El futuro de hoy, el deber de mañana

#8M

El jueves pasado, vísperas del 8M, Ema mordía su ansiedad por la marcha que se venía pero también se preparaba para un examen que tenía que rendir. Y entre los textos de la bibliografía, se topó con algunas cosas sobre la Reforma Universitaria de 1918. Y ahí estaba el Manifiesto Liminar, publicado el 21 de junio en las páginas de La gaceta, el órgano difusor de la Federación Universitaria de Córdoba. “A los hombres libres de Sud América”, se leía en el título, y apenas en las primeras líneas ya se daba cuenta de un proceso revolucionario en ciernes. “Leyéndolo, me emocioné, -escribe Ema, un par de días después- todos esos sueños de modernidad, de cambio y libertad, encajaban perfectamente con nuestra lucha feminista”.


Ese primer párrafo del manifiesto tiene una frase que no ha perdido rigor con el correr de la historia y que tranquilamente podría funcionar hoy, como materia prima de pancartas, en cualquiera de las marchas que, desde 2015 para acá, encabezan las mujeres organizadas: “Los dolores que nos quedan son las libertades que nos faltan”. Ema pensaba en su propio dolor, cada vez que aparece otra chica muerta, otra abusada, y no podía menos que emocionarse, con esa rabia que guía los sentimientos y ordena los pensamientos. “Cómo duele lo que pasó con el caso de Lucía, cómo duele el 8 de agosto”. Ella tiene 19 y lucha todos los días sin perspectiva: no porque no sea capaz de ver las cosas de otra manera, sino porque es su lucha y porque no puede despegarse. Su ser feminista no se sienta en el banquito entre round y round, sino que es ella toda, cuando estudia, cuando duerme, cuando ama, cuando juega. Es parte de una generación que cayó en la cuenta de cosas importantes, y que existe a partir de esa transformación.


Adriana tiene 59 y tiene perspectiva. No porque no sienta a esta lucha como propia, sino porque ya tuvo otras antes, porque ya pisó la calle por otras injusticias, seguramente parecidas, y entiende que es esencial ganar un poco de perspectiva para luchar en serio. “Qué cosa más bella, la revolución de las pibas”, escribe antes que nada y luego describe algunas imágenes de la marcha del viernes: una desconocida se ofrece para ajustarle el pañuelo que se le había desprendido de la muñeca; una chica le convida un trago de agua a otra que venía marchando desde atrás; una mujer de avanzada edad, alzando la voz durante un bache de silencio para decirles a todas las pibas que son sus nietas y que finalmente van a poder vivir como ella misma no pudo. Pero no se queda con eso, Adriana. Va un poco más allá y se pregunta, entonces, dónde habrán estado militando el día 9, la chica del pañuelo, la de la botellita de agua e incluso la mujer mayor, abuela de tantas nietas. Y no se lo pregunta con el afán de señalar a las demás, para medir el nivel de compromiso de cada una, sino con la sana preocupación de alguien que ya vio cómo se han desvanecido ciertos enviones. “El sentido común imperante -explica- nos concede como valiosa y auténtica una marcha a la que la mayoría de nosotras llegamos solas y autoconvocadas. Nada de micros ni organizaciones: ninguna sospecha de que fuimos ‘por el chori y la gaseosa’. Nota color para las mujeres que juntaron la vaca y salvaron las papas con el sonido del acto, y hasta ahí”.


Lo que Adriana intenta pensar, mientras escribe en voz alta, es que la marcha -así, suelta- no altera los planes del poder, y hasta incluso algunos sectores puedan servirse de ella con algún vericueto narrativo, en el marco de la batalla madre a la que asistimos en esta época, entre individualismo y organización colectiva. La potencia del movimiento feminista tiene que ver con ocupar el espacio público, desde ya, pero quizá se explique mejor en la toma cotidiana del plano de los gestos y de las ideas. Las marchas multitudinarias son reivindicativas y sirven no solo para reconocernos y celebrar el encuentro, sino para que el enemigo sienta temor. Pero más punzante todavía es subirse al tren un día cualquiera y encontrarse invariablemente con un pañuelo verde en el vagón. Yo vivo en una esquina de Saavedra que no dice nada, y enfrente de mi casa hay una parada de bondi: todos los días veo una piba con su pañuelo haciendo fila, y es muy contundente ese simbolismo que se genera en el andar cotidiano de la ciudad.


Celeste está a punto de cumplir 36 y se emocionó por partida doble el fin de semana. La primera emoción fue la del 8M, pública y callejera, audaz y compartida. La segunda, la del día después, fue privada y personal, susurrante y política: el sábado a la noche, antes de acostarse, se asomó al cuarto de su hija y la escuchó cómo cantaba, “luche, luche, ¡luche y que se escuche!”. Celeste es protagonista de esta historia, tanto como todas, pero ella lo ve todo con el cristal de Sol, esa pequeña de 3 años, enrulada y desbordante de mañanas.


“Veámoslo un poco con tus ojos, ¡el futuro ya llegó!”, cantaba el Indio, allá por una democracia que enfermaba a poco de haber renacido y que empezaba a dejar un tendal de dolor. Él hablaba de un tiempo que no era lo que uno hubiera esperado. Este futuro de hoy tampoco lo imaginamos, pero las madres ven a sus hijas y sonríen, y gozan a cuenta de lo que vendrá. Celeste toma como propia esa frase que dice que ya no dolerá más el amor, y que su generación habrá sido la última en callar tantos sometimientos.


“Los dolores que nos quedan son las libertades que nos faltan”, decía la frase del Liminar, y Ema elige detenerse en eso de las libertades. Es que, cuando llegó al pie del texto, se encontró con algo que, en realidad, no la tomó por sorpresa: las 15 firmas del documento pertenecían a hombres; no había una sola mujer suscribiendo a ese testimonio de época. “Entonces, ¿dónde estaban las mujeres?”, se pregunta, y la respuesta que salta a la vista es que estaban en el ámbito de lo privado, encargándose de sus roles privados. La otra respuesta, quizá la más difícil de hallar, es que quienes se atrevían a dar un paso al frente para interferir en las cuestiones públicas, eran subestimadas, silenciadas, quemadas y martirizadas. Ema se siente identificada con el espíritu libertario de aquel Manifiesto Liminar, pero cree que es necesario poner la lupa sobre las 15 firmas masculinas, para interpretar con más claridad el curso de la historia.      


“Hoy, nos quema nuestra propia pareja; nos martirizan, obligándonos a parir; nos subestiman, etiquetándonos de ‘locas’ e ‘histéricas’; nos siguen quitando crédito en los ámbitos académicos”, dice Ema. Si la revolución se traduce como “una vuelta”, entonces ella se siente identificada con la palabra revolución. Y agrega que van a dar vuelta esta realidad, de modo tal que, cuando haya un paro de mujeres, al mundo no le falte nada más que madres y cocineras, sino que le falte todo.   


Ema no tiene perspectiva, y está bien así. Adriana, más cautelosa, dice que es probable que este movimiento feminista ya sea imparable, pero que de todas maneras hay que seguir organizándolo y llenándolo de política. Pide “priorizar siempre lo colectivo por sobre el entusiasmo personal”, y en ese pedido está la insistencia para que el curso de la historia feminista coincida con la batalla madre que hoy nos asiste, entre el individualismo y la organización colectiva. Porque, es alucinante ver cómo la marea se lleva todo puesto, pero este movimiento feminista debe ser sentipensante. Quiero decir, que tiene el deber de ser constante en su inteligencia, para transformar el mundo de verdad.

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