La dignidad docente

A Soledad Acuña, ministra de Educación de la Ciudad de Buenos Aires:

 

Usted y yo no nos conocemos. No tuvimos ocasión de compartir el mate en alguna cursada del Joaquín V. González, instituto en el que me recibí, ni en la sala de profesores de alguna escuela, porque usted no es docente. Sin embargo, nuestra formación y nuestro trabajo dependen de sus decisiones inconsultas, y entonces, cada tanto, nos vemos en la obligación de responder alguna de sus declaraciones descabelladas, acusándonos de los grandes problemas del sistema educativo.

 

Cuestionó nuestro trabajo, nuestra edad, nuestra formación, nuestras ideas políticas, nuestra capacidad para enseñar y hasta nuestro estrato socio-económico, asociándolo directamente a nuestro capital cultural. Cruzó todos los límites posibles de agresión y humillación, y quizás por eso le realizo algunas observaciones:

 

Preguntarle cuándo fue la última vez que estuvo frente a un aula es fácil, porque conozco la respuesta: nunca. Usted no puede hablar en primera persona cuando dice que “enseñamos mal”, porque, insisto, no es docente. No conoce los desafíos concretos de nuestra tarea diaria ni de la enseñanza desde el pensamiento crítico que nosotres tanto defendemos.

 

Si fuese su maestra le enseñaría que “adoctrinar” es lo que usted hace desde los grandes medios de comunicación. Es usted quien, desde lugares hegemónicos de poder, sostiene livianamente que el problema de la educación somos los y las docentes: esa es una bajada de línea clara y directa porque, le recuerdo, usted no es una ciudadana de a pie, sino la ministra de Educación de la Ciudad de Buenos Aires, y cumple, tanto como nosotres, un rol institucional en la sociedad. Si la campaña electoral ya comenzó y el de la semana pasada fue su discurso de lanzamiento; si ahora habla como candidata y ya no como Ministra, deberíamos saberlo.

 

Por si hiciera falta aclararlo, ejerce su cargo desde el año 2015 en representación de un partido político que gobierna en CABA desde hace más de 13 años. Me pregunto en qué momento terminarán los grandes diagnósticos, las fotos y las declaraciones mediáticas, y comenzarán las políticas educativas serias, en una jurisdicción que tiene, aún, más de 25 mil niños y niñas sin vacante en la escuela pública, por nombrar solo uno de los problemas que incumben a su gestión. Podríamos hablar también de las condiciones de infraestructura escolar, del derecho a la conexión que ignoró durante éste y otros ciclos lectivos, de la falta de becas, de las viandas-miseria que les docentes deben complementar organizando rifas y realizando aportes personales, de los constantes cambios en los planes de estudio, de los cientos de protocolos que este año le arrojó a las escuelas sin ninguna política de planificación ni acompañamiento, de nuestros salarios y del incumplimiento del acta paritaria firmada a principio de año.

 

Podemos hablar de pedagogía también, porque, aunque usted insista con subestimarnos y sostenga que nuestros argumentos no tienen nada que ver con la política educativa, he pasado gran parte de mi trayectoria académica y laboral formándome en didáctica y aprendiendo a enseñar. Usted no será jamás testigo de eso: sí lo son -y lo serán- mis compañeros/as, mis directivos/as, mis estudiantes y sus familias; ese es todo el aval que nuestra práctica necesita. No precisamos el aplauso de los medios de comunicación ni sus palmadas en la espalda, lo único que necesitamos es el apoyo de nuestra comunidad educativa. Si un día me dicen que no sé enseñar o que no se han sentido lo suficientemente acompañados/as, entonces cuestionaré fuertemente todo lo aprendido. Pero, frente a las constantes humillaciones que usted nos propina, nos seguimos aferrando a las palabras de agradecimiento que diariamente nos llegan.

 

Explicar que nuestro trabajo está determinado por las condiciones de cada escuela, por las realidades que atraviesa el territorio y por la calidad de vida de sus habitantes, parece básico, y sin embargo usted parece desafiar constantemente ese sentido común: ¿Cómo podríamos ser nosotres, les responsables? ¿Cuáles son, entonces, sus tareas como ministra? ¿Para qué existe el Ministerio de Educación? ¿Con qué recursos cuenta? ¿De qué manera se han administrado a lo largo de todos estos años?

 

Señora ministra, con el respeto que usted no nos tiene, quisiera decirle que yo no fracasé: pocas veces en mi vida reivindiqué tanto una decisión como la de ser trabajadora de la educación. “Trabajadora de la educación”, sí, con esas palabras, porque, además del enorme compromiso que tengo con mi trabajo, no practico la educación como acto de voluntarismo: estudié durante muchos años para ejercer mi profesión y continúo haciéndolo permanentemente.

 

Más nos humillan, más inflamos el pecho para defender nuestro trabajo: la dignidad docente es eso y la hemos sostenido con una enorme tradición de lucha por nuestros derechos. En la calle, ante cada avasallamiento; y en el aula, cada vez que defendemos el acceso a la vivienda, a la salud, a la alimentación y a una educación digna y de calidad para todos y todas. Todo eso, le recuerdo, no solo forma parte del diseño curricular, sino de la Constitución Nacional que tanto les gusta citar: allí se garantiza, entre otras cosas, el derecho a la organización política y gremial que usted persigue y estigmatiza constantemente.

 

Sepa que sus dichos no fueron “polémicos”: fueron una falta de respeto para nuestro trabajo y una muestra de desconocimiento, tanto de nuestra tarea como de sus responsabilidades de gestión. Sobra cualquier intento de explicación, si en primer lugar no se piden las disculpas correspondientes y se admiten genuinamente los errores cometidos: eso es algo que también solemos enseñar en la escuela.

 

Ojalá hayamos podido enseñarle, con todo esto, nuestro mayor capital cultural: la dignidad docente. Eso jamás lo negociamos.

Nuria Illán

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