El flancito de Bruno Sontag

Tenemos un problema: no nos dá la nafta para escribir sobre todas las cosas que estuvieron pasando por estos días. Pero vamos a hacer un esfuerzo. A ver, si fuésemos corresponsales de nuestro querido país para algún periódico serio del exterior, un medio de información que esté a la altura de nuestra prosa, ¿cómo explicaríamos los acontecimientos de esta semana? Bien.Comencemos por un hombre que no precisa identificación, como dice El Cuarteto de Nos: Alfredo Casero. El otro día pasó “por lo de Fantino” y aprovechó para contar el cuento del flan, que tuvo gran rebote gran en el siempre fértil terreno de las redes sociales. Durante el resto de la entrevista, en Animales Sueltos, se la pasó diciendo “no somos boludos”. Ojo, Casero es un tipito, que dice las cosas que dice por motu proprio, más allá de algún empujoncito que reciba para hamacarse más alto. El peligroso de esa mesa es Fantino, por más de que sobre el final haya ensayado su tibia defensa a las Abuelas de Plaza de Mayo, después del derrape final del gordito chachachá. 

Y, entonces, ¿qué sería esta historia del flan? Bueno, en principio, una suerte de anécdota graciosa que a muchos nos produjo un poquito de escozor cuando la escuchamos: el chucho de la vergüencita ajena que cada tanto recorre nuestros sensuales cuerpos. Según Casero, el kirchnerismo fue como una casa que se estaba prendiendo fuego sin que sus habitantes se percataran del siniestro: una familia que tenía un montón de pibes que, aparentemente, se comportaban como animales, y que todo el tiempo querían comer flan. Mientras contaba la anécdota, Casero se paraba, carajeaba, escupía y vociferaba. Rojo como un tomate. Fantino, como toda la noche, fingiendo carcajadas. Tristes y peligrosos personajes. Luego tenemos que la historia del flan finalmente no la entendió nadie: intendentes de signo amarillo comiendo postrecitos por Twitter, subidos al trencito de su torpe ironía; gente mayor manifestándose frente al Congreso para que allanen las viviendas de Cristina Fernández, cantando “queremos flan, queremos flan”. O tenés dinero, o tenés humor. Todo no se puede, amigue.

Nos hundimos en charcos lamentables. Parece que el gobierno ya mandó a pedir al Fondo la segunda partidita de guita, algo así como 3000 millones de dólares. Pero, dejá, esa te la tiro así, como al pasar. Calculadora tatuada, estamos condenados a pelear la permanencia: somos el Olimpo de Bahía Blanca del Cono Sur. Lo bueno es que, gracias a Dios, siguen brotando en estas tierras troesmas de la literatura, embajadores que nos inflan el pecho de orgullo a todos sus compatriotas: Borges, Cortázar, Walsh, Centeno. La no ficción goza de plena vigencia y de exponentes que, increíblemente, superan a sus precursores. Operación Masacre, la Carta Abierta a la Junta Militar, mocoepavo frente a la ópera prima de Centeno: espléndida bitácora de la engañifa K, con precisión de cirujano a la hora de los montos y de la ruta del fraude. Un fiscal recibe una caja enigmática de parte de un periodista influencer. Bóvedas con candado, departamentos mal revocados, pozos a la vera del camino. Todavía no lo terminé de leer, pero me la juego a que el PBI está por aparecer en el lugar más zopenco, como esa carta de Poe.

Estamos viendo la luz al final del túnel de la posverdad. Es la destrucción de la metáfora. La posverdad esconde que en los bolsos de López hay guita de Calcaterra, o dibuja un departamento en las arcas de Lula para que marche preso en Brasil. La posverdad es una mentira canallesca encerrada en una cajita musical que tiene un cartelito que dice “verdad”. El fin de la metáfora es el desconcierto como recurso: es el cuento del flan que, de tan absurdo, ni siquiera sus ganadores pueden sacar tajada sin hacer algún papelón. Es correr el eje de manera tal que nos demos todos por vencidos. 

Hay un capítulo de Los Simuladores que se llamó “Un trabajo involuntario”. Los muchachos de breto se ven obligados a hacer un laburo que no querían hacer, porque uno de ellos fue raptado y la condición es que cumplan sin chistar. Hay dos runflas que están involucrados en una cadena non sancta: uno encanado, el otro libre. El que está atroden lo aprieta a su viejo amigo para que lo saque, a cambio de no ponerse a cantar. Sontag se apellida el preso, ex secretario del Ministerio de Salud que había licitado irregularmente la entrega de alimentos en comedores escolares y hospitales públicos. El Dr. Lempergier, todavía libre, es el extorsionado/extorsionador. Comida en mal estado, pibes muertos y una empresa fantasma que sacaba la guita del país. De manual. Y los cuatro fantásticos de Szifrón lo visten a Sontag como gran ladrón de obras de arte que es buscado desde Italia. Con ese pretexto, logran sacarlo del penal. El final nos lo guardamos porque siempre hay jóvenes que están a tiempo de ver Los Simuladores. El público se renueva. Búsquenla en Netflix, ratitas de laboratorio.

Con Relatos Salvajes, film que rompió en su momento la taquilla nacional, espíritu setentista reencarnado en la violencia social del Siglo XXI, Damián Szifrón se consagró como tipo que entiende sobre cuestiones de ficción. No será suyo el libreto de Centeno, pero tranquilamente pudo haber sido coautor. 

Cuando niñes, los que ahora andamos bordeando las colinas de los 30, leíamos esa colección que se llamaba “Elige tu propia aventura”. Después, de grandes, entendimos perfectamente que Cortázar se robó de ahí la idea de Rayuela. Todo bien igual, con el cumpa parisino. Y lo que estamos entendiendo ahora es que la ficción empalmó en algún momento el carril de la realidad, y que el point es que nadie entienda una goma de lo que pasa. Es la psicodelia de los medios de comunicación: es el fin de la metáfora y el consumo industrial de una droga sintética y piojosa que es el sinsentido.

Pero, volviendo a las páginas gloriosas de Centeno, habría que decir que la obra pública está cartelizada en Argentina desde la dictadura de Videla y compañía, que los popes de las empresas son los mismos de siempre, como dice La Renga, y que basta con que uno de esos picarones rasque el 1% de los montos en cuestión para que tengamos que hablar de dinero verde trepando por encima de las seis cifras. Si ustedes quieren, nos comprometemos a plasmar en un par de notas un debate serio sobre la corrupción en la política: un tema que, entendemos, está en el centro de la mesa, pero que nadie ha sido capaz de saldar de una manera que sea útil para la sociedad. Por ahora nos limitamos a hacer un copy paste de las palabras que alguna vez dijo José Mujica: “El gurí que nace pobre y sale de caño está enfermo de lo mismo que el burócrata de escritorio, aviones privados y jet-set (...) Hay que vivir como se piensa, porque, de lo contrario, terminaremos pensando como vivimos. Si te gusta mucho la guita, bárbaro, pero no te dediques a la política”. 

El Pepe no será Rousseau, pero algún contrato social hay que fabricar para zafar de esta calesita barra círculo vicioso donde nos ponen a girar los dueños del circo. Te plantan allanamientos para que te entretengas con un policial y no te pongas a hacer zapping, no vaya a ser cosa que enganches la película de terror que están pasando en el otro canal. Ojo con la mancha de tuco, que puede estar en la camisa propia también. Ya lo dijo el Indio, “vas copiando tu herida sobre un pañuelo rojo”, y después lo dijo Shakira, “siempre supe que es mejor, cuando hay que hablar de dos, empezar por uno mesmo”.

El grito, Edvard Munch

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