El juego de la gorra

Acabo de firmar una carta pública, que ya tiene un par de días circulando vía redes sociales y que intenta ser un llamado a la reflexión frente a un proyecto de reforma que proviene del Ejecutivo de la Ciudad de Buenos Aires y que pretende avanzar en sentido opuesto a la caminata de la humanidad, entiéndase, atropellando la cultura y ampliando el marco de la represión en lugar de apelar a la razón y la sensatez. 

El texto de la carta señala que la música y la danza tienen un desarrollo en espacios comunes desde el amanecer de la historia del hombre, durante los rituales de caza o alrededor del fuego que de noche compartían las comunidades. Pensar en “criminalizar un comportamiento cultural de miles de años, tan instalado en nuestro ADN, es como querer tapar el sol con las manos”, sintetiza el escrito, firmado no solo por artistas, callejeros y no callejeros, sino también por docentes, fotógrafes, periodistas, amas de casa e incluso desocupades, que se han tomado un momento para adherir a la causa.

El sitio oficial de la Legislatura de la Ciudad publicó el 12 de junio una nota de carácter informativo, a propósito de este proyecto de reforma que impactaría sobre algunos artículos del Código Contravencional; y claro, como son de todo menos giles, la primera modificación que plantean tiene que ver con regular el hostigamiento y el acoso en la calle, para tratar de garantizar que las mujeres puedan caminar libres y tranquilas: algo que, por supuesto, celebramos y acompañamos. Y ahí, justo ahí, cuando pensás que qué bueno, cuando creés que al final hay gente copada en el gobierno, ahí te la mandan a guardar: la letra que engendra la polémica la vas a encontrar siempre detrás de alguna ligustrina, como al Rabino Bergman. Y en este caso, la polémica, más que polémica es un descalabro, porque pretenden que la música hecha en un bondi o una pequeña obra celebrada en la peatonal puedan traducirse en ruidos molestos, y que una denuncia anónima sea motivo más que suficiente para habilitar que la policía actúe.

Pero no quiero que la nota se me vaya por la canaleta de lo que representan las fuerzas de seguridad, la venia política que sustenta la intervención en diversos ámbitos y la salvajada que es capaz de alojar la mente de cualquiera de estos “efectivos” vestidos de azul. Estamos a poquitos días del aniversario de la desaparición de Santiago. Pensemos en la mala vida de las trabas y les senegaleses. Recordemos lo que pasó durante las marchas de diciembre. Con eso ya más o menos estamos, ¿no?

Ok, entonces sigo. Hablamos con el payaso Chacovachi, callejero histórico y organizador de múltiples encuentros anuales que reúnen a los artistas del empedrado y que han sentado las bases para que se den una organización, derecho básico de cualquier colectivo de trabajadores. Él aclara que no es una cuestión que afecte únicamente a los artistas callejeros sino más bien a toda la comunidad, dado que, de aprobarse esta reforma, se vería cercenada la posibilidad que tiene la gente de acceder a este tipo de espectáculos populares: “Hay serios problemas económicos, y bien sabemos que cuando la guita no alcanza, el arte es lo primero que se recorta. Pagar la entrada para ver una obra de teatro, hoy es un lujo. Pero, ¿qué pasa? Nosotros seguimos laburando igual, porque no va a pasar nunca que una sociedad se quede sin arte, y el artista callejero ofrece esa chance de participar gratuitamente de un espectáculo”.

Chacovachi laburó en Plaza Francia desde que la democracia abrió los ojos hasta que el menemismo la hizo lagrimear, y fue el primero que pasó la gorra en Buenos Aires: metodología de la supervivencia que hasta entonces desconocíamos. Él vivía de lo que levantaba en los epílogos de sus espectáculos. Pero, en algún momento de los noventa, la cosa se empezó a poner más espesa, y más de una vez se lo llevó detenido la Policía. Ya sabe más o menos de qué se trata el asunto, y entonces se pone en la piel de les pibes que ven venir el nubarrón y sienten miedo de lo que les pueda llegar a pasar. ¿Y qué les puede llegar a pasar? Que la Policía se tome el trabajo de denigrarles, que les afanen los instrumentos musicales o las herramientas de trabajo, que les emboquen multas de hasta dos lucas o que marchen preses hasta cinco días. Hay una sola pregunta que nos podemos hacer: ¿a qué persona de bien, esto le puede parecer razonable?

