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El cuento de la libertad

#LaHermanaMásHermosa
#LaPendejadaDequeTodoesIgual

La palabrita “libertad” me anda dando vueltas y vueltas. Suena lindo en la cancha, ¿no? Cuando se entona con esa mezcla de rabia y orgullo en la previa de algún partido de la selección, “¡libertad, libertad, libertad!”. Ahí nomás, pienso en las rotas cadenas que lograron nuestres libertadores, y en eso de ver en trono a la noble igualdad. “Oímos hablar de la hermana más hermosa”, cantaba el amigo Andrés.


Y entonces se me viene otro pensamiento. Igualdad. Libertad. ¡Ah!, falta fraternidad. Dejemos para otro momento el problemita de que la fraternidad no alberga sororidad, o sea que no nos tiene en cuenta a nosotras. Sigo con la idea. Igualdad, libertad y fraternidad llegaron en barco desde el viejo continente, como la nona. Mientras tanto, por estas tierras, Haití estaba en proceso de liberarse del yugo colonial, gracias a un levantamiento de esclavos -que nadie previó, porque no parecían muy humanos que digamos-. Por Europa, la cosa se había puesto picante. La monarquía caía a manos de nacientes banqueros y vendedores que, al grito de “libertad, igualdad, fraternidad”, nos prometían liberarnos a todes del rey. Después, pasaron cosas. Siguió habiendo reyes y la burguesía disfruta hasta hoy de oprimirnos con ganas. Parece que la igualdad era según la cara, y que la libertad no daba para habilitar una redistribución justa de los beneficios. ¡Tampoco íbamos a andar tirando manteca al techo! Bueno, todo esto era para proclamar, para manifestar, para jurarles, que “liberalismo” viene de “libertad”, pero no de cualquiera, sino de esta, la de unes poquites.


Te podría meter un bocado de Los Redondos que dice que la libertad es fiebre, pero se me vino a la cabeza un bolerito de Bersuit que era más o menos así:


“Cómo te cambió el semblante, ¡qué bien se te ve! Ahora estás rozagante y fuerte, ¡así es como me gusta verte!”. Después te explico porqué.


Cuando pienso en la ciencia, también me ataca esa palabrita endemoniada. Es que, si alguien te dice “libertad de investigación”, te está queriendo decir que al Estado -ese que somos todes- no se le puede caer una ficha sobre qué estaría bueno investigar para la Patria -esa de la libertad, libertad, libertad que pregonaban les libertadores-. Ahora, si la papota para investigar te la ponen las multinacionales o los organismos de crédito, ¡sos libre! Re libre, diría yo. Ellos te la dan de onda, porque verte feliz no es nada, paveando ahí con los tubos de ensayo. Jamás te pedirán que descubras un medicamento más rentable, ni te pondrán trabas si le estás por encontrar la vuelta a la cura del cáncer -kiosquito de sus amigues-. Sé libre, be happy.


Tengo una más. Allá por fines de la década del ‘50, el sector privado argento se dio cuenta de que abrir universidades le podía llegar a garpar. Y ahí nomás se armó el tole tole, entre les que acordaban y les que despotricaban por este temita de Estado. Y los bandos tenían nombre: uno era “laica”, el otro se decía “libre”. ¿Pescaste cuál es cuál? Te ayudo: les “libres” querían universidades privadas, preferentemente de la Iglesia.


Por suerte, al mismo tiempo se empezaban a juntar unos barbudos y unas compañeras. Armaban unas ranchadas bien piolas y ya para los gloriosos sesentas podíamos figurarnos a “la libertad” con cara de pueblos liberados, de conciencias liberadas, de “educación para la libertad”, de “libres o muertos, jamás esclavos” -cualquier parecido al grito haitiano, es pura causalidad-. Gritábamos  “¡liberación nacional!”, escrachábamos paredes y pensábamos en cortar las cadenas con esos burgueses, empresarios y religiosos, los mismos que antaño nos habían prometido el oro y el moro y que a la postre nos volvieron a usar de mula para sus deleznables intereses.


El neoliberalismo -mismo coso pero con otro disfraz- nos vino a correr después con el chamuyo de que el mercado -la nada nisman- nos iba a garantizar, ¡por fin!, nuestra “libertad de elegir”. Ahora sí. Y nos pusimos chochos porque la vimos venir: la “revolución productiva” estaba a la vuelta de la esquina.


Bueno, no era tan así, again. Sí, che, nos damos cuenta de las cosas con un poco de dilei, y encima nos olvidamos pronto. Somos remolones. Entonces, resultó que sí, que podías elegir, pero entre una cantidad bastante limitada de bienes y servicios, y pagándolos al precio que el mercado, “libremente”, juzgaba conveniente. Clin, caja. ¡Ah! Pero, entonces, ¡el que era libre era el mercado, no nosotres! Ahí tenés, al toque te la saqué. Tomá mate y avivate.


Y sí, ahí estamos, en la misma buát, bailando las viejas pistas del DJ Globalization. ¿Cómo era que arrancaba el tema este de Bersuit? “Todo lo que me pediste ya está en marcha, si sabés que desde siempre compartí tu causa. Decime si alguna vez yo te fallé, ¿cuándo? Las estrellas del triunfo marcan mi buen destino que es el tuyo”. Qué remolones que somos. Queremos un ratito más en la cama, en lugar de levantarnos de una vez.


“Libertad”, abstracta, ambigua, permeable, adaptada. Se mira pero no se toca. Bah, ni siquiera sé si se mira. Lo cierto es que me quedo con nuestres libertadores, cuando gritaban “¡libertad, libertad, libertad!”, y parecía que sabían qué era eso que estaban gritando. Lo cierto es que me atrinchero con les que escribían en las paredes aquello de “libres o muertos, jamás esclavos”. Nunca con los que visten elegante y se creen libres de decirnos qué significa la libertad: son esos los que se beben el jugo de tu corazón, y te cuentan cuentos al ir a dormir.