurada, y entonces vimos que efectivamente la calle seguía el trazo del terreno de los perros, apenas separada por un alambrado que tenía gusto a poco. Una enredadera había tomado la mayor parte de ese tejido delgado, por momentos frondosa y desprolija.  


Charlábamos sobre otras cosas, tratando de no prestar mucha atención a esa hostilidad que se nos venía encima. Nuestra caminata promediaba las dimensiones del terreno y por un instante tuvimos la impresión de que nos habíamos librado de sus ladridos amenazantes. Pero, de pronto, vemos que los cabezones pegan la vuelta por el lado opuesto del parque, bordeando una pileta de natación, y que se ubican en el tramo final de la pista, como los banderilleros de las carreras de automovilismo, para abuchearnos desde ahí lo que creyeran conveniente.


La charla disuasiva acabó, y en su lugar se instaló un silencio perturbador, contrapuesto a sus ladridos llenos de baba, suplicante de que esa cosa termine de una vez. Y entonces ella me dice “hay un agujero, van a salir”. Yo le respondí que no, que le habrá parecido, pero ella ya había visto que uno de los perros atravesaba el tejido con la cabeza. Nos separaban unos diez metros, quizá menos, del alambrado roto. Si era cierto que iban a salir, entonces ya no teníamos margen más que para dos opciones: o corríamos hacia atrás, deshilachando nuestros pasos, o seguíamos la caminata con la mayor hidalguía posible, tratando de desalentar la embestida canina. Sea cual fuera la decisión que tomáramos, era una cuestión de décimas de segundo, porque ya estábamos prácticamente encima, y debía ser un movimiento mental, una estampida telepática, porque ya no estábamos en condiciones de andar charlando al respecto.


Gracias a dios, ninguno de los dos atinó a correr. No es bueno que un perro te corra de atrás. Aparte, nos habrían alcanzado con relativa facilidad. La decisión estaba tomada: nunca nos detuvimos. Los ladridos tampoco, y no solo eso, sino que a esa altura de las cosas explotaban en sus gargantas. Y lo inevitable empezó a pasar. El tamaño de la matriz no era suficiente para que cupieran los dos en ella, y esa fue la razón que los demoró un momento más de lo previsto: la ansiedad les comía el cerebro, y ambos quisieron cruzar el portal a la vez. Pero, en un abrir y cerrar de ojos, lograron zafarse, y el alumbramiento ya no se haría esperar más. Dos mastodontes, brotando furiosamente de su vientre de alambres retorcidos, apenas recubierto por plantas que habían sido arrancadas. El sol del mediodía apretaba como un puño, justo encima de nuestras cabezas. La tierra reseca se convertía en polvo a los pies de nuestro estupor. Hice un gesto con la mano y habré gritado algo que no recuerdo. Los rottweilers no nos embistieron. El temor infundido les habrá parecido suficiente por esa vez. Nosotros seguimos camino sin voltearnos a ver, y sin saber bien dónde era que estábamos yendo. De regreso al pueblo, ya entrada la tarde, nos tomamos un taxi.