El Británico

#HistoriasdelSur

Mira los faroles amarillentos del parque por poner los ojos en algún lugar, pero en realidad no está mirando nada. Sentado contra la ventana del bar, se juega un lance con el mozo para que le recargue un poco el vaso de fernet. Viejo café. Más viejo de lo que él creía. El mozo acude y sacude brevemente la botella, dejando caer un hilo delgado de bebida negra. Mientras el líquido nuevo explota contra los hielos, le explica con la mirada que no le tiene que volver a pedir eso. Pero Juan no entiende señales desde ayer, cuando lo agregaron en uno de esos grupos de WhatsApp que se arman para difundir una mala noticia. Toma un trago y calcula con los dedos las veces que le mintió a su amigo que no podía verlo. Pierde la cuenta. Después intenta recordar cuándo fue que se vino a vivir a San Telmo, pero en este momento no hay nada que sepa con claridad. 

 

Cualquier cosa le decía: que andaba con mucho laburo, que la vieja se sentía mal, que hablaban la semana que viene. Lo cierto es que a Juan le daba paja tomarse una birra con él, porque conoce exactamente los límites de esa charla sobre los chusmeríos del barrio y gente que ya no le interesa. Su amigo no se entera de ese desinterés y se esmera en ponerlo al tanto de las cosas que andan pasando en La Boca. Pero, él sí le importa. Fueron muy juntos, muchos años. ¿Qué hace el Tuquito en el Borda? ¿Qué carajo pasó? No le entraba en la cabeza y las luces flojas del Lezama no lo estaban ayudando a pensar.

 

Mira la pantalla del celular. Todavía no escribió nada en el grupo, pero lee inmediatamente cada cosa que ponen los demás. Quiere entender sin preguntar. No es vergüenza. Puede ser el lastre de esa culpa que siente. Es también el temor de saber de un tirón todo lo que no supo. El grupo se llama “Guille” aunque nadie le dice así. Es el Tuco, es Güili, y algunos derivados de esos dos apodos primarios. Tendrían 14, como mucho, la vez que estaban en la esquina de la Brown y uno de los pibes grafiteó “Güili” en el portón de Irala. Así, con la diéresis. El resto se quedó mirando en silencio hasta que el Güili preguntó qué carajo eran esos puntitos arriba de la u. Se estallaron todos de risa y no pararon de reírse hasta que se hizo de noche. El del aerosol les quería explicar que lo había aprendido en el colegio, y lo único que hacía era reavivar la carcajada. Nadie jamás se había preguntado cómo se escribía Güili, pero desde ese día todos lo supieron perfectamente.

 

En la otra punta del Británico, una pareja se manosea con holgura. Las otras mesas están vacías y el mozo ya bajó una persiana. Anda con ganas de rajarlo, pero Juan no lo mira. Hace un rato salieron tres flacos que hablaban pavadas de negocios. Uno estaba notoriamente más duro que los otros dos y ese nada más asentía con la cabeza. Juan los tenía de frente y oía algunas ráfagas de la conversación. “Qué asco de gente”, pensó, viéndolos parar un taxi sobre Defensa. 

 

Alguien como Juan, otro que andaría flojo de data, se cansó de esperar y tiró la primera piedra: “¿Qué pasó?”, escribió. Y Juan, atrincherado contra la ventana del bar, se alegró de ver ese renglón en la pantalla. Al fin. Hubo tres respuestas, ninguna clara. Dicen que lo levantó la cana de noche. Parece que andaba tirado en la calle o en un banco de la plaza. Juan tomó coraje y se largó a escribir, pero borró lo suyo cuando vio que otro número también estaba tipeando. Era el mismo que había preguntado recién y que él no reconocía. Parece que andaba mal porque lo pateó la flaca. De un día para el otro no le pasó más cabida. Y ahí le cerró: Tuquito era intenso cuando andaba con una mina y muy frágil si se quedaba solo. El número ese seguía escribiendo y Juan ya estaba perdiendo la paciencia. Ahora quería preguntar él.

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