Dolores de parto

Lo que está pasando en Entre Ríos, la disputa por las tierras que la tiene a Dolores Etchevehere como protagonista central, no solo es simbólica de una lucha ancestral en nuestro país; no solo es representativa del despojo originario que fracturó la relación entre la tierra y sus trabajadores, empujados a exiliarse en masa sobre los márgenes de la ciudad; no solo exhibe el enriquecimiento ilícito, tramposo, artero, de un puñado de familias que hasta hoy parecían intocables. La decisión de plantarse de Dolores no solo pone en tela de juicio las desigualdades inmensas que padecemos los argentinos; no solo enciende las alarmas sobre la precarización que sufren los trabajadores rurales y la sobreexplotación de la naturaleza; no solo nos convoca a seguir pensando en esta tremenda desproporción demográfica que nosotros mismos encarnamos y que hace que millones y millones de compatriotas vivan una vida pobre, desde lo material y desde lo espiritual, sin un horizonte que valga la pena imaginarse. Aparte de todo eso, la sola humanidad de Dolores habla de todas las injusticias que sufrió, durante mucho tiempo, por ser esa mujer que no se acopló a la impunidad y al oscurantismo, marca registrada de los Etchevehere allá en Entre Ríos. Y como si todo esto no bastara, para transformar su causa en una causa que abraza esta época como ninguna otra, Dolores nos viene a decir que su familia no tiene nada que ver con la sangre que viaja por sus venas, sino que es una familia construida, elaborada, deseada, pensada, que la sacó de la consternación que produce con el tiempo la excesiva soledad, y la puso nuevamente en un lugar enérgico, con el horizonte fresco de lucha y de reivindicaciones. Y es tan claro lo que está pasando, que ahí vamos todos detrás, expectantes, sinceros, curiosos, esperanzados.

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