Hace unos meses, el colectivo La Garganta Poderosa fue invitado por el espacio político Podemos a disertar en el seno del Parlamento español y participar de actividades en ambientes universitarios. En su discurso, el compañero Nacho Levy mencionó algunas atribuciones legales muy controvertidas, cuando no discriminatorias, que, aunque parezca mentira, siguen vigentes en nuestro suelo: “En la Provincia de Córdoba, el merodeo es una figura penal. ‘Merodeo’ es lo que distingue al blanco que pasea del negro que merodea, de la misma manera que la ‘ofensa a la moral pública’ segrega a la universitaria sexy de la villera que muestra de más. En Formosa, la Policía detiene a los malabaristas que laburan en los semáforos, amparándose en una norma provincial que dice que ‘no se pueden mantener elementos suspendidos en el aire que puedan afectar la integridad física de terceros’, una cláusula que debe existir para que no cuelgues una maceta de 400 kilos en el balcón, sostenida por dos piolines, y que ellos usan para cagar a palazos a un flaco que está tirando cuatro mandarinas para ganarse el pan”.

Por la amenaza que implica este proyecto de reforma, llevan semanas autoconvocándose frente a la Legislatura porteña centenares de artistas callejeros, dispuestos a participar activamente de esta batalla cultural y física que propone el gobierno de Cambiemos, no solo en Buenos Aires sino a lo largo y ancho del país. Hay una intención manifiesta de dotar de más facultades a una Policía gravemente cuestionada por sectores que bregan por los Derechos Humanos, no solo los organismos sino también el CELS, no solo acá en Argentina sino también en otros países del mundo que observan con preocupación el vuelco que se está produciendo. No es nuevo: es la continuidad de una línea discursiva que comenzó hace tiempo, embarrando a las Abuelas de Plaza de Mayo para que el pueblo las crea capaces de corromperse y alentando frases peligrosas como aquella que hablaba del curro de los Derechos Humanos. Del otro lado, la organización inevitablemente caótica del campo popular. 

El lema central de estas manifestaciones es que “el arte no es ruido molesto”, y que, lógicamente, no puede jamás constituir un delito. Chacovachi se ríe para no llorar cuando piensa en la implementación de las denuncias anónimas en manos de la Policía. Dice que 200 personas soltando una carcajada o aplaudiendo al artista pueden ser un ruido molesto para una mente desquiciada. Por esa razón, asoman los carteles de la lucha: “No a la criminalización de la cultura”. Son momentos bravos, no solo por la brutalidad que el gobierno a través de sus fuerzas es capaz de engendrar, sino porque están en juego incluso los parámetros más básicos de la convivencia social. Se mueve el suelo que muchos, inocentemente, habíamos creído garantizado. Y otra vez, aunque duela, por mucho que canse, hay que salir a poner la jeta. 

En el parque, un domingo de sol, te vas a encontrar con una ronda grande, de chiques y adultes que parecen disfrutar de algo que está pasando en el medio. El artista, al final del show, pasa la gorra entre el público. La ronda se disuelve y la gente se lleva un momento de alegría que no le costó casi nada. Pero posiblemente también te encuentres con que esa ronda, aparentemente inofensiva, va a estar siendo vigilada desde las sombras, y con que al final del show, después de haber pasado la gorra, ese artista será increpado y castigado por el trabajo que acababa de hacer. Y vos, amigue, decime, así las cosas, ¿con qué gorra te quedás?

El carnaval de arlequín, Joan Miró

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