Deuda de amor

#TresPrivilegios

El otro día Valentina me pasó un texto que había escrito y ahí, en el último renglón, había una pregunta que decía así: “¿Cómo puedo hacer para usar mi privilegio en favor de lo que no soy, pero que bien pude haber sido?”. Es una pregunta que cuesta leerla porque se parece a un trabalenguas, pero después de desanudarla es una pregunta que quizá nos hemos hecho todos alguna vez.

 

Yo tengo una respuesta. Bah, no es una ocurrencia mía. Me la robé. Lo dijo el compañero Juan Grabois, en una “ranchada filosófica” que se hizo hace un año y pico en el Pueblos de América, el profesorado de la Villa 21-24, y yo nomás tuve la suerte de estar ahí poniendo la oreja. Escribí ranchada filosófica entre comillas porque así se llamó esa charla, que los tuvo a Juan y a Darío Zeta como invitados estelares.

 

La cosa venía por el lado del poder, y en eso Juan puso sobre la mesa una anécdota que le había pasado hacía poco: hablando sobre feminismo, una compañera suya le había dicho que nosotros, los varones, nacemos con un privilegio por el solo hecho de ser varones, y que, por más que jamás en la vida le hayamos hecho daño a nadie, igual somos opresores pasivos, porque tenemos ese privilegio en nuestro bolsillo. Juan nos cuenta que le respondió a su compañera que eso mismo bien podríamos aplicarlo a la cuestión de clase, o a la cuestión racial: todos, en definitiva, venimos a este mundo siendo “opresores pasivos” de otros, en tanto portadores de privilegios. Luego, nos transformaremos en opresores activos en la medida que los ejerzamos, maltratando a una mujer, discriminando a una persona por su color de piel o reproduciendo de modo alguno las injusticias de nuestras sociedades.

 

Tras esta anécdota, el compañero dijo que todos nacemos con una “deuda de amor”, y que, en todo caso, estamos aquí para saldarla. “Tanto oprimidos como privilegiados -siguió luego- tenemos un rol en la misma lucha”: los oprimidos tienen el deber de organizarse para revertir las cosas, para hacer un mundo menos injusto que los tenga como protagonistas; y nosotros, los privilegiados, conscientes de las injusticias y dispuestos a concebir otra historia, tenemos el deber de ponernos al servicio de esa construcción popular, del armado de poder que los tenga a ellos como actores del cambio.

 

Despojémonos de culpas inconducentes, que lo único que harán es ralentizar y entorpecer todo lo que podríamos estar haciendo para que las cosas sean distintas. En cualquier ámbito se puede actuar, si uno lleva consigo la convicción de aportar a esa construcción social. No importa tu género, si querés fomentar la construcción feminista. No importa tu piel, si querés apoyar la lucha contra el racismo. No interesa tu condición de clase, si querés participar de la organización en una barriada popular. Basta visualizar los privilegios de uno y mantenerlos ahí, a raya, para que eso no nos pervierta.

 

Eso le escuché decir a Juan, y eso mismo le diría a Valentina, con mis tres privilegios a cuestas.

